Inicio
Colabora
Cuchitril Literario
Foro
Esclavo Lector
Libros Leídos
|
|
ࡱ > - / " # $ % & ' ( ) * + , 5@ zj bjbj22 3 X X b y 9 9 9 8 9 | R< yB *? *? @ j? j? j? j? j? j? A A A A A A A $ GD R F B j? j? j? j? j? B j? j? 3B DA DA DA j? j? j? A DA j? A DA | DA A A j? ? #Ґp 9 ? : A A IB 0 yB A G ? G A G A $ j? j? DA j? j? j? j? j? B B 4 8 DA 8
LA REBELIN DE LOS NGELES
ANATOLE FRANCE
http://www.librodot.com
CAPITULO PRIMERO
Que contiene en pocas lneas la historia de una familia francesa, desde 1879 basta nuestros das.
El hotel D'Esparvieu yergue sus tres pisos austeros a la sombra de San Sulpicio, entre un patio verde y musgoso y un jardn de vez en cuando estrechado por las edificaciones cada vez ms elevadas y ms prximas, en el cual dos aosos castaos alzan an sus copas marchitas. All vivi, desde 1825 a 1857, Alejandro Bussart D'Esparvieu, que dio lustre a su familia y fue vicepresidente del Consejo de Estado con el Gobierno de julio, miembro de la Academia de Ciencias Morales y Polticas, y autor del Estudio acerca de las instituciones civiles y religiosas de los pueblos, en tres volmenes en octavo; obra que, por desgracia, qued sin terminar.
Este eminente terico de la monarqua liberal dej por heredero de su sangre, de su fortuna y de su gloria, a Fulgencio Adolfo Bussart D'Esparvieu, senador bajo el segundo Imperio quien acrecent considerablemente su patrimonio con la compra de terrenos que ms adelante seran cruzados por la avenida de la Emperatriz, y pronunci un discurso notable en defensa del poder temporal de los Papas.
Fulgencio tuvo tres hijos: el mayor, Marcos Alejandro, que ingres en el Ejrcito y lleg a general, hablaba bien; segundo, Cayetano que no revel ninguna especial aptitud, sola vivir en el campo, domaba potros, iba de caza o se entretena con los pinceles y con la msica; el ltimo, Renato que desde su infancia fue inducido a seguir la carrera de la Magistratura present la dimisin de su cargo para librarse de aplicar los decretos de Ferry acerca de las Congregaciones y cuando ms adelante vio renacer bajo la presidencia de Fallires los tiempos de Decio y de Diocleciano, puso toda su ciencia y su actividad al servicio de la Iglesia perseguida.
Desde el Concordato de 1801 hasta los ltimos aos del segundo Imperio, los D'Esparvieu slo iban a misa por frmula. Eran escpticos en el fondo, pero consideraban la religin indispensable para gobernar. Marcos y Renato fueron los primeros de su familia que mostraron una devocin sincera; el general, cuando era coronel, consagr su regimiento al Corazn de Jess, y observaba tan fervorosamente las prcticas religiosas que hasta entre los militares sobresala, a pesar de ser muy sabido que la piedad, hija del Cielo, eligi para su residencia predilecta sobre la Tierra el corazn de los generales de la tercera Repblica. La fe tiene sus vicisitudes; durante el antiguo rgimen el pueblo fue creyente, pero no lo fueron la nobleza ni la burguesa letrada, y durante el primer Imperio todo el ejrcito era impo. Ahora el pueblo no cree en nada y la burguesa, propensa a creer, a veces lo consigue como lo consiguieron Marcos y Renato D'Esparvieu; slo su hermano Cayetano, hidalgo rural, no dej de ser agnstico, palabra con que las personas de buenos modales disfrazan el odioso calificativo de librepensador, y al declararlo sencillamente contravena los usos que prohiben ostentar ciertas convicciones. En nuestro sigo hay tantas maneras de ser creyente y ser incrdulo, que los futuros historiadores han d1 verse muy apurados para diferenciarlas. Pero se desenmaraa mejor el estado de las creencias en los tiempos de Ambrosio y de Smaco?.
Adems de su catolicismo ferviente, Renato D'Esparvieu tena muy arraigadas las ideas liberales que sus antepasados le transmitieron como una herencia sagrada. Obligado a combatir a la Repblica atea y jacobina, segua declarndose republicano, y en nombre de la Libertad reclamaba la independencia y la soberana de la Iglesia. Cuando se pro movieron los reidos debates de la separacin y de las contiendas de los inventarios, los snodos de obispos y las asambleas de fieles se reunan en su casa.
Mientras en el amplio saln verde se agrupaban los jefes ms ilustres del partido catlico: prelados, generales, senadores, diputados, periodistas; mientras todas aquellas almas se sometan a Roma con obediencia humilde; mientras el seor D'Esparvieu, de codos sobre el mrmol de la chimenea, combata el derecho civil con el derecho cannico y protestaba elocuentemente contra el despojo sufrido por la Iglesia en Francia, dos rostros antiguos, mudos, inmviles, contemplaban la moderna asamblea. A la derecha del hogar y pintado por David, el de Romn Bussart, labrador de Esparvreu, con aspecto rudo y artero, algo socarrn; y no le faltaban motivos para rer en aquellas circunstancias, porque haba cimentado la fortuna de la familia con la compra de bienes de la Iglesia; y a la izquierda, pintado por Gerard, en traje de gala, cubierto de condecoraciones, el hijo del labrador, barn Emilio Bussart D'Esparvieu, prefecto del Imperio y despus canciller de Carlos X, que al morir en 1837 era mayordomo de su parroquia y en su agona recitaba los versitos de La doncells, de Voltaire.
Renato D'Esparvieu se haba casado en 1888 con Mara Antonieta Coupelle, hija del barn Coupelle, dueo de una metalrgica en Blainville (alto Loira); dicha seora presida la Asociacin de Madres Cristianas desde 1903, y este matrimonio modelo cas a su hija mayor en 1908 y conservaba a su lado una hija y dos hijos.
El menor, Len, de seis aos, tena su alcoba entre la de su madre y la de su hermana Berta. Mauricio, el mayor, se alojaba en un pabelloncito compuesto de dos habitaciones, en el fondo del jardn y gozaba all de una libertad que le haca soportable la vida de familia. Era un muchacho bastante guapo, elegante sin afectacin manifiesta, y sus labios saban sonrer amablemente.
A los veinticinco aos Mauricio profesaba las doctrinas del Eclesiasts. Seguro de que el hombre no saca ningn provecho de los trabajos de este mundo evitaba todo genero de molestias. Desde su ms tierna infancia, este hijo de familia, hizo todo lo posible para no estudiar, y se mostr refractario a las enseanzas de la Escuela de Derecho, donde obtuvo, a pesar de todo, el ttulo de doctor.
Ni defenda pleitos ni tomaba parte alguna en las actuaciones; no saba nada ni quera saber nada; nunca se rebel contra la simptica limitacin de su inteligencia, y su afortunado instinto le indujo a mantenerse dentro de sus cortos alcances en vez de aspirar a una ilusoria comprensin.
Mauricio haba recibido del Cielo, segn opinaba el reverendo padre Patouille, los beneficios de una educacin catlica. Desde su infancia la devocin se le ofreca en ejemplos domsticos, y cuando al salir del colegio se matricul en la Escuela de Derecho, tuvo la fortuna de ver en su propia casa la ciencia de los doctores, las virtudes de los confesores, la constancia de las mujeres fuertes. Admitido en la vida social y poltica durante la terrible persecucin de la Iglesia en rancia, Mauricio no falt a ninguna manifestacin de la juventud catlica; intervino en la construccin de las barricadas de su parroquia para oponerse a los inventarios, y figur entre los que desengancharon los caballos del coche del arzobispo arrojado de su palacio; pero no era de los que se entusiasmaban mucho; nunca se le vio en las primeras filas de aquel grupo heroico, no exalt a los soldados para que se declarasen en gloriosa rebelda, ni arroj sobre los agentes del Fisco inmundicias e insultos.
Se concretaba a cumplir con su deber, y si en la imponente peregrinacin de 1911 se distingui entre los camilleros de Lourdes, fue slo, acaso, por agradar a la seora de la Verdelire, que gusta de los hombres robustos. El reverendo padre Patouille, amigo de la familia y profundo conocedor de las almas, lamentaba que Mauricio aspirase al martirio con tanta moderacin, le amaba perezoso, le daba tironcitos de oreja y le reprochaba su apata. Pero si bien su fervor no era mucho, Mauricio no dejaba de ser creyente. Entre los extravos juveniles, conserv su fe intacta, porque no le haba preocupado; nunca la someti a examen; tampoco tuvo curiosidad por conocer a fondo las ideas morales que dominaban en la sociedad a que perteneca, y las admiti como cosa corriente. As, pudo suponer que obraba en todas las ocasiones de un modo perfectamente honrado, de esto no le fuera posible si se parase a discurrir acerca del fundamento de las costumbres. Era irritable, colrico; tena arraigado el sentimiento del honor y le profesaba un verdadero culto; no era ambicioso ni vano; como la mayora de los franceses, tampoco era derrochador; por su gusto nunca daba dinero a las mujeres si ellas no le, obligaban; crea despreciarlas y las adoraba. Como la sensualidad era instintiva en l, no pudo medir ese impulso de su naturaleza; pero nadie le supona (y hasta l mismo lo ignoraba por completo, aun cuando no fuese difcil advertirla en el brillo que algunas veces humedeca sus hermosos ojos pardos) una marcada predisposicin a la ternura y a la intimidad; sin embargo, en las relaciones comunes de la vida era bastante vulgarote.
CAPITULO II
Donde se hallarn noticiar tiles acerca de una biblioteca en la cual han de acontecer pronto sucesos extraos.
Deseoso de abarcar todo el crculo de los conocimientos humanos y de enaltecer su genio enciclopdico con un smbolo apropiado y una pompa en consonancia con sus recursos pecuniarios, el barn Alejandro D'Esparvieu haba formado una biblioteca de trescientos sesenta mil volmenes, entre impresos y manuscritos, cuya base principal proceda de los benedictinos de Ligugu. En una clusula especial de su testamento mandaba a sus herederos que enriquecieran la biblioteca con todo cuanto se publicara de alguna importancia en ciencias naturales, morales, polticas, sociales, filosficas y religiosas. Haba indicado las cantidades que convena reservar a este objeto, y encargaba a su hijo mayor, Fulgencio Adolfo, que no descuidase dichas atenciones. Fulgencio Adolfo supo cumplir con filial respeto la voluntad expresada por su ilustre padre.
A su muerte, la inmensa biblioteca, cuyo valor representaba una parte cuantiosa de la herencia; qued pro indiviso entre los tres varones y las dos hijas del senador, y Renato D'Esparvieu, a quien haba correspondido el hotel de la calle de Garancire, encargse de conservarla. Sus dos hermanas, las seoras de Paulet de Saint-Fain y de Cuissart, pidieron con insistencia que se liquidase aquel improductivo capital; entonces Renato y Gayetano adquirieron la participacin de sus dos hermanas para salvar la biblioteca, y el primero cuid de acrecentarla conforme a los propsitos del fundador; pero al disminuir de ao en ao la importancia y el nmero de las adquisiciones, aduca que la produccin internacional en Europa era cada vez menos estimable.
En cambio, Cayetano gastaba su dinero en obras nuevas publicadas en Francia y en otros pases; gracias a este hombre desocupado y curioso, las colecciones del barn Alejandro se mantuvieron casi al da.
La biblioteca D'Esparvieu an es actualmente, tanto en Teologa como en Jurisprudencia y en Historia, una de las ms hermosas bibliotecas particulares de Europa. All se puede estudiar la Fsica, o, por mejor decir, las fsicas en todas sus manifestaciones, y tambin la Metafsica o las metafsicas; es decir, lo que est unido a la Fsica y que no hay otra manera de nombrar, por ser imposible que un sustantivo denote lo que carece de sustancia y slo es ilusin o ensueo. All se hallan reunidos los filsofos que precisan la solucin, la disolucin y la resolucin de lo absoluto, la determinacin de lo indeterminado y la definicin de lo indefinido. Todo se amontona en aquel cmulo de Biblias, mayores y menores, sagradas y profanas; todo, hasta el pragmatismo de ltima hora, el ms nuevo y el ms elegante.
Otras bibliotecas poseen con ms abundancia volmenes encuadernados de venerable antigedad, ilustres por su procedencia, suaves por la calidad y el color de las pieles que los cubren, preciosos por el arte del encuadernador, que supo correr los hierros de dorar formando filetes, encajes, molduras, florones, emblemas, escudos, y que con su apagado brillo atraen los ojos expertos; otras pueden encerrar en mayor nmero manuscritos orlados con delicadas miniaturas de vivos colores, debidas a un pincel veneciano, flamenco o turangs; pero ninguna rene, como sta, numerosas y magnficas ediciones de autores antiguos y modernos, sagrados y profanos.
Encuntrase all todo lo que nos queda de la antigedad, todos los padres de la Iglesia y los apologistas y los decretalistas, todos los humanistas del Renacimiento, todos los enciclopedistas, toda la filosofa y toda la ciencia. Por esto dijo el cardenal Merlin cuando se dign visitarla:
No hay hombre cuyo cerebro sea capaz de abarcar todo el saber que guardan estos estantes. Felizmente, no es necesario.
Monseor Cachepot, que la frecuentaba cuando era vicario en una parroquia de Pars, sola decir:
Veo aqu materia suficiente para formar muchos Toms de Aquino y muchos Arrios, si las inteligencias no hubieran perdido su antiguo ardor lo mismo para el bien que para el mal.
Los manuscritos constituan sin disputa, la mayor riqueza de tan importante coleccin. Encontrbanse all, principalmente, cartas inditas de Gassendi, del padre Mersenne, de Pascal, en las cuales se hallaran rumbos ignorados de la intelectualidad del siglo XVII. Tampoco es justo dejar en olvido las Biblias hebraicas, los talmudes, los tratados rabnicos impresos y manuscritos, los textos arameos y samaritanos sobre cabritillas y cortezas de sicomoro, todos los ejemplares antiguos y preciosos que haba recogido en Egipto y en Siria clebre Moiss de Dina, y que Alejandro D'Esprvieu pudo adquirir sin gran dispendio cuando en 1936 el sabio hebreo muri en Pars, viejo y miserable.
La biblioteca Esparviana ocupaba el segundo piso de la antigua residencia. Las obras tenidas en poca estimacin, como los libros de exgesis protestante del siglo XIX y del XX, cedidos por Cayetano, se hallaban relegados, sin encuadernar, en la profundidad infinita de los sotabancos. El catlogo, con suplementos, formaba nada menos que dieciocho volmenes infolio. Este catlogo estaba siempre a la vista y la biblioteca en un orden perfecto. El seor Sariette (Julin), archivero palegrafo que, pobre y humilde, daba lecciones para ganarse la vida, lleg a ser en 1895 recomendado por el obispo de Agra, preceptor del joven Mauricio, y casi al mismo tiempo conservador de la Esparviana. Dotado de una actividad metdica y de una paciencia obstinada, el seor Sariette haba clasificado una por una todas las obras. El sistema concebido y usado por l era de tal modo complejo, la signatura de cada libro se compona de tantas letras maysculas y minsculas, griegas y latinas, de tantas cifras rabes y romanas acompaadas de asteriscos, de dobles asteriscos, de triples asteriscos y de los signos que expresan en aritmtica las potencias y las races, que su estudio hubiera costado mas tiempo y ms esfuerzo del que se necesita para aprender perfectamente el Algebra; y como no fue posible que nadie se resignase a invertir en el conocimiento de aquellos smbolos oscuros horas mejor empleadas en descubrir las leyes de los nmeros, el seor Sariette no tuvo competidor en la tarea de reconocer sus clasificaciones, y lleg a ser de todo punto imposible buscar, sin su ayuda, entre los trescientos sesenta mil volmenes confiados a su custodia, un libro cualquiera. Tal era el resultado de sus afanes; pero lejos de dolerle senta con ello una viva satisfaccin.
El seor Sariette estaba enamorado de su biblioteca; enamorado y celoso. Todas las maanas, desde las siete, se hallaba catalogando en su escritorio de caoba. Las papeletas, escritas de su mano, llenaban el monumental casillero que se alzaba junto a l, coronado por un busto en yeso de Alejandro D'Esparvieu, con el pelo ahuecado, la mirada sublime, con una pata de gallo hasta la oreja, como Chateaubriand; la boca, de labios pequeos y carnosos, el pecho desnudo. Al salir, a las doce en punto, se diriga hacia la estrecha y oscura calle de las Canettes para almorzar en la lechera de Les quatrevques, frecuentada en otros tiempos por Baudelaire, Teodoro de Banville, Carlos Asselineau, Luis Mnard y un grande de Espaa que haba traducido Los misterios de Pars en el idioma de los conquistadores. Y hasta los nades que se chapuzan graciosamente sobre la vieja muestra de piedra que ha dado nombre a la calle reconocan al seor Sariette. A la una menos cuarto en punto entraba de nuevo en su biblioteca, de donde no sala hasta la siete para volver a sentarse en Les quatrevques ante su mesa frugal provista siempre de ciruelas pasas. Todas las noches, cuando acababa de comer, su camarada Miguel Guinardon, pintor decorador, restaurador de cuadros, que sola trabajar para las iglesias, llegada a Les quatreevques desde su desvn de la calle de la Princesse, para tomar el caf y la copita; y los dos amigos jugaban su partida de domin. El viejo Guinardon, rudo y vigoroso, era mucho ms viejo de lo que pareca; como que en sus buenos tiempos conoci a Chenavard. Terriblemente casto, a todas loras denunciaba las impurezas del neopaganismo en un lenguaje formidablemente obsceno. Le agradaba mucho hablar, y el seor Sariette le oa siempre complacido.
El tema predilecto del viejo Guinardon era la capilla de los Angeles de San Sulpicio, cuya pintura se descascarillaba continuamente, y que restaurarla sabe Dios cundo, ya que desde la separacin las iglesias pertenecan slo a Dios, y nadie asuma la carga de las reparaciones ms apremiantes, pero el viejo Guinardon no era exigente.
Miguel es mi patrono decay profeso una especial devocin a los Santos Angeles.
Al terminar su partida e domin, el menudo seor Sariette y el viejo Guinardon, robusto como un roble, melenudo como un len, inmenso como un San Cristbal, salan juntos, y por la plaza de San Sulpicio hablaban amigablemente, sumergidos en la noche plcida o destemplada. El seor Sariette guiaba el paseo hacia su casa, y esto era una contrariedad para el artista charlatn y trasnochador.
A la maana siguiente, puntual, segn su costumbre, volva el seor Sariette a ocupar su puesto en la biblioteca, y catalogaba. Desde su escritorio diriga una mirada de Medusa a los visitantes, receloso de que pidieran libros. Con aquella mirada, no solamente hubiera querido petrificar a los magistrados, a los polticos, a los prelados que invocaban su intimidad con el dueo de la casa para llevarse algn libro, sino tambin a Cayetano D'Esparvieu, protector de la biblioteca, el cual sola pedir algn libraco licencioso o impo para entretenerse en el campo los das de lluvia; a la seora de Renato D'Esparvieu cuando le peda un libro para los enfermos de su hospital y al propio Renato D'Esparvieu, que se limitaba es especialmente al Cdigo civil y al Repertorio, de Dalloz. Cuando se le llevaban algn libro, por insignificante que fuese, le dola como si le arrancasen el alma y para evitarlo, hasta con las personas que tenan ms derecho, el seor Sariette inventaba mil mentiras ingeniosas o burdas, no le dola calumniarse al suponer extraviado o perdido un volumen que un momento antes acariciaba con los ojos y oprima contra su corazn, cuando ya no le quedaba otro remedio, antes de soltar definitivamente un libro, se lo quitaba entonces veinte veces de las manos a la persona que se lo haba pedido con perfecto derecho.
Temblaba continuamente al pensar que alguno de los objetos sometidos a su vigilancia pudiera escaprsele; y por depender de su custodia trescientos sesenta mil volmenes, tena otros tantos motivos de alarma. A veces se despertaba por la noche baado en sudor fro y lanzaba un grito de angustia, por haber entrevisto en sueos un hueco sobre unas tablas de sus armarios.
Consideraba monstruoso, inicuo y desolador, que un libro abandonara su compartimiento. Su noble avaricia exasperaba a Renato D'Esparvieu, que desconoca las virtudes de su perfecto archivero y que lo crea un manitico. El seor Sariette ignoraba esta injusticia, pero hubiera afrontado las ms crueles desgracias y sufrido el oprobio y la injuria para defender la integridad de su biblioteca. Gracias a su constancia, a sus cuidados, a su celo, y para decirlo de una vez, gracias a su amor, las colecciones de DEsparvieu no haban perdido ni una sola hoja sometidas a su administracin durante los diecisis aos transcurridos hasta el 9 de septiembre de 1912.
CAPITULO III
Donde comienza el misterio.
Aquella tarde, a las siete, despus de colocar en sus tablas los libros manejados durante el da, el seor Sariette lo dej todo en buen orden, sali de la biblioteca y cerr la puerta con llave.
Segn su costumbre, comi en la lechera de Les quatrevques, ley el diario La Cruz, y a las diez se retir a su cuartito de la calle de Regard. Su sueo fue tranquilo, sin turbaciones y sin presentimientos. A la maana siguiente lleg a las siete en punto a su biblioteca, y despus quitarse en el recibimiento, conforme sola, su hermosa levita, se puso otra muy usada que descolg de la percha. Entr en su despacho, donde catalogaba diariamente durante diez horas bajo la mirada sublime de Alejandro D'Esparvieu, y dispuesto a pasar su acostumbrada revista a las salas, encaminse hacia la primera, la mayor, donde se contenan la Teologa y las Religiones en inmensos armarios sobre cuyas cornisas asomaban los bustos en yeso bronceado de los poetas y de los oradores de la antigedad. Dos enormes esferas, representacin de la Tierra y el Cielo, reposaban en los huecos de las ventanas. Al entrar, el seor Sariette se detuvo estupefacto; no era posible negar lo que vea y, sin embargo, no poda creerlo. Sobre el tapete azul de la mesa de lectura se hallaban muchos libros en desorden; varios, en cuarto, formaban una pila oscilante; dos lxicos griegos entrecruzaban sus hojas confundidos en un solo ser, ms monstruosos que los acoplamientos humanos del divino Platn; un infolio de cantos dorados entre abrase y descubra tres de sus hojas indignamente abarquilladas.
Al salir de su profundo estupor despus de unos instantes, el bibliotecario se acerc a la mesa y reconoci, entre la confusin de aquel hacinamiento, sus biblias hebraicas, griegas y latinas, las ms estimables, un Talmud nico, tratados rabnicos impresos y manuscritos, textos arameos y samaritanos, rollos de sinagoga; en fin, los ms valiosos monumentos de Israel, amontonados, derrumbados, deshojados.
El seor Sariette se hallaba en presencia de algo inexplicable, a pesar de que haca esfuerzos para explicrselo. Hubirale tranquilizado mucho poder convencerse de que Cayetano, tan poco metdico y culto que se crea autorizado para llevarse los libros a manos llenas durante su estancia en Pars, por sus funestas liberalidades con la biblioteca fuera el autor de tan espantoso desorden; pero Cayetano viajaba entonces por Italia. Luego de reflexionar, el seor Sariette supuso que Renato D'Esparvieu haba pedido las llaves a su ayuda de cmara, Hiplito (el cual desde veinticinco aos atrs cuidaba de la limpieza del segundo piso y de los desvanes), para pasar la velada en la biblioteca. De sobra saba el seor Sariette que Renato DEsparvieu no lea nunca de noche ni entenda el hebreo; pero acaso lleg a la sala grande algn sacerdote o algn monje jerosolimitano de paso en Pars, sabio orientalista aficionado a la exgesis sagrada. El seor Sariette acab por preguntarse si el reverendo padre Patouille, que tena curiosidades intelectuales y la costumbre de abarquillar las hojas de los libros, se habra podido sumergir entre todos aquellos textos bblicos y talmdicos en un repentino afn por entrever el alma de Sem. Y un momento lleg a sospechar si el mismo Hiplito, despus de sacudir y barrer la': biblioteca durante un cuarto de siglo, envenenado a la larga por el polvo desprendido de tanta sabidura, con exaltada curiosidad quiso rodearse aquella noche, v a la luz de la luna, de tantos y tantos signos indescifrables, entre los que se fatigaran sus ojos y su inteligencia y se perdiera su alma.
El seor Sariette lleg a imaginar que al salir del Casino o de alguna reunin nacionalista, el joven Mauricio pudo arrancar de los estantes aquellos libros judos y arrojarlos revueltos sobre la mesa por odio al antiguo Jacob y a su nueva posteridad, pues este hijo de familia se proclamaba antisemita slo frecuentaba el trato de los judos antisemitas como l. Esto era estirar mucho la hiptesis; pero el pensamiento del seor Sariette no poda permanecer ocioso y divagaba entre las ms extravagantes suposiciones. Impaciente por conocer la verdad, el celoso guardin de los libros llam al ayuda de cmara.
Hiplito lo ignoraba todo. Interrogado el portero del hotel, no supo dar ningn indicio, y entre toda la servidumbre nadie haba odo nada. Entonces, el seor Sariette se decidi a balar a las habitaciones de Renato D'Esparvieu, el cual le recibi en bata de noche y gorro de dormir, oy su relato con la impaciencia de un hombre serio mal dispuesto para escuchar tonteras, y puso fin a la entrevista con estas palabras, en las que se adverta una conmiseracin cruel:
No se preocupe ni le d usted ms vueltas, mi excelente seor Sariette; convnzase de que ha encontrado esta maana todos los libros donde los dej ayer tarde.
El seor Sariette insisti de veinte maneras distintas en sus averiguaciones, y como no sacaba nada en claro, sus inquietudes le quitaron el sueo. A la maana siguiente, cuando entr a las siete en punto en la sala de las esferas, tuvo la satisfaccin de ver todos los libros en su sitio. Pero, sorprendido su corazn lati bruscamente, porque sobre el mrmol de la chimenea yaca un volumen, en octavo, en rstica, un libro moderno, acompaado an de la plegadera de boj que haba servido para cortar sus hojas. Era una disertacin acerca de las dos versiones del Gnesis apareadas, un libro que nunca sali del desvn donde lo haba desterrado el seor Sariette, porque hasta entonces ninguno de los visitantes de la biblioteca Esparviana tuvo la curiosidad de comparar la parte del redactor monotesta y la del redactor politesta en la formacin del primero de los libros sagrados. Este libro tena en el catlogo la asignatura R<3.214 viii/ 2, y el seor Sariette comprendi que la ordenacin ms complicada y pulcra no basta para buscar una obra que no est en su sitio.
Durante un mes, todas las maanas encontr sobre la mesa montones de libros; se mezclaban el griego y el latn con el hebreo. El seor Sariette reflexion si aquellos trastornos pudieran ser obra de malhechores nocturnos que entraran por las buhardillas para robar documentos raros y preciosos; pero no descubri rastro alguno de fractura, y en sus investigaciones minuciosas no pudo advertir la falta de ningn objeto. Vctima de una confusin espantosa, imagin si sera posible que algn mono de la vecindad bajara por la chimenea y se divirtiese en la imitacin de un sabio estudioso. "Los monos pensabaremedan muy hbilmente las actitudes de los hombres." Conoca las costumbres de aquellos animales por las pinturas de Watteau y de Chardin; los imaginaba tan diestros en el arte de imitar una postura o un carcter, como los Arlequines, los Escaramuchios, los Zerlines y los Doctores de la Pantomima; los vea manejar la paleta y los pinceles, moler los colores, machacar las drogas, hojear un viejo tratado de alquimia junto a un brasero. Y una triste maana, al descubrir un manchn de tinta sobre una hoja del tercer tomo de la Biblia Poli ora encuadernada en tafilete azul, con el escudo del conde de Mirabeau, afirmse en la idea de que un mono era el autor de aquel desaguisado. El mono habra volcado el tintero al remedar que tomaba notas como se lo vio hacer a su amo, que, sin duda, era un erudito.
Obstinado en aquella suposicin, el seor Sariette hizo un estudio de la topografa del barrio para precisar exactamente las casas de la manzana correspondiente al hotel DEsparvieu. Luego fue a preguntar de puerta en puerta si haba un mono en la casa. Interrog a todos los porteros y porteras, a varias planchadoras y criadas, a un zapatero, a una frutera, a un vidriero, a los dependientes de una librera, a un cura, a un encuadernador, a dos guardias municipales, a cuatro nios, y experiment la diversidad de caracteres y la diferencia de humores entre individuos de un mismo pueblo, porque las respuestas que le daban no podan ser ms diversas: las hubo rudas y las hubo amables, groseras y corteses, irnicas y sencillas, prolijas, breves y hasta mudas. Pero no haba podido adquirir el ms ligero indicio referente al animalito que buscaba, cuando en el portal de una casa vieja de la calle Servandoni, una chiquilla rubia y pecosa que guardaba la portera, le respondi:
El seor Ordenneau tiene un mono Quiere verlo? Y sin aguardar la respuesta del viejo bibliotecario, le gui hasta una cochera. Sobre la paja caliente y unos pedazos de manta, sujeto por una cadena, temblaba de fro un joven macaco. Su talla era la de un nio de cinco aos. Su rostro lvido, su frente arrugada, sus labios delgados, indicaban una tristeza mortal. Alz sus ojos amarillos para dirigir al visitante una mirada potente an; luego, con su manecita enjuta, cogi una zanahoria, y despus de acercrsela a la boca, la tir. Ya no miraba a los recin llegados; agachaba la cabeza como si nada esperase de los hombres ni de la vida, y encogido, con la mano en la rodilla, se qued inmvil; de cuando en cuando, una tos seca sacuda su pecho.
Se llama Edgardo dijo la chiquilla. Quieren venderlo, sabe usted?
Pero el viejo apasionado de los libros, que haba exaltado su clera y su resentimiento al suponerse encarado con el irnico enemigo, el monstruo de malicia, el antibiblifilo, quedse atnito, entristecido, anonadado en presencia del miserable ser falto de vigor, de ansias y de alegras. Patente su error, se desconcert ante aquel rostro casi humano, que la tristeza y el sufrimiento humanizaban an ms, y:
Dispense dijo, mientras inclinaba la cabeza.
CAPITULO IV
Que, en su expresiva brevedad, nos conduce hasta los confines del mundo sensible.
Pasaron dos meses; como el desbarajuste no cesaba, el seor Sariette sospech de los francmasones. En los diarios que lea se narraban constantemente sus crmenes, y el reverendo padre Patouille los juzgaba capaces de las ms abominables perfidias, muy seguro de que meditaban, de acuerdo con los judos, la ruina total del mundo catlico.
Ms poderosos que nunca, dominaban ya en todas las instituciones del Estado, dirigan las Cmaras, cinco de sus miembros eran ministros, y en el Elseo no se resolva nada sin su anuencia. Despus de asesinar a un presidente de la Repblica, modelo de patriotismo, hacan desaparecer los cmplices y los testigos de su execrable delito. Muy raro era el da que Pars, aterrado, no tuviese noticia de algn asesinato misterioso preparado en las logias. Tales hechos no dejaban lugar a duda. Pero de qu medio se valan los francmasones para entrar en la biblioteca? El seor Sariette no acertaba a comprenderlo. Qu propsitos los conducan? Por qu se cebaron en la antigedad sagrada y en los orgenes de la Iglesia? Qu impa labor era la suya? Una tenebrosa oscuridad velaba estas empresas espantables. El pobre archivero catlico se crey perseguido por la mirada de los hijos de Hiram, y, horrorizado, enferm.
Apenas restablecido, resolvi pasar la noche en el mismo lugar donde se realizaban aquellos, espantosos misterios y sorprender a los salteadores perspicaces y temibles; tal empresa pareca impropia de su timidez.
Hombre falto de energas y dbil de carcter, el seor Sariette era miedoso por naturaleza. El 8 de enero, a las nueve de la noche, mientras la ciudad adormecida se cubra de nieve, despus de encender la chimenea de la sala grande, adornada con los bustos de los poetas y de los filsofos antiguos, se arrellan en una butaca junto al fuego y se abrig las piernas con una manta. El velador, puesto al alcance de su mano, sostena un quinqu, una taza de caf muy cargado y un revlver, que el seor Sariette le haba pedido a Mauricio. Quiso leer el diario La Cruz, pero las lneas bailaban ante sus ojos; los abra mucho y los fijaba en los cuatro ngulos de la sala, sin ver ms que negruras y sin or ms que los rumores del viento Quedse dormido.
Al despertar, ya no haba fuego en la chimenea; el quinqu, apagado, apestaba; la oscuridad se poblaba de sombras blanquecinas y de claridades fosforescentes. Crey ver algo que se agitaba sobre la mesa, y penetrado harta los huesos por el escalofro del espanto, pero sostenido por una decisin ms fuerte que su miedo, se levant, aproximse y pas las manos sobre el tapete. Ya no vea nada; las fosforescencias haban desaparecido; sus dedos tropezaron con un grueso, infolio abierto, quiso cerrarlo, pero el libro le opuso resistencia y luego salt sobre la cabeza del imprudente bibliotecario, para golpearla con ahnco. El seor Sairette cay desmayado
Desde entonces se agravaron las circunstancias. Cada vez era mayor el nmero de libros que se hallaban dispersos, y fue imposible volver a sus estantes varios que haban desaparecido. No pasaba un solo da sin que advirtiera el seor Sariette alguna desercin nueva. Los Bolandistas estaban incompletos, faltaron treinta volmenes de exgesis. El bibliotecario se desmejoraba de un modo sensible; su cabeza se redujo al tamao de un puo, amarilleaba como un limn, su cuello se alarg desmesuradamente, sus hombros languidecieron, y el traje que llevaba pareca puesto en una percha. En la lechera de Les quatrevques, sin probar bocado, con la cabeza baja y los ojos tristes miraba, consternado y distrado, el agua sucia del vaso de las ciruelas. Ni siquiera se enteraba de que el viejo Guinardon, muy satisfecho, le repeta que al fin recibi el encargo de restaurar las pinturas de Delacroix en San Sulpicio.
A las informaciones alarmantes del infeliz archivero, Renato D'Esparvieu responda secamente:
Esos libros se han extraviado, pero no estn perdidos. Bsquelos bien, seor Sariette, bsquelos bien y los encontrara.
Y cuando el viejo se haba ido murmuraba:
Este pobre Sariette, ya chochea.
Me parece aada el reverendo padre Patouilleque ha perdido el juicio.
CAPITULO V
En el cual la capilla de los Angeles de San Sulpicio da pretexto a varias reflexiones de arte y de teologa.
La capilla de los Santos Angeles, que se encuentra al entrar en la iglesia de San Sulpicio a mano derecha, estaba oculta por un cierre de tablas. El reverendo padre Patouille, Cayetano D'Esparvieu, su sobrino Mauricio y el seor Sariette, entraron uno tras otro por la puertecilla provisional, y vieron al viejo Guinardon sobre la plataforma de su escalera y apoyado en el Heliodoro. El viejo artista, provisto de todo gnero de ingredientes y herramientas, rellenaba con una pasta blancuzca la grieta Merina, dividido en dos mitades al gran sacerdote Onias. Ceferina, la modelo predilecta de Pablo Baudry; Ceferina, que prest su rubia cabellera y sus hombros nacarados a tantas magdalenas, Margaritas, slfides y ondinas; Ceferina, que, segn cuentan, fue amada por el emperador Napolen III, hallbase al pie de la escalera con los cabellos enmaraados, la cara terrosa, los ojos enrojecidos, la barbilla peluda, ms vieja que el viejo Guinardon, cuya vida comparti durante cerca de medio siglo. En una cesta llevaba el almuerzo para el pintor.
Aun cuando por la ventana enrejada y emplomada se cerna la luz, difusa y oblicuamente, los colores resplandecan y la encarnacin de los hombres y de los ngeles rivalizaba en vigor con la faz rutilante y fresca del viejo Guinardon. Aquellas pinturas murales de la capilla de los Angeles, debidas al pincel de Delacroix, al principio ridiculizadas y despreciadas, haban llegado a merecer la consideracin de lo clsico y aspiraban a la inmortalidad junto a las obras maestras de Rubens y del Tintoretto.
El viejo Guinardon, barbudo y melenudo, pareca la imagen del Tiempo que borrara las creaciones del Genio. Cayetano se alarm y le grit:
Prudencia, seor Guinardon, mucha prudencia! No raspe usted demasiado.
El pintor le tranquiliz:
No tema usted nada, seor D'Esparvieu; yo no acostumbro pintar de ese modo, mi arte es ms elevado; uso, procedimientos anlogos a los de Cimabu, del Giotto y del beato Anglico; nunca pinto como Delacroix. Este lienzo est muy recargado de oposiciones y contrastes para que pueda producir una impresin verdaderamente religiosa. Chenavard ha dicho que el arte cristiano gusta de lo pintoresco, pero Chenavard es un miserable sin fe ni ley, un descredo. Vea el seor D'Esparvieu que me limito a rellenar las grietas y a fijar pulcramente las partes que se descascarillan; no hago ms. Los deterioros, debidos al asiento de los muros o acaso a una sacudida ssmica, se hallan en un reducido espacio. Esta mezcla de aceite y cera, aplicada sobre una preparacin muy dura, se mantiene ms firme de lo que se pudiera imaginar. Yo vi a Delacroix ocupado en esta obra. Fogoso, pero inquieto, modelaba febrilmente, borraba y correga sin cesar; su mano poderosa tena torpezas infantiles, ofrece su labor la maestra del genio y las inexperiencias del aprendiz. Es un milagro que esto se conserve.
Callse, ocupado en rellenar las grietas.
Qu clsica y tradicional es esta composicin dijo Cayetano. Al principio slo se apreciaban en ella sorprendentes novedades, y ahora descubrimos ya una porcin de antiguos procedimientos italianos.
S lo bastante para permitirme el lujo de una crtica justa dijo el viejo desde lo alto de la escalera. Delacroix vivi en una poca impa, blasfemadora, y a pesar de haber pintado en un perodo decadente no estuvo exento de arrogancia ni de grandeza. Era superior a su tiempo, pero le faltaron la fe, la sencillez sentimental y la pureza. Para ver y pintar ngeles, necesitaba tener la virtud de los ngeles de los primitivos, la virtud suprema que, con ayuda de Dios, he practicado lo ms posible: la castidad.
Cllate, Miguel! Eres tan cochino como todos!
As exclam Ceferina, rabiosa de celos, porque haba sorprendido a su amante aquella maana en el portal con la hija de la panadera, la joven Octavia, sucia y lustrosa como una novia de Rembrandt. Enamorada locamente de Miguel en su florida juventud, ya muy lejana el amor no se haba extinguido an en el pecho de Ceferina.
Aquel lisonjero insulto hizo sonrer al viejo Guinardon, que ocult su sonrisa levantando la cabeza para fijar los ojos en el cielo, donde el arcn el Miguel, terrible, con su coraza de azur y su casco de plata, erguase gallardo en el centelleo de su gloria.
Entretanto, el reverendo padre Patouille, sirvindose de su sombrero como de una pantalla y guiando los ojos para evitar la luz directa de la ventana se fijaba sucesivamente en el Heliodoro flagelado por los ngeles, en el San Miguel, vencedor d los demonios y en el combate de Jacob con el ngel.
Todo ello es muy hermoso murmur, al fin; pero, por qu se ha limitado el artista a pintar sobre estas paredes ngeles irritados? Recorro minuciosamente con la mirada esta capilla y slo descubro heraldos de la clera celestial y ministros de venganzas divinas. Dios quiere ser temido, pero tambin quiere ser amado. Fuera muy consolador encontrar en estas paredes algunos mensajeros de paz y de clemencia; me agradara ver aqu al serafn que purific los labios del profeta a San Rafael, que devolvi la vista al viejo Tobas; a Gabriel, que anunci a Mara el misterio de la Encarnacin; al ngel, que libr a San Pedro de sus cadenas; a los querubines, que llevaron hasta la cumbre del Sina el cuerpo de Santa Catalina. Alegrara este lugar la presencia de los celestes guardianes que Dios concede a todos los hombres bautizados en su Iglesia. Cada cual tiene el suyo que le acompaa, le consuela y le sostiene. Fuera tan dulce admirar en esta capilla esos espritus encantadores y esas figuras maravillosas!
Ah, seor cura! Delacroix no era piadoso y hemos de ajustarnos a su punto de vista replicle Cayetano. El seor Ingres no exageraba al decir que las composiciones de este genial artista exhalaban un tufillo de azufre. Fjese usted en esos ngeles de una belleza tan esplndida y severa esos ngeles soberbios y rigurosos, esos adolescentes crueles que alzan sobre Heliodoro sus frulas vengadoras. Ese joven y misterioso luchador que roza en la cara del patriarca
Chist! indic el reverendo Patouille. No es en la Biblia como los dems ngeles pero al ser ngel, sera el Angel Creador, el Hijo eterno de Dios. Me sorprende que el venerable prroco de San Sulpicio, cuando encarg a Eugenio Delacroix el decorado de esta capilla, no le advirtiera que la lucha simblica del patriarca y del ngel que no ha revelado su nombre, tuvo lugar en una noche oscura. Semejante asunto no debiera mostrarse aqu, puesto que representa la Encarnacin de Jesucristo. Los mejores artistas padecen extravos cuando no reciben de un eclesistico estudioso algunas nociones de iconografa cristiana; las instituciones del arte cristiano han servido de base a numerosas obras que usted conoce sin duda, seor Sariette. Era muy reciente su aventura nocturna en la biblioteca, pues haban pasado slo tres das, y el seor Sariette conservaba en sus ojos mortecinos la expresin de su espanto; pero al sentirse interpelado por el venerable sacerdote reconcentr su pensamiento para responder:
En esta materia se puede consultar con fruto a Molns, De historia sacrarum imaginum et picturarum, en la edicin publicada por Noel Paquot, Lovaina, mil setecientos setenta y uno; al cardenal Federico Borromeo, en Pictura sacra; y la Iconografa de Didrn; pero esta ltima, obra debe ser leda con precauciones.
Dicho esto, el seor Sariette, volvi a encerrarse en su mutismo y a meditar el desastre de su biblioteca.
Sin embargo prosigui el padre Pathuille, ya que interesaba tener en esta capilla un ejemplo de la santa clera de los ngeles, el pintor estuvo acertado al recordar, como Rafael, a los mensajeros del Cielo, que castigaron a Heliodoro. Encargado por Seleco, rey de Siria, de apoderarse de los tesoros encerrados en el templo, Heliodoro fue Herido por un ngel con armadura de oro y jinete en un caballo magnficamente enjaezado. Le apalearon otros dos ngeles y cay al suelo, como Delacroix lo pint, sumergido en tinieblas. Es justo y saludable que esta aventura sea presentada como ejemplo a los comisarios de Polica republicana y a los sacrlegos agentes del Fisco. En todos los tiempos habr Heliodoros, pero spase que si se atreven a poner sus manos en el tesoro de la Iglesia, que es el tesoro de los pobres, sern siempre apaleados y cegados por los ngeles. Me, agradara que esta pintura, y mejor an la composicin mas sublime de Rafael, acerca del mismo asunto, fuera grabada en tamao reducido, con todos sus colores, distribuida como premio en las escuelas.
To mascull Mauricio entre bostezos, estas pinturas carecen de expresin; Matisse y Metzinger me gustan mucho ms.
Nadie tom en cuenta sus palabras, y el viejo Guinardon, desde lo alto de su escalera, profetiz:
Solamente los primitivos han entrevisto el cielo. Lo verdaderamente bello slo se halla en las obras pictricas, desde el siglo trece al quince. La antigedad, la impura antigedad, que recobr su perniciosa influencia durante el siglo diecisis, inspir a los poetas y a los pintores pensamientos criminales e imgenes indecorosas, horribles impurezas y verdaderas porqueras. Todos los artistas del Renacimiento fueron unos cochinos, sin exceptuar a Miguel Angel.
Cuando Cayetano se dispona a salir de all, el viejo Guinardon le dilo en tono de solcita confidencia:
Seor D'Esparvieu, si no le asustan las escaleras de un quinto piso, vaya a mi casa; tengo dos o tres cuadritos de los que quisiera desprenderme y que, sin duda, interesaran a usted. Pintura sencilla, franca, leal. Ver usted, entre otras cosas, un cuadrito de Baudoin, lo ms delicioso que puede imaginarse.
Cayetano sali sin contestar, y mientras bajaba las gradas de la iglesia y torca por la calle de la Princesse, confi al viejo Sariette, como se lo hubiera confiado a cualquiera, o a un rbol, a un mechero de gas, a un perro, a su sombra; la indignacin que le inspiraban las teoras estticas del restaurador.
Qu pesado se pone con su arte cristiano y sus primitivos, ese viejo Guinardon! Todo lo que un artista concibe para representarnos el Cielo es copia, de lo que ha visto en la Tierra: Dios, la Virgen, los ngeles, los santos, las santas, los resplandores, las nubes. Cuando Ingres preparaba figuras para las vidrieras de la capilla Dreux, dibuj con lpiz, atento a las formas de la modelo, un delicado y virginal desnudo de mujer, que puede verse, entre otros varios, en el Museo Bonnat, de Bayona, y escribi al pie del dibujo, como recordatorio: "Seorita Cecilia. Pantorrillas y muslos admirables." Para convertir a la seorita Cecilia en una santa del Paraso, limitse a cubrirla con manto y velo; as, le infligi una vergonzosa mengua, pues los tejidos de Lyn y de Gnova son despreciables si se comparan con una piel juvenil sonrosada por una sangre pura, y sabido es que las ms gallardas lneas de un ropaje no pueden competir con los perfiles de un hermoso cuerpo, que son las vestiduras una vergenza inmerecida y la peor de las humillaciones para la carne apetecible y nbil.
Distrado, Cayetano mientras pisaba el hielo del arroyo al atravesar la calle de Garancire, prosigui:
El viejo Guinardon es un idiota malvado! Escarnece la antigedad, la santa antigedad, el tiempo en que los dioses eran buenos y exalta una poca en que la pintura y la escultura tanteaban nuevamente sus procedimientos. En realidad, el cristianismo fue muy funesto para el arte. El arte es la representacin de la Naturaleza, y la Naturaleza, por excelencia, es el cuerpo humano, es el desnudo.
Permtame, permtame usted susurr el seor Sariette. No puede negarse que tambin existe una belleza espiritual, como si dijramos belleza interior, y que desde, fra Anglico a Hipolito Flandin el arte cristiano ha
Pero, sin escucharle, Cayetano lanzaba sus palabras impetuosas a las piedras de la antigua calle y a las nubes cargadas de nieve que pasaban sobre su cabeza:
No es posible formular una opinin acerca de los primitivos, porque se diferenciaban mucho unos de otros. Ese viejo alocado lo embarulla todo. Cimabu es un bizantino corrompido; Giotto es un genio potente, pero no sabe modelar, y pone, como los nios, a todas las figuras la misma cabeza. Los primitivos italianos tienen gracia y alegra por ser italianos, los de Venecia conocen instintivamente los secretos del colorido; pero, en general, esos primorosos obreros doran y estampan mejor que pintan. El beato Anglico tiene, para mi gusto, exceso de ternura en el corazn y en la paleta. En cuanto a los flamencos, ya es otra cosa: saben lo que traen entre manos y rivalizan en el esplendor de su oficio con los laquistas chinos. La tcnica de los hermanos Van Eyck es maravillosa. Yo no he podido todava descubrir en la Adoracin del Divino Cordero ese misterioso encanto que de tal modo ponderan; todo est tratado con una implacable perfeccin, todo se presenta falto de sentimientos y con una fealdad cruel. No puede negarse que Memling impresiona, pero slo pinta seres enfermizos o lisiados, y bajo las ricas, pesadas e insulsas vestiduras de sus vrgenes y santas se adivinan desnudos lamentables. No espere a que Rogier van der Wyden se llamara Roger de la Pasture y conociramos su origen francs, para preferirle a Memling. Este Rogier o Roger es menos simple, y, en cambio, es ms lgubre; la firmeza de sus trazos acusa poderosamente sobre sus tablas la miseria de las formas. Es una extraa aberracin admirar esas figuras cuaresmales, mientras haya figuras de Leonardo, de Ticiano, de Correggio, de Velzquez, de Rubens, de Rembrandt, de Poussm, de Prudhomme. Es un caso de sadismo!
Seguan lentamente al esteta y al bibliotecario el reverendo padre Patouille y Mauricio D'Esparvieu El padre Patouille, por lo comn poco aficionado a tratar de Teologa con los laicos y hasta con los sencillos clrigos, dejse arrastrar por el atractivo de aquel asunto y explicaba al joven Mauricio el santo ministerio de los ngeles custodios, que el pintor Delacroix haba excluido de sus composiciones. Para expresar mejor los pensamientos sublimes, tomaba de Bossuet giros, expresiones y frases enteras aprendidas de memoria, que sola intercalar en sus sermones, aferrado a la tradicin.
S; no lo dudes, hijo mo le deca. Dios nos favorece con esos espritus tutelares que llegan cargados dones y se vuelven cargados con nuestras plegarias. Tal es su destino. A todas horas, en cada momento, se hallan junto a nosotros para asistirnos, guardianes fervientes e infatigables, centinelas que velan sin cesar.
S, s; lo comprendo murmur Mauricio, el cual meditaba una feliz combinacin para enternecer a su madre y sonsacarle un dinero que le urga mucho
CAPITULO VI
Donde se dice cmo el seor Sariette recobra sus tesoros.
A la maana siguiente, muy temprano, el seor Sariette entr, sin anunciarse, en las habitaciones de Renato D'Esparvieu. Alzaba los brazos al cielo y erizbansele sobre la cabeza los pocos pelos que le quedaban; el espanto abra desmesuradamente sus ojos. Balbuciente, refiri el desastre. Un antiqusimo manuscrito de Flavio Josefo, sesenta volmenes de todos los tamaos, una joya inestimable (el Lucrecio, con el escudo de Felipe de Vendme y anotado por Voltaire), un manuscrito de Richard Simn y la correspondencia de Gassendi con Gabriel Naud, compuesto de doscientas treinta y ocho cartas inditas haban desaparecido! El propietario de la biblioteca, alarmado al fin, subi inmediatamente a la sala de los filsofos y de las esferas, para comprobar con sus propios ojos la importancia del dao. Aparecan algunos huecos en varios estantes. Buscando al azar, abri armarios, descubri escobas, rodillas, bombas de incendios; golpe con la pala en la lumbre de coque, sacudi la levita nueva del seor Sariette, colgada en el lavabo; y rendido ya, contempl con desaliento el hueco hasta entonces ocupado por las carpetas de Gassendi. Haca medio siglo que todos los hombres ilustrados reclamaban la publicacin de aquella correspondencia, pero Renato D'Esparvieu no satisfizo ese deseo universal, por no resignarse a emprender una labor tan pesada ni a consentir que otro la emprendiese. Por haber encontrado en aquellas cartas muchas ideas atrevidas y numerosos conceptos ms libertinos de lo que pudiera tolerar el sentimiento religioso del siglo XX, prefiri que tales pginas quedasen inditas, pero se crea responsable de aquel depsito ante su patria y ante la civilizacin universal.
Cmo es posible que le hayan robado a usted un tesoro semejante? Pregunt severamente el seor Sariette.
Cmo es posible que me hayan robado un tesoro semejante? repiti el infeliz bibliotecario. Seor, si me abrieran el pecho, encontraran esta pregunta grabada en mi corazn.
Sin que le conmoviese aquella sentida frase, Renato D'Esparvieu insisti con mal disimulada clera:
Y usted, seor Sariette, no descubre ningn indicio que le ponga sobre la pista del ladrn? No tiene usted ninguna sospecha, ni la menor idea de como han sucedido estas cosas? Usted no ha visto nada, no ha odo nada, no ha observado nada, no ha averiguado nada? Comprenda usted lo absurdo de tal situacin. Reflexione, seor Sariette, las posibles consecuencias del robo inaudito realizado ante sus propios ojos. Desaparece un documento inestimable para la historia del pensamiento humano. Quin lo ha robado? Por qu lo han robado? Para qu lo han robado? Los que lo han sustrado no deben ignorar que ha de serles imposible venderlo en Francia. Lo llevarn a Amrica o a Alemania. Alemania siente avidez de tales monumentos literarios. Si la correspondencia de Gassendi con Gabriel Naud llega a Berln, si la publica un sabio alemn qu escndalo!, y no sera exagerado decir qu desastre! Lo ha meditado usted seor Sariette?
Bajo el peso de un reproche horriblemente cruel, porque ya lo tena sobre su conciencia, el seor Sariette quedse como estpido, en silencio.
Renato D'Esparvieu agravaba sus censuras con nuevas reflexiones:
Y no intenta usted nada, no imagina usted nada para recobrar esas riquezas inestimables? Indague, busque usted, aguce su ingenio Abandone su pasividad! El asunto lo merece.
El seor D'Esparvieu, al salir, lanz sobre su bibliotecario una mirada glacial.
El desventurado busc los libros y los manuscritos perdidos, por todos los rincones donde los haba buscado ya cien veces, y donde no era posible que se hallaran, hasta en la coquera y debajo de la almohadilla de su silln de despacho. Maquinalmente, a las doce en punto, sali. Encontrse al pie de la escalera con su antiguo discpulo Mauricio, al cual salud como a travs de una nube, porque apenas poda darse cuenta de los hombres y de las cosas.
El desolado archivero estaba ya en el vestbulo cuando Mauricio volvi la cabeza para llamarle.
Seor Sariette! Ahora que me acuerdo Mande usted recoger los librotes que han llevado a mi pabelln.
Que librotes Mauricio?
Qu s yo! Los hay en hebreo, apolillados, y un montn de papeles viejos invaden el aposento y estorban mucho.
Pero quin los ha llevado?
Por ventura se tomaron la molestia de decrmelo?
Y se dirigi al comedor con bastante prisa, porque ya estaba servido el almuerzo.
El seor Sariette corri haca el pabelln. Era verdad lo que acababa de decirle Mauricio. All haba un centenar de volmenes sobre las mesas, sobre las sillas o amontonados en el suelo. Ante aquel espectculo, entre alegre y temeroso, turbado por la sorpresa, feliz al encontrar su perdido tesoro y temblando ante la idea de perderlo nuevamente, el hombre de los libros ya gorjeaba como un nio de pecho, ya prorrumpa en roncos alaridos como un loco. Reconoci sus biblias hebraicas, sus viejos talmudes, su antiqusimo manuscrito de Flavio Josefo, sus cartas de Gassendi a Gabriel Naud y su ms preciosa joya, el Lucrecio, con el escudo de Felipe de Vendme, anotado por Voltaire. Lloraba y rea, besaba los tafiletes, los pergaminos, los becerros, las vitelas las tapas de madera claveteada.
A medida que Hiplito, el ayuda de cmara, se los llevaba a la biblioteca, el seor Sariette, con trmulas manos, los colocaba piadosamente en su lugar
CAPITULO VII
De sumo inters y de una moralidad que me prometo ha de ser muy agradable a la mayora de los lectores, formulada en este grito doloroso: "Adnde me conduces, imaginacin?", porque sin duda es daino pensar, y la verdadera sabidura consiste en no pensar nada.
Todos los libros se hallaban de nuevo colocados en sus estantes y sujetos a la vigilancia piadosa del seor Sariette, pero esta conjuncin afortunada slo dur un momento: aquella misma noche desaparecieron veinte volmenes, entre ellos el Lucrecio, de Felipe de Vendme; al cabo de una semana, todos los antiguos griegos de los dos Testamentos haban vuelto al pabelln, y durante un mes entero, cada noche abandonaban sus estantes para emprender misteriosamente el mismo camino. Otros no se sabe dnde iban a parar.
Al or aquellos relatos fantsticos, Renato D'Esparvieu limitse a contestar, sin compadecerse de su bibliotecario:
Pobre seor Sariette! Lo que me cuenta es muy extrao; en verdad es muy extrao.
Y cuando al seor Sariette se le ocurri presentar una denuncia o advertir al comisario de Polica, Renato D'Esparvieu exclam:
Qu cosas me propone! Divulgar los secretos domsticos! Atraer la curiosidad! Ni lo piense usted siquiera, seor Sariette! Yo tengo enemigos y no me apura, porque todos los hombres importantes los tienen; pero me desagradara mucho verme atacado dentro de mi partido por realistas fervientes, que son buenos catlicos, no lo dudo, pero malos cristianos Cuando estoy seguro de que me discuten, me, vigilan y me acechan, me propone usted que entregue a la malicia de los periodistas un misterio cmico, una aventura burlesca, en fin, un asunto en el cual hacemos usted yo muy triste figura! Piensa usted ponerme en ridculo?
Al cabo, y como consecuencia de su conversacin, decidieron cambiar todas las cerraduras de la biblioteca. Pidieron presupuestos; llegaron los operarios. Durante mes y medio, el hotel D'Esparvieu se estremeca desde por la maana hasta por la noche a los golpes de los martillos, al chirrido de las barrenas y al rechinar de las limas. Las antiguas cerraduras, sencillas y fciles, fueron reemplazadas, en las puertas de las salas y de los armarios por otras ms complicadas y resistentes, y slo hubo ya cerraduras de combinaciones, candados de letras, cerrojos de seguridad, barras, cadenas, avisadores elctricos. Tanta quincallera daba horror. Los palastros relucan y los pestillos rechinaban. Para abrir cada sala, cada armario, cada cajn, era indispensable conocer un numero, cuyo secreto guardaba el seor Sariette, quien se llen la cabeza de nombres raros y de cifras enormes, que barajaba y confunda en esas criptografas, en esas combinaciones numerales, cuadradas, cbicas, triangulares. Muchas veces no saba cmo abrir una puerta o un armario, pero a la maana siguiente las encontraba todas de par en par, y los libros revueltos, maltratados, robados.
Un guardia de Orden pblico encontr una noche, cado en la calle Servandoni, un folleto de Salomn Reinach acerca de la identidad entre Barrabs y Jess, como tena el sello de la biblioteca D'Esparvieu, se lo devolvi a su propietario.
Sin tomarse la molestia de advertrselo al seor Sariette, decidise Renato D'Esparvieu a consultar el caso con uno de sus amigos, magistrado y hombre digno de toda confianza, el seor Aubels, que haba instruido varios procesos importantes. Era un hombre rechoncho, coloradote y tan calvo que su cabeza pareca una bola de billar. Entro una maana en la biblioteca fingiendo aficiones bibliogrficas, pero al momento demostr que nada saba de libros. Mientras los bustos de los filsofos se reflejaban formando crculo sobre su crneo reluciente, dirigi varias preguntas insidiosas al pobre seor Sariette, que se turbaba y se ruborizaba, porque los inocentes se hallan mucho ms propensos a la emocin. Desde entonces abri el seor Aubels la vehemente sospecha de que el propio seor Sariette era el autor de aquellos latrocinios, que denunciaba horrorizado; se propuso inmediatamente perseguir a los cmplices del crimen, sin cuidarse de indagar los motivos, porque motivos nunca faltan: se pueden suponer fcilmente. Dijo a Renato D'Esparvieu que mandara vigilar el hotel con la mayor reserva, y encomend este servicio a la Prefectura.
Yo procurare que destinen a Mignon, un agente incomparable, perspicaz, cauteloso.
A la maana siguiente, Mignon se paseaba, desde las seis, frente al hotel D'Esparvieu. Con la cabeza hundida entre los hombros, luca su cabellera ensortijada bajo las alitas del hongo acartonado; con la mirada investigadora, un enorme bigote negro, manos y pies gigantescos, y todo l de aspecto llamativo, paseaba solemnemente desde la primera pilastra del hotel de la Sordire hasta el otro extremo de la calle Garancire. Ya no fue posible acercarse al hotel D'Esparvieu sin sentirse vigilado, reconocido minuciosamente, no slo hasta en los menores movimientos, sino en las ms ntimas ideas. Mignon era un ser prodigioso, dotado de facultades que la Naturaleza suele negar a los hombres. No coma ni dorma, y a todas horas, bajo el sol, el viento y la lluvia, estaba cerca del hotel, en guardia permanente, sin que nadie pudiera evitar la influencia de sus ojos abrumadores, que, no slo desnudaban a los transentes y a los visitantes, sino que les mondaban los huesos; tal era la sensacin insoportable, experimentada en un segundo, mientras el agente prosegua impasible su paseo. Mauricio juraba que no volvera a poner los pies en su casa, para no verse radiografiado de aquel modo inaudito; su madre y su hermana Berta se dolan de aquella mirada penetrante, que ofenda la casta modestia de sus almas, y a la seorita Caporal, institutriz del nio, le produca una sensacin angustiosa. Exasperado Renato D'Esparvieu, cada vez que, sala o entraba, calbase hasta los ojos el sombrero, para evitar en lo posible los efectos de la mirada escrutadora, y maldeca al pobre Sariette, causante, a su juicio, de todo aquel disturbio. Los que solan frecuentar la casa, como el reverendo padre Patouille y el to Cayetano, se hicieron desear; las visitas de amigos eran menos cada vez, los proveedores resistanse a llevar sus mercancas, y los coches de importantes almacenes apenas se atrevan a detenerse. Pero donde tan extrema vigilancia produjo mayores desrdenes, fue entre la servidumbre. El ayuda de cmara, acostumbrado a salir en busca de la mujer del zapatero, que se hallaba sola en su casa todas las tardes, temeroso de la mirada del polica, consider el hotel insoportable y se despidi de los seores. Odilia, la doncella de la seora D'Esparvieu, no atrevindose a recibir por las noches en su buhardilla, despus de haberse acostado la seora, a Octavio, el ms guapo de los dependientes de la librera prxima, estaba triste, irritable, nerviosa; al peinar a la seora le tiraba del pelo, le responda insolente, y provocaba con manifiestas insinuaciones al seorito Mauricio. La cocinera, mujer formal y cincuentona, tampoco reciba ya las visitas de Augusto, mozo del almacn de vinos de la calle de Servandoni; e incapaz de soportar una privacin tan contraria a su temperamento, se volvi loca, lleg a servir en la mesa de sus amos un conejo crudo, y dijo que el Papa quera casarse con ella. Por fin, despus de dos meses de una asiduidad sobrehumana, contraria a todas les leyes conocidas de la vida orgnica y a las condicione esenciales de la economa animal, por no haber advertido nada sospechoso, el agente Mignon suspendi su vigilancia y se fue, sin admitir ninguna gratificacin. Los libros de la biblioteca seguan danzando de aqu para all todas las noches.
Hemos averiguado una cosa dijo el seor Aubels. Puesto que nadie se lleva los libros, el malhechor est dentro de la casa.
Este magistrado supuso que, sin interrogatorios y sin investigaciones, podan descubrir al criminal.
A medianoche de una fecha, previamente fijada, mando extender sobre el suelo de la biblioteca, en los escalone; y los descansillos, en el vestbulo, en el paseo del jardn que conduca al pabelln de Mauricio y en el recibimiento del pabelln, una capa de polvo de talco. A la maana siguiente, el seor Aubels, asistido por un fotgrafo de la Prefectura y acompaado por Renato D'Esparvieu y el viejo Sariette, quiso verificar las huellas. No encontraron nada en el jardn, porque el viento haba barrido el polvo, de talco; tampoco encontraron nada en el pabelln, porque Mauricio lo haba barrido con la escobilla de la chimenea, "por suponer que se trataba de una broma", segn dijo, pero lo cierto era que haba borrado las pisadas de Odilia. En la escalera del hotel y en la biblioteca pudieron comprobar las huellas ligersimas de un pie desnudo, que pareca haberse deslizado en el aire, apoyndose nada ms de cuando en cuando, a bastante distancia y sin gravitar. En conjunto, slo encontraron cinco seales, y la ms concluyente apareci en la sala de los bustos y de las esferas junto a la mesa donde se vean los libros amontonados. El fotgrafo de la Prefectura esmerse al reproducir varia: veces aquella traza. .
Esto es lo ms horrible de todo murmur el seor Sariette.
El seor Aubels quiso, intilmente, disimular su extraeza.
A los tres das, el servicio antropomtrico de la Prefectura devolva las pruebas fotogrficas Y aseguraba que no haba entre las fichas coleccionadas ninguna forma semejante. Cuando acabaron de comer, Renato ense aquellas fotografas a su hermano Cayetano, quien, despus de examinarlas con atencin profunda y en silencio, dijo:
Cmo han de tener fichado en la Prefectura el pie de un dios o de un atleta antiguo! La planta que ha dejado esta seal es de una perfeccin desconocida en nuestras razas y en nuestros climas; manifiesta unos pulgares de exquisita elegancia y un taln divino.
Renato D'Esparvieu asegur que su hermano estaba loco.
Es un poeta! suspir la seora D'Esparvieu.
To dijo Mauricio, se enamorar usted del pie representado en esta fotografa, si alguna vez lo encuentra.
Esto mismo le aconteci a Bibiano Denon cuando fue a Egipto con Bonaparte respondi Cayetano. Denon encontr en un hipogeo de Tebas, violado por los rabes, un piececito de momia de maravillosa belleza, y mientras lo contemplaba fervorosamente, pens: "Es el pie de una joven, de una princesa, de una mujer encantadora ninguna clase de calzado desfigur su forma perfecta." Denon lo admir, lo ador, lo goz. Puede verse un dibujo de aquel piececito de momia en el atlas del, viaje de Denon a Egipto, que sin molestarnos hojearamos ahora si el pobre Sariette lo consintiera.
A veces, desde su cama, despertando a las altas horas de la noche, Mauricio crea or el roce producido al volver las hojas de un libro, y el golpe de un volumen encuadernado al caer sobre la madera del suelo en la antesala del pabelln.
Una noche ya de madrugada, cuando al regresar del crculo, donde haba jugado con mala suerte, se detuvo ante la puerta del pabelln para buscar en sus bolsillos las llaves extraviadas, percibieron claramente sus odos una tenue voz, que deca:
"Conocimiento, adnde me conduces? Adnde me arrastras, imaginacin?
Pero al entrar en sus dos habitaciones no encontr a nadie, y supuso que le haban zumbado los odos.
CAPITULO VIII
Donde se habla de amor, cosa muy agradable, porque un cuento sin amor es tan insulso como un guiso sin sal.
No haba nada que asombrase a Mauricio. Nunca trat de conocer la causa de las cosas, y viva tranquilo en el mundo de las apariencias. Sin negar la verdad eterna, persegua, al capricho de sus deseos, las vanas formas.
Menos aficionado que la mayora de los jvenes de su generacin a los deportes y a los ejercicios violentos, entregbase inconscientemente a la vieja tradicin ertica de su raza. Los franceses fueron siempre los hombres ms extremados en la galantera, y. no se hallan dispuestos a renunciar este prestigio. Mauricio lo conservaba; sin enamorarse de ninguna mujer, amaba por amar, como dice San Agustn. Despus de rendir un justo homenaje a la belleza indestructible y a los secretos encantos de la seora de la Verdelire, haba saboreado las ternuras precipitadas de una joven artista lrica llamado Luciola. Al presente soportaba sin entusiasmo las perversidades elementales de Odilia, la doncella de su madre y las adoraciones lacrimosas de la bella seora de Boitier. Mauricio senta un vaco muy grande en su corazn; pero al entrar un mircoles en la sala donde su madre halaba con seoras, en su mayora austeras y sin atractivos, entremezcladas con respetables caballeros y jvenes imberbes, descubri a la seora de Aubels, la esposa del magistrado a quien Renato D'Esparvieu consult vanamente acerca del misterioso saqueo de la biblioteca. Gilberta era joven, y Mauricio le hizo justicia al considerarla hermosa; su cuerpo haba sido modelado por el genio de la especie, y ningn otro genio intervino en aquella obra, por cuya razn en ella todo despertaba el deseo, y nada, ni en su forma ni en su esencia, inclinaba el espritu a otra clase de sentimientos. La idea que mantiene el equilibrio de los mundos impuls a Mauricio hacia aquel ser delicioso; y le ofreci el brazo para llevarla a la mesa de t. Mientras ella lo tomaba, l le dijo:
Podramos arreglarnos muy bien los dos. Conviene?
Al hablar de este modo atenido a las prcticas modernas con objeto de suprimir estpidas galanteras, evitaba a la hermosa mujer la molestia de or una de las antiguas declaraciones, imprecisas y vagas, que no requieren una respuesta clara y concreta. Como en el breve tiempo de que dispona era muy difcil entablar un dilogo persuasivo, al verse junto a la seora de Aubels le hizo proposiciones concisas y apremiantes. Por lo que poda juzgarse, Gilberta estaba mejor construida para provocar el deseo que para sentirlo, pero segura de que no era otro su destino entregbase a las practicas del amor complaciente y gozosa. Mauricio no le desagrad, y solamente lamentaba que no fuese hurfano, porque saba por experiencia los disgustos que pueden ocasionar a las mujeres sus relaciones con hilos de familia.
Acepta usted? pregunt l, apremiante.
Ella fingi no entenderlo; tena en su mano inmvil un emparedado de foiegras junto a los labios, mir a Mauricio como sorprendida, y le pregunt:
Qu?
Lo que usted sabe la seora de Aubels baj los ojos, bebi un sorbo de t y se qued silenciosa, porque su pudor no estaba rendido todava.
Sin embargo, Mauricio se atrevi a proponerle, mientras le quitaba de las manos, la taza vaca:
El sbado, a las cinco; calle de Roma, ciento veintisiete, en el entresuelo de la derecha. D tres golpecitos en la puerta.
La seora de Aubels mir tranquilamente con sus ojos claros y severos, y paso a paso, acercse de nuevo al crculo de mujeres honradas, entretenidas en aquel momento por el senador Le Fol, que detallaba el funcionamiento de las incubadoras artificiales en la colonia agrcola de Santa Juliana.
El sbado siguiente, Mauricio esper en su entresuelo de la calle de Roma la visita de la seora de Aubels, y la esper en vano. Ninguna manecita dio aquella tarde a la puerta los tres golpes de rigor. Mauricio se desbord en imprecaciones contra la ausente; irritado, la llamaba "cochina" y "lagartona"; pero se contena para no pronunciar a voces tales palabras. Su esperanza burlada, sus deseos frustrados le condujeron a mostrarse injusto, ya que la seora de Aubels no mereca tales calificativos por no haber ido a donde no prometi ir; pero solemos apreciar las acciones humanas conforme al placer o al disgusto que nos ocasionan.
Mauricio no volvi a presentarse en el saln de su madre hasta quince das despus de la proposicin atrevida que hizo junto a la mesa de t. Cuando l entr, haca ya treinta minutos que la seora de Aubels haba llegado. La salud framente, y sentado a distancia de ella fingi poner atencin en lo que se hablaba.
Dignos el uno del otro deca una voz varonil y bien timbrada, los dos adversarios hallbanse bien pertrechados para sostener una lucha terrible y dudosa. El general Bol, con tenacidad inaudita, se mantena, por decirlo as, como arraigado en el suelo; l general Milpertius, dotado de una agilidad sobrehumana, ejecutaba evoluciones de una rapidez abrumadora en torno de su adversario impasible. La batalla prosegua con encarnizamiento feroz. Todos nos angustibamos.
El general D'Esparvieu relataba las maniobras de otoo a las seoras, que lo oan emocionadas. Era su conversacin amena y agradable. Despus hizo un paralelo entre la tctica francesa y la tctica alemana, precis los caracteres distintivos de cada una y puso de relieve sus condiciones con serena imparcialidad; no dudaba en suponer que ambas eran ventajosas, y describi la alemana al nivel de la francesa, con gran asombro de sus oyentes, descorazonados, abatidos, cuyos rostros alargados y ensombrecidos ya, daban muestras de su desencanto. Paulatinamente, a medida que detallaba ms y ms las dos tcticas, el general presentaba la francesa desenvuelta, sutil, vigorosa, rebosante de gracia, inteligencia y alegra, mientras la alemana se caracterizaba por lo pesado, torpe y retenido de sus movimientos; y poco a poco las caras de las seoras, iluminadas por una sonrisa triunfal, recobraban su expresin serena. El general, decidido a merecer las bendiciones de aquellas madres, de aquellas esposas, de aquellas hermanas, de aquellas amantes, les hizo saber que su ejrcito estaba en disposicin de aplicar la tctica alemana en lo que pudiera tener de ventajosa, mientras los alemanes no estaban en condiciones de usar la tctica francesa.
Al or estas palabras el seor Truc de Ruffec, que organizaba una sociedad patritica, La Esgrima al Alcance de Todos hasta de los nios de pecho, con objeto de regenerar a Francia y asegurarle una positiva superioridad sobre sus adversarios, llam aparte al general y le comunic que le nombrara presidente Honorario.
Entretanto, Mauricio se interesaba en la conversacin que una anciana muy afectuosa sostena con el reverendo padre Lapetite, limosnero de la Asociacin de la Preciosa Sangre. La buena seora, muy afligida en los ltimos tiempos por lutos y enfermedades, ansiosa de saber por qu somos tan infelices los mortales, se lo preguntaba al padre Lapetite.
Cmo se explica usted las calamidades que padece la Humanidad, las epidemias; las hambres, las inundaciones y los terremotos?
Es muy conveniente que, de cuando en cuando, se haga notorio el poder de Dios respondi el Padre LaPetite con celestial sonrisa.
Mauricio se finga interesado en aquella conversacin.
Luego, como si le atrajera mucho, clavo los ojos en la seora Fillot-Grandin, joven y hermosa, pero tan inocente y simple, que ni su lozana era provocativa ni su carne codiciada. Una seora vieja, desagradable y entremetida, con hbito de humilde estamea y orgullosa de pertenecer al grupo de banqueros cristianos, exclam con voz chillona:
Por lo visto, seora D'Esparvieu, sufren ustedes algunas contrariedades; los peridicos hablaron, embozadamente, de abusos y de malversaciones cometidos en la rica biblioteca que poseen ustedes; tambin decan algo de sustraccin de documentos
Ah! insinu la seora D'Esparvieu. Si creyramos todo lo que dicen los peridicos!
Menos mal que al cabo se pudieron recuperar los tesoros perdidos.
La biblioteca est perfectamente ordenada asegur la seora D'Esparvieu; no falta ni un papel ni un libro en ella.
La biblioteca est en el segundo piso, verdad? pregunt la joven seora de Aubels y de pronto manifest hacia los libros un inters inesperado.
La seora D'Esparvieu respondi que la biblioteca ocupaba todo el segundo piso, y en el desvn estaban los libros menos importantes.
Me agradara mucho verla.
Despus de contestarle que podra satisfacer inmediatamente aquel deseo, la seora de la casa dijo a Mauricio:
Acompaa a la seora de Aubels que quiere visitar la biblioteca.
Mauricio se levant, sin pronunciar ni una sola palabra, subi al segundo piso detrs de la seora de Aubels. Mostraba indiferencia y se complaca interiormente, seguro de que Gilberta fingi el deseo de ver los libros con el propsito de hablar a solas con l. As acariciaba la idea de repetirle sus ofrecimientos en la seguridad de que seran aceptados.
Bajo el busto romntico de Alejandro D'Esparvieu, un viejecito silencioso, plido y lento los recibi, y los mir con sus ojos fatigados, en los que haba una expresin habitual de inquietud resignada.
No interrumpa usted su trabajo, seor Sariette s apresur a decir Mauricio. Enseo la biblioteca a la seora de Aubels.
Mauricio y la seora de Aubels entraron en el saln cuyas cuatro paredes, cubiertas de armarios llenos de libros, cobijaban los bustos bronceados de los poetas, de los filsofos y de los oradores de la antigedad. Todo reposaba en un orden tan absoluto que pareca no haberse interrumpido nunca; slo se adverta un hueco hasta pocas horas antes ocupado por un manuscrito indito de Ricardo Simn.
Siguiendo los pasos de la juvenil pareja y a distancia respetuosa, lvido, borroso, callado, andaba como una sombra el seor Sariette.
Mauricio clav en la seora de Aubels una mirada molesta y agresiva como un reproche:
Estuvo usted muy poco amable conmigo!
A la sea que hizo la seora para advertirle que los oa el bibliotecario, Mauricio respondi:
Tranquilcese usted, ni oye ni entiende; se ha vuelto completamente idiota.
Y volvi a la carga:
No; no estuvo usted galante conmigo. Yo la esper y usted no acudi. Me hizo usted sufrir.
Despus de un silencio, durante el cual resonaba el canto suave y triste del asma en los bronquios del pobre Sariette, Mauricio insisti con vehemencia:
Hizo usted mal.
Gilberta pregunt:
Mal? Por qu?
Porque no accedi a mis propsitos.
An piensa usted en ello?
No he de pensar!
Luego, hablaba usted muy seriamente?
Con la mayor seriedad posible respondi Mauricio.
Enternecida por la firmeza que revelaba la tenacidad con que se repeta el mismo propsito y segura de haberse resistido lo bastante, Gilberta concedi a Mauricio lo que le haba negado quince das atrs.
Se deslizaron hacia el hueco de una ventana, refugindose tras la enorme esfera celeste, donde se vean grabados los signos del Zodaco y las figuras de las constelaciones; y all con los ojos fijos en Leo, Virgo y Libra, en presencia de una multitud de Biblias, ante las obras de los padres griegos y latinos, bajo las imgenes de Homero, Esquilo, griegos Eurpides, Herdoto, Tucdides, Scrates, Platn, Aristteles, Demstenes, Cicern, Virgilio, Horacio, Sneca, y Epicteto, en prenda del amor que se prometan, se dieron un largo beso en la boca.
Inmediatamente, la seora de Aubels record que, por tener muchas visitas urgentes aquella tarde, no poda entretenerse ms. El amor la ceg lo bastante para hacerla olvidar sus atenciones mundanas.
Disponase a bajar la escalera del brazo de Mauricio, cuando les hizo volver la cara un grito ronco, y vieron al seor Sariette que, lanzndose al descansillo, fuera de s, vociferaba:
Detenedlo, detenedlo! Ha volado! Yo lo he visto levantarse y abandonar su tabla Vedlo, vedlo Ha cruzado la habitacin Ahora vuela sobre la escalera! Detenedlo! Ya esta en el piso bajo
Quin? pregunt Mauricio.
El seor Sariette, asomado a la ventana del descansillo, prosigui su relato espantoso:
Atraviesa el jardn! Entra en el pabelln! Detenedlo! Detenedlo!
Pero a quin? volvi a preguntar Mauricio. Por Dios santo, qu ocurre?
Mi Flavio Josefo! exclam el seor Sariette Detenedlo!
Y cay pesadamente de espaldas.
Ya ve usted cmo est loco dijo Mauricio a la seora de Aubels, mientras levantaba al pobre bibliotecario.
Gilberta palideca, y dijo que tambin crey ver algo en la direccin indicada por el viejo Sariette. Mauricio no haba visto nada, pero crey sentir como una rfaga de aire.
Solt el cuerpo del seor Sariette entre los brazos de Hiplito y del ama de llaves, que acudieron a las voces.
El viejo sangraba, porque al caer se hiri en la cabeza.
Mejor dilo el ama de llaves. La sangre que pierde, tal vez le libre de una congestin.
La seora de Aubels dio su pauelo para restaar la herida, y encarg que le pusieran una compresa de rnica
CAPITULO IX
Donde se muestra que, segn dijo un poeta griego, nada es tan dulce corzo la adorada Afrodita.
Aun cuando haca ya seis meses que gozaba los encantos de la seora de Aubels, Mauricio la deseaba todava. Es verdad que las vacaciones los separaron. Por carecer de dinero para obrar con independencia, Mauricio se fue con su madre a Suiza y luego se redujo a la vida familiar In el castillo D'Esparvieu. Gilberta pas el verano en casa de su madre, en Niort, y el otoo en una modesta playa normanda, con su marido. Apenas pudieron verse cuatro o cinco veces. Desde que el invierno, propicio a los amantes, volvi a reunirlos en la, ciudad, bajo su manto de bruma, Mauricio la reciba dos veces por semana en su entresuelo de la calle de Roma, donde no entraba ninguna otra mujer. Nunca sus amigas le inspiraron sentimientos que asegurasen de tal modo su constancia y su fidelidad. Contribua mucho a sostener su ilusin gozosa, la creencia de que Gilberta le amaba, y sin detenerse a comprobar de ningn modo aquel supuesto, la crey incapaz de engaarle, y considero evidente, natural, que sus amores la dejaran satisfecha; pero le desagradaba mucho verla acudir a todas las citas con retraso, mayor o menor, siempre considerable y molesto.
El sbado, 30 de enero, elegantemente vestido con su pijama rameado, Mauricio esperaba a la seora de Aubels en el gabinete rosa, junto a una lumbre llameante, y fumaba tabaco de Oriente. Al principio imagin recibirla con besos exaltados y caricias locas; a los quince minutos meditaba reproches afectuosos y graves; al fin, despus de aguardarla intilmente durante una hora, se dispuso a recibirla con despreciativa frialdad.
Gilberta lleg tranquila, y perfumada.
Para qu te has molestado en venir le dijo l amargamente, mientras ella dejaba sobre la mesa el manguito y el bolso, y frente al armario de luna se desprenda el velillo.
Asegur a su amante que jams haba sentido tan a impaciencia por llegar, y justific su retraso con abundantes excusas, que Mauricio rechazaba obstinadamente. Cuando ella tuvo el acierto de callar, l dio fin a sus reproches: ya nada le distraa de su deseo.
Nacida para encantar y complacer, ella se desnud tranquilamente, segura de que la belleza de sus formas; daba un aspecto decoroso a su completa desnudez. Mauricio la goz primero con el terrible furor de un hombre impulsado por la necesidad soberana de los hombres y de los dioses. Bajo aparente debilidad, tena Gilberta resistencia bastante para sufrir los asaltos de la diosa inevitable. Despus la goz con menos ahnco, sometindose a las prcticas de la Venus erudita y segn las maneras de los Eros ingeniosos. A su natural vigor se unieron entonces las invenciones de un ingenio lascivo, como se enrosca el pmpano en torno del tirso de las bacantes. Seguro de que la complacan aquellas diabluras, las prolong todo lo posible porque es propio de los verdaderos amantes procurar la satisfaccin del objeto amado. Al fin se rindieron uno y otro a una silenciosa y mustia languidez. Las cortinas cerradas sumergan el aposento en una tibia oscuridad jugueteaban las amas indecisas entre los tizones humeantes, y su inquieto resplandor proyectaba fosforescencias sobre las carnes y las ropas; los espejos del armario y de la chimenea se cubran de claridades misteriosas. Gilberta meditaba, con el codo apoyado sobre los almohadones del lecho. Un humilde industrial, un joyero de toda su confianza, inteligentsimo por aadidura, le haba enseado un brazalete maravilloso; perlas y zafiros; una preciosidad que podra obtenerse a muy bajo precio. Una mujer galante se lo haba llevado en un momento de apuro para que le buscara comprador lo antes posible; difcilmente se presentara oportunidad como aqulla.
Quieres verlo, amiguito? El joyero no tendr inconveniente en dejrmelo traer.
Mauricio no se negaba, pero era ostensible su indiferencia hacia semejante proposicin.
Cuando los joyeros, por humilde que sea su negocio dijo pueden adquirir una joya de valor a nfimo precio, no renuncian a la ganancia en provecho de un cliente. Por aadidura, las joyas tienen cada vez menos valor, porque las mujeres elegantes ya no las usan; se apasionan por los deportes, y las joyas son el enemigo de los deportes.
Al expresarse de aquel modo Mauricio falt abiertamente a la verdad, porque acababa de regalar a su querida una chaqueta ele pieles, y le pareca muy pronto para ocuparse ele obsequiarla otra vez. Sin ser avaro, tampoco era generoso, ni poda serlo, porque sus padres no atendan a sus gastos con esplendidez, y las deudas le abrumaban ms y ms de da en da. Someterse con facilidad al capricho ele su amiga pudiera dar por resultado que, satisfecho aqul, fraguara otros ms apremiantes. No crea tan ventajosa cono Gilberta le aseguraba la adquisicin del brazalete, y tena empeo en que sus generosidades fuesen espontneas, de su propia iniciativa, sin obedecer a indicaciones opresoras. Adems, imaginaba que, si se hacen muchos regalos, nunca se tiene la seguridad de ser preferido por las condiciones personales.
Siempre dulce y moderada, la seora de Aubels no sinti enojo ni sorpresa ante aquella actitud de su amante; conoca bien a los hombres, los tomaba como son, muy segura de que: siempre se disponen a dar lo menos posible, y slo de las maas de la mujer depende que den cuanto ella desea.
Al encenderse de pronto un farol de gas en la calle, se filtr la luz entre las cortinas cruzadas.
Las seis y media ya dijo ella, Voy a vestirme.
Al sentir aquel aletazo del tiempo, que hua presuroso, reanimronse las fuerzas de Mauricio y reverdeci su deseo. Plida y radiante, con el cuello rgido, los ojos en blanco, los labios entreabiertos, Gilberta se complaca en su xtasis apasionado y exhalaba un profundo suspiro; de pronto, rpida y violentamente, arque el cuerpo, volvi la cabeza y grito espantada:
Qu hay all?
Clmate dijo Mauricio, que la retena entre sus brazos.
En aquel instante, Mauricio se hallaba en tal situacin que no lo hubiera disuadido de su propsito ni el cielo desplomado sobre su nuca; pero Gilberta se apart de un salto, y acurrucada en un rincn de la alcoba, detrs de la cama, muda de horror, sealaba con el ndice a una figura aparecida en la estancia, entre la chimenea y el armario de espejo. Luego sin nimo para soportar aquella aparicin, casi a punto de desmayarse, cubrise la cara con las manos.
CAPITULO X
Infinitamente ms atrevido que las imaginaciones de Dante Alighieri y de Milton.
Al fin, Mauricio volvi la cabeza, se le apareci la figura, y al cerciorarse de que se mova, sinti miedo a su vez. Entre tanto, al salir de su desmayo, Gilberta imagino que su amante habra escondido alguna querida en la estancia, y esta idea fue bastante para desatar su ira y su despecho, al suponerse traicionada. Seal a su pretendida rival, y, ciega de clera, dijo:
Una mujer! Una mujer, desnuda todava! Me traes a la misma alcoba donde recibes a toda clase de mujeres, con tan poca delicadeza, que al entrar yo, ellas no han tenido an tiempo de vestirse! Y te quejas de que llego tarde! Acabemos de una vez! Dile a esa pjara que se vaya! Y si tu propsito era recibirnos a las dos juntas, debiste preguntarme si me prestaba yo a esa combinacin
Mauricio, con los ojos desmesuradamente abiertos, buscaba a tientas, sobre la mesa de noche, un revlver, que no hubo all nunca, y susurr al odo de su amiga:
Cllate! No es una mujer. Apenas lo distingo, pero casi asegurara que es un hombre.
Gilberta volvi a taparse los ojos con las manos, y grit desaforadamente:
Un hombre! Qu hace ah un hombre? Un ladrn! Un asesino! Socorro! Socorro! Mauricio, Mtalo! Mtalo! Da luz! No des luz!
Y, mentalmente, prometi a la Santsima Virgen una vela si consegua escapar de aquel peligro; sus dientes castaeteaban la figura se movi.
No se acerque! grit Gilberta. Por Dios, no se acerque!
Y ofreci al ladrn que le hara entrega de todas las alhajas y el dinero que, al desnudarse, dej sobre el velador, si la prometa no moverse.
Entre tantas sorpresas y terrores pens que su marido, receloso de su infidelidad, pidi a la Polica que la vigilara. En menos de un segundo vislumbr claramente un insoportable y ttrico porvenir: la resonancia de un escndalo mundano, el desprecio abrumador, el cobarde abandono a que la condenaran sus amigas, las justificadas burlas de la sociedad; es muy ridculo dejarse sorprender! Vislumbr el divorcio, la prdida de su linaje y de su posicin, su existencia humilde y aburrida en casa de su madre, donde no tendra pretendientes ni amantes. Los hombres se alejan de las mujeres que no ostentan la garanta del estado conyugal. Y todo por qu? Por qu la ruina, el desastre? Por una simpleza, por nada. As habl en un momento de lucidez la conciencia de Gilberta
No tema usted, seora dijo una voz dulcsima.
Algo tranquilizada, Gilberta encontr aliento para preguntar:
Quin es usted?
Soy un ngel repondi la voz.
Qu dice usted?
Que soy un ngel; soy el ngel custodio de Mauricio.
Hable, hable usted, pero de modo que yo le comprenda. Qu dice?. Me vuelvo loca!
Tampoco Mauricio se dio cuenta de lo que suceda, pero estaba indignado. Se puso el batn al saltar de la cama, y se mostr amenazador, en su envoltura florida, armado de un zapato.
Es usted un miserable! dijo con voz ruda.
Procure salir lo antes posible por donde haya entrado.
Mauricio D'Esparvieu repuso la dulce voz, aquel a quien adoras como a tu creador, ha consagrado a cada criatura un ngel guardin para que le custodie y aconseje, segn la firme opinin de los Santos Padres, fundada en varios pasajes de la Sagrada Escritura. La Iglesia lo admite de un modo indudable, aun cuando no lanza su anatema contra los que sostienen opinin contraria. Tienes en tu presencia a uno de esos ngeles, el tuyo, Mauricio. Recib la misin de velar por tu inocencia y de poner a salvo tu castidad.
Es posible replic Mauricio que seas un ngel, pero aseguro que no eres un hombre bien educado, porque si lo fueses, nunca te permitiras entrar en una alcoba mientras Vaya! Qu haces ah?
Acabo de revestir el aspecto en que me ves Mauricio, porque decid actuar entre los hombres, y debo hacerme semejante a ellos. Los espritus celestiales poseen la facultad de aparecer en una forma que les haga visibles y sensibles; esta forma es real, puesto que es aparente, y en el mundo slo son realidades las apariencias.
Al fin, tranquilizada, Gilberta se atus el flequillo, mientras el ngel prosegua:
Los espritus celestiales toman voluntariamente la forma de uno u otro sexo, o de ambos a la vez; pero no es posible que se transfiguren de pronto, segn su capricho y su fantasa. Sus metamorfosis quedan sometidas a leyes fijas que vosotros no podrais comprender. As, para entreteneros o para divertirme, ni quiero ni puedo transformarme ante vuestros ojos en len, en tigre, en mosca o en corteza de sicomoro como se transformaba el joven egipcio cuya historia fue hallada en una tumba; ni siquiera convertirme en asno como Lucio con el ungento de la joven Fotis. Mi sabidura fij por anticipado la hora exacta de mi aparicin entre los hombres; por tanto, nada hubiera podido adelantarla ni retrasarla.
Deseoso de comprender aquello, Mauricio repiti su pregunta:
Pero qu haces ah?
La seora de Aubels quiso intervenir en apoyo de su amante, como un eco de sus palabras.
Es verdad, qu hace usted ah?
El ngel respondi:
Hombre, dispnte a escucharme; atiende a mi voz, mujer. Quiero descubriros un secreto, del que dependen la suerte del Universo. Contra la voluntad de Aquel a quien respetis como Creador de todas las cosas visibles e invisibles preparo la rebelin de los ngeles.
No tolero esa clase de burlas dijo Mauricio, que senta, como buen creyente, el respeto de las cosas santas.
Pero el ngel, en tono de reproche, respondi:
En qu te fundas Mauricio, para suponerme frvolo y divulgador de vanas ideas?
Vaya! repuso Mauricio, encogindose de hombros no creo que pienses rebelarte contra Y seal al techo.
El ngel insisti:
Acaso ignoras que los hijos de Dios, en los comienzos del mundo, ya se rebelaron en el Cielo, donde se libr un terrible combate?
Eso es muy antiguo dijo Mauricio, mientras se pona los calcetines.
Entonces, el ngel dijo:
Aconteci antes de la creacin del mundo, pero el Cielo es ahora lo mismo que siempre. La naturaleza de los ngeles no ha variado, es la misma desde su origen, y nada se opone a que hagan de nuevo lo que entonces pudieron hacer
No! No es admisible semejante absurdo, contrario a la fe. Si t fueras un ngel, un ngel bueno como supones, te libraras mucho de proclamar tu desobediencia contra el Creador.
Te equivocas, Mauricio, y la autoridad de los Santos Padres te condena. Orgenes declara en sus homilas, que las: ngeles buenos son falibles, que pecan a diario y caen del cielo como moscas. Es posible que niegues autoridad a este padre, a pesar de su minucioso conocimiento de las Escrituras, porque se halla excluido del Canon de los Santos; pero yo te recordar el segundo captulo del Apocalipsis, en que los ngeles de Efeso y de Prgamo oyen una reprensin por haber guardado mal su Iglesia. Alegars acaso que los ngeles a quienes alude el apstol son en realidad los obispos de aquellas dos ciudades, a los que llama ngeles atento a su ministerio. Tal vez no te falta razn y ni siquiera te lo discuto; pero qu oponer, Mauricio, a la opinin de tantos doctores y pontfices que nos presentan a los ngeles accesibles al bien y al mal? Esto es lo que afirma San Jernimo en su Epstola a Dmaso
Caballero intervino la seora de Aubels, le ruego a usted que se retire.
Pero el ngel, sin orla, prosigui:
San Agustn, captulo trece de La verdadera religin; San Gregorio, captulo veinticuatro de Morales; Isidoro
Caballero, tenga usted presente que yo, he de vestirme y fue se me hace tarde.
libro primero, captulo doce, de El soberano bien; Bede, Acerca de Job
Caballero yo le suplico
captulo octavo; Damasceno libro segundo captulo tercero, De la Fe. Son, indudablemente, autoridades de, tanto peso, que no hallars razones para refutarlas. Tu error, Mauricio, se funda en desconocer mi naturaleza, libre, activa y mvil como la de todos los ngeles, porque slo te fijas en las gracias y felicidades de que me consideras colmado.
Lucifer no estaba menos favorecido que yo, y se rebel a pesar de todo.
Pero por qu os rebelis? Por qu? pregunt Mauricio.
Antes que t repuso el ngel, Isaas hizo esta pregunta: Quomodo cecidisti de coelo, Lucifer, qui mane oriebaris? Entindelo bien. Mauricio: en el pasado remoto, los ngeles se rebelaron para dominar el Cielo. El ms hermoso de los serafines dejse conducir por su orgullo; mi ansia de liberacin se inspira en la ciencia. Hallndome junto a ti en una casa donde se conserva una de las ms importantes bibliotecas, me aficion a la lectura, y el estudio me inculc el ansia de conocimiento. Mientras t, rendido por las fatigas de una existencia vulgar, dormas profundamente, yo, rodeado de libros, estudiaba y meditaba los textos, unas veces en la sala grande de la biblioteca, bajo las efigies de los hombres ms ilustres de la antigedad; otras veces, en el fondo del jardn o en el recibimiento de tu pabelln.
Al or estas razones, el joven D'Esparvieu ri estrepitosamente; daba fuertes puetazos en la almohada, seales evidentes de una hilaridad imposible de contener.
Ja ja ja ja! De modo que t eres quien saquea la biblioteca de pap y vuelve loco al pobre seor Sariette? Sabes que se ha quedado completamente idiota?
Mientras yo me procuraba soberanos conocimientos dijo el ngel, no pudo interesarme un pobre hombre, y cuando trato de poner obstculos a mis investigaciones y de interrumpir mis estudios, castigu su inoportunidad. Una vez, en la sala de los filsofos y de las esferas, a las altas horas de la noche, le golpe con un libro de bastante peso, porque lo quera librar de mis manos invisibles. Otro da me serv de una columna de aire condensado para arrebatar un precioso manuscrito de Flavio Josefo, y caus tal horror a ese imbcil, que sali aullando hasta el descansillo de la escalera donde cay (voy a decirlo con una expresiva frase de Dante Alighieri) "como cuerpo muerto cae". Al punto viose favorecido en su desgracia, pues la seora le dio su perfumado pauelo para restaar sus heridas Aquella misma tarde, seora detrs de una esfera celeste, los labios de Mauricio se haban posado en sus labios.
Caballero!dijo la seora de Aubels irritada y con el ceo fruncido. Yo no puedo tolerar Pero se contuvo, porque no era oportuna la ocasin para exigir a un testigo de vista grandes pruebas de respeto.
El ngel prosigui, impasible:
Decidido a examinar los fundamentos de la fe compulsando los monumentos del judasmo, le todos los textos hebreos.
Luego sabes hebreo? exclam Mauricio.
El hebreo es mi lengua nativa; es la nica usada en el Paraso durante mucho tiempo.
Bah! Eres judo! He debido de comprenderlo al advertir tu falta de discrecin.
El ngel, como si no lo hubiera odo, prosigui con voz melodiosa:
He profundizado en las antigedades orientales, en Grecia, en Roma; he devorado cuanto han escrito los telogos, los filsofos, los fsicos, los gelogos, los naturalistas he aprendido, he reflexionado, he perdido la fe.
Cmo! Es posible que no creas en Dios?
Creo en l, porque mi existencia se deriva de la suya, y, por consiguiente, si l no existe yo caigo en la nada; creo en l como los silenos y las mnades crean en Dionisos y por las mismas razones. Creo en el Dios de los judos y de los cristianos, pero niego que haya creado el mundo; a lo sumo ha organizado una pequea parte y la dej marcada con el sello de su espritu imprevisor y brutal. No puedo admitir que sea eterno ni infinito, por lo absurdo que resulta concebir un ser que no se limita en el espacio ni en el tiempo. Yo lo considero limitado, muy limitado; ni siquiera creo que sea el Dios nico, y durante mucho tiempo ni l mismo lo crey. Al principio era politesta; ms adelante, su orgullo y las adulaciones de sus adoradores le volvieron monotesta. No tiene sus ideas metodizadas, no dispone del poder que se le atribuye, y para decirlo de una vez, es ms bien que un Dios un demiurgo ignorante y vano. Los que han penetrado, como yo, su verdadera naturaleza, la llaman Ialdabaoth.
Qu dices?
Ialdabaoth.
Qu significado tiene Ialdabaoth?
Ya lo dile. Ialdabaoth es el demiurgo a quien adoras, en tu ceguera, como al Dios nico.
Ests loco! Te aconsejo que no le vayas con tales invenciones al padre Patouille.
S cun intil resultara mi esfuerzo, amado Mauricio, si lo empleara en combatir los errores que oscurecen su inteligencia. Slo te dir que me propongo luchar con Ialdabaoth y confo en vencerle.
Tengo la certeza de que no lo conseguirs.
Lucifer hizo vacilar su trono, y durante un momento la victoria estuvo incierta Cul es tu nombre?
Abdiel, en el Cielo, y Arcadio, en la Tierra.
Mi pobre Arcadio, siento que muestres tan malas inclinaciones, y en esta ocasin supongo que intentas burlarte de nosotros. Me parecera razonable, si mucho me apuras, que abandonaras el cielo para seguir a una mujer: el amor nos impone muchos disparates; pero no me cabe en la cabeza que despus de mirar a Dios cara a cara slo hayas encontrado la verdad en los librotes del viejo Sariette.
No!; eso no lo entender nunca.
Amado Mauricio, tambin Lucifer disfrutaba de la presencia de Dios, a pesar de lo cual se neg a servirle. Y en cuanto a las verdades que nos declaran los libros, te dir que muchas veces bastan para darnos a entender de qu modo no son las cosas, pero nunca del modo que son. La enseanza de los libros ha bastado para probarme que Aquel en quien yo crea ciegamente no es digno de crdito, y que los hombres y los ngeles han sido engaados por las mentiras de Ialdabaoth.
No hay semejante Ialdabaoth, y Dios est sobre todas las cosas. Amigo Arcadio, una corazonada!: renuncia a tus locuras, a tus impiedades; desencrnate y vuelve a ser un espritu puro; recobra tu puesto de ngel custodio.
Cumple con tu deber! Te perdono, pero no vuelvas a mostrarte visible.
Quisiera complacerte, Mauricio; me inspiras algn afecto porque mi dbil naturaleza es algo sentimental; pero mi destino me impulsa hacia los seres capaces de pensar y de poner en prctica sus pensamientos.
Caballero Arcadio insinu la seora de Aubels, le suplico encarecidamente que se vaya. Me produce un horrible malestar verme casi desnuda entre dos hombres. Crea usted que a esto no estoy acostumbrada
CAPITULO XI
De cmo el ngel, cubierto con las vestiduras de un suicida, priv a Mauricio de su guarda.
Hallbase la seora de Aubels acurrucada en la cama, y abajo su camisa corta y ligera lucan sus rodillas blancas: tena los brazos cruzados sobre el pecho, por lo cual slo eran accesibles a las miradas sus hombros carnosos y sus cabellos despeinados.
Tranquilcese usted, seora dijo la aparicin. Exagera su angustia, puesto que no se halla, como supone, entre dos hombres, sino entre un hombre y un ngel.
Ella volvi curiosamente los ojos hacia el desconocido, sonde en la oscuridad, se inquiet por algn indicio vago, y dijo:
Caballero, est usted seguro de ser un ngel?
La aparicin, dolida tal vez de que lo pusiera en duda, le dio referencias acerca de su origen.
Hay tres jerarquas de espritus celestiales, y cada una esta formada por tres coros: la primera comprende los Serafines, los Querubines y los Tronos; la segunda, las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades la tercera, los Principados, los Arcngeles y los Angeles propiamente dichos. Yo pertenezco al noveno coro y a la tercera jerarqua.
La seora de Aubels, recelosa, hizo la siguiente objecin:
Usted no tiene alas.
Claro est que no las tengo. Duda usted, seora, porque no me parezco a los angelitos representados en las capillas de agua bendita? Los mensajeros celestiales no siempre llevan sobre sus espaldas esos remos de pluma que agitados cadenciosamente cortan el aire. Los querubines pueden ser pteros. En absoluto carecan de alas aquellos dos hermossimos ngeles que pasaron una noche de zozobra en la casa de Lot, cercada por los varones de Sodoma; eran en todo semejantes a los hombres y el polvo del camino cubra sus pies, que el patriarca lavo con sus piadosas manos. Quiero advertir a usted, seora, que segn la teora de las metamorfosis orgnicas, formulada por Lamarck y Darwin, las alas, que los pjaros conservan an, en los cuadrpedos hanse transformado en patas delanteras y en los primates vinieron a ser los brazos. Acaso recuerdes, Mauricio, que en virtud de un fenmeno atvico bastante molesto, miss Kat, el aya inglesa que gustaba tanto de darte azotitos, tena los brazos cortos y muy semejantes a los alones de un ave desplumada. Puede asegurarse que si un ser disfruta a un tiempo de brazos y de alas, es un monstruo que debemos incluir en la teratologa. Existen en el Paraso querubines o querubes en forma de toros alados, pero son abrumadoras invenciones de un Dios falto de gusto artstico. Sin embargo, es cierto, absolutamente cierto, que las Victorias del templo de Atenea Nik sobre la Acrpolis de Atenas, son hermosas con sus brazos y sus alas; tambin es cierto que la Victoria de Brescia nos encanta con sus brazos extendidos y sus largas alas replegadas sobre sus potentes costados. La creacin de monstruos armoniosos es uno de los prodigios del genio griego. Los griegos acertaban siempre y los modernos siempre se equivocan.
Bueno dijo la seora de Aubels, no tiene usted traza de ser un espritu puro.
Sin embargo, seora, lo soy; tan puro como el que ms. Y me parece que usted, favorecida por el sacramento del Bautismo, no debiera dudarlo. Varios padres de la Iglesia, como San Justino, Tertuliano, Orgenes y Clemente de Alejandra, suponen que los ngeles no son absolutamente espirituales y que poseen un cuerpo formado por una materia sutil. San Agustn opina que los ngeles tienen un cuereo luminoso. Esta opinin ha sido rechazada por la Iglesia. Sin duda soy un espritu. Qu es el espritu y qu la materia? Se los contrapuso como cosas contrarias, pero la ciencia humana tiende a reunirlos como aspectos de una misma cosa. La ciencia ensea que todo sale del ter y que todo vuelve a l, que basta el movimiento para transformar las ondas celestes en piedras y en metales, y que los tomos que pueblan el espacio sin lmites forman, segn las diferentes velocidades de sus rbitas, todas las sustancias del mundo sensible
Pero la seora de Aubels no escuchaba; slo una idea invada su pensamiento, y para tranquilizarse, pregunt:
Desde cundo est usted ah?
Vine con Mauricio.
Ella mene la cabeza.
Pues tiene gracia la cosa!
Y el ngel prosigui sus explicaciones con una serenidad verdaderamente celestial:
En el Universo todo son crculos, elipses, hiprbolas, y a las mismas leyes por que se rigen los astros obedece este grano de polvo. Por los movimientos originales y nativos de la sustancia, mi cuerpo es espritu, pero puede adquirir apariencia material si sus elementos obedecen a otro ritmo.
Como demostracin de lo que deca, sentse en una butaca sobre las medias negras de la seora de Aubels. Se oyeron las campanadas de un reloj.
Dios mo, las siete! exclam Gilberta. Cmo explicar a mi marido mi tardanza? Me supone en el t de la calle de Rvoli; comemos esta noche en casa de los seores de la Verdelire. Vyase inmediatamente, Arcadio; he de vestirme y no puedo perder ni un segundo.
El ngel respondi que obedecera muy gustoso a la seora de Aubels si pudiera mostrarse con decencia en la calle, pero que no se atreva de momento a salir desnudo.
Si me presentara as continu chocara con los preceptos que, seguidos rutinaria y remotamente, nadie ha examinado jams. Este es el fundamento de las costumbres. En la antigedad, los ngeles rebeldes como yo se mostraban a los cristianos bajo ridculas y grotescas apariencias, negros, cornudos, peludos, con rabo, con los pies de cabra y a veces con un rostro humano sobre la parte trasera. Pura bobera! Eran objeto de burla entre las personas educadas y slo conseguan asustar a las viejas y a los nios.
La verdad es que no puede salir a la calle de ese modo advirti razonablemente la seora de Aubels.
Mauricio arroj al celestial mensajero su batn florido y sus zapatillas; pero aquello no era bastante para vestir a un hombre. Gilberta intercedi con l para que saliera en busca de un traje. Se le ocurri pedir uno al portero, pero Gilberta se apresur a disuadirle con razones exaltadas; crea imprudente mezclar a los porteros en aquel asunto.
No comprendes que van a enterarse de que?
Se interrumpi y seal al ngel.
El joven D'Esparvieu sali decidido a volver lo antes posible con alguna ropa.
Entre tanto, Gilberta, que no poda retrasarse mucho sin exponerse a un escndalo, encendi la luz y empez a vestirse en presencia del ngel. No senta ninguna turbacin y se amoldaba fcilmente a las circunstancias, segura de que, al mezclarse los cielos y la tierra por designios incomprensibles y en confusiones gratas, no era el momento ms oportuno para sacrificarlo todo al pudor. Estaba tambin segura de la perfeccin de sus formas y de la elegancia de su ropa interior. Como el aparecido no se puso el batn rameado cuando Mauricio se lo arroj, al encender la luz convencise Gilberta de que no carecan de fundamento sus imaginaciones, y de que los ngeles tienen todas las apariencias de los hombres. Intrigada por saber si aquellas apariencias, eran vanas o reales, pregunt al hijo de la luz si a los ngeles, como a los monos, les falta slo dinero para ser agradables a las mujeres.
S, Gilberta respondi Arcadio; los ngeles pueden profesar el amor como los hombres; la Escritura lo ensea; est escrito en el sptimo libro del Gnesis: "Cuando los hombres empezaban a ser numerosos sobre la superficie de la Tierra y tuvieron hijos, los hijos de Dios, convencidos de que las hijas de los hombres eran hermosas, las amaron.
De pronto, Gilberta exclam impaciente:
Santo Dios! No acabar nunca de ponerme el vestido Como tiene los corchetes en la espalda
De regreso Mauricio encontr al ngel ocupado en abrochar las botas a la mujer adltera.
Despus de coger sobre la mesa su manguito y su bolso, dijo Gilberta:
No se me olvida nada? Me parece que no. Buenas noches, Arcadio. Buenas noches, Mauricio. Ah! Un recuerdo as no se borra tan fcilmente. Qu da el de hoy!
Y desapareci como un ensueo.
Ah tienes dijo Mauricio.
Y arroj al ngel un paquete de ropa.
Haba descubierto en una prendera lamentables prendas de vestir revueltas con clarinetes y lavativas, y compr por diecinueve francos el traje de un infeliz pundonoroso y pobre que se haba suicidado vestido de negro. El ngel, con su nativa majestad, recibi y se puso aquellas ropas que, llevadas por l, adquirieron una elegancia inusitada.
Inmediatamente se dirigi hacia la puerta.
Bueno, me dejas por fin? le dijo Mauricio. Temo que has de arrepentirte pronto de semejante calavereada, cuando ya no tenga remedio.
Nunca vuelvo los ojos al pasado. Adis, Mauricio. Mauricio le puso tmidamente cinco luises en la mano.
Adis, Arcadio.
Pero cuando el ngel sala, en el momento preciso en que, ya en la escalera, slo mostraba un taln levantado prximo a desaparecer; Mauricio le llam:
Arcadio! Ahora se me ocurre que al irte me quedo yo sin el ngel custodio!
Es cierto, Mauricio.
Entonces, qu ser de m? Hemos de tener un ngel custodio No se arrostran dificultades y peligros cuando no se, tiene?
Antes de contestarte, Mauricio, te preguntar si deseas que te hable conforme a tus creencias, que fueron tambin las mas, segn las enseanzas de la Iglesia y de la fe catlica, o segn la filosofa natural.
No puedo admitir seriamente la filosofa natural; respndeme con arreglo a la religin que profeso, en la que firmemente creo y en la cual he de vivir y morir.
Pues bien, amado Mauricio: la falta de tu ngel te privar seguramente de ciertos socorros espirituales y de ciertas gracias divinas. Te digo lo que te dira la Iglesia: te faltarn apoyos, ayudas y consuelos que te sostengan y te guen en el camino de su salvacin; te ser ms difcil resistir las tentaciones. Siempre fuiste dbil para el pecado, pero en adelante, y en el orden espiritual, vivirs falto de vigor y de alegra. Adis, Mauricio. Cuando veas a la seora de Aubels, saldala en mi nombre.
Pero te vas?
Adis.
Al desaparecer el ngel, Mauricio, abatido en una mecedora, se qued largo rato con la cabeza hundida entre las manos.
CAPITULO XII
Donde se cuenta de qu modo el ngel Mirar, que prodigaba consuelos y dones en el barrio de los Campos Elseos de Pars, vio a zona cupletista llamada Bocota y la am.
El ngel emprendi su camino a lo largo de las calles, donde lucecitas amarillas y blancas salpicaban la densa neblina roja, donde los caballos, al relinchar, lanzaban su aliento humeante, donde los faros de los automviles proyectaban surcos luminosos al cruzar velozmente la ciudad de Norte a Sur Basta los desiertos bulevares de la orilla izquierda y entre la oscura y movible masa de los transentes. No lejos de los viejos muros de Port Royal, una casa de comidas proyecta por las noches, sobre la calle, la turbia claridad de sus cristales empaados. Detvose all Arcadio y entr en la sala, por la cual se esparca un vaho de cocina y de estufa confortador para los infelices, transidos de hambre y de fro. Sus ojos descubrieron al instante nihilistas rusos, anarquistas italianos, emigrados, conspiradores, revolucionarios de todos los pases, venerables cabezas de donde fluyen las cabelleras y las barbas como los torrentes y las tascadas fluyen de las rocas, rostros juveniles de virginal rudeza, miradas terribles y huraas, plidas pupilas de inmensa dulzura, expresiones atormentadas; y, en un rincn, dos mujeres rusas, una muy hermosa, la otra repulsiva, semejantes por el absoluto desprecio que ambas sentan hacia la belleza y la fealdad. Pero sin descubrir la fisonoma que buscaba, seguro de que ninguno de aqullos era un ngel, tom asiento junto a una mesita de mrmol.
Los ngeles, aguijoneados por el hambre, devoran como los animales terrestres, y su alimento transformado por el calor digestivo, se asimila a su celestial sustancia. El da que Abraham descubri tres ngeles a la sombra de las encinas de Mambr, les ofreci tortas amasadas por Sara, un ternero, manteca, leche; y comieron. Cuando Lot hosped a dos ngeles en su casa, hizo cocer panes sin levadura, y comieron.
Un mozo poco aseado sirvi a Arcadio un pedazo de carne como suela, y la comi. Pero al pensar en los ocios apetecibles, en la tranquilidad, en los deliciosos estudios que abandonaba, en la dura tarea que se impona, en los trabajos, en las fatigas, en los peligros futuros, su alma se entristeca y se acongojaba su corazn.
Cuando acababa su frugal comida, vio asomar por la puerta de la sala a un hombre joven, de aspecto miserable, pobremente vestido, que despus de recorrer las mesas con una mirada se acerc, y al saludarle llamle Abdiel.
Yo estaba seguro de que acudiras a mi llamamiento, Mirar le dijo Arcadio, que aplic a su anglico hermano el nombre usado en el Cielo.
Pero el arcngel Mirar haba perdido la memoria desde que abandon el servicio de Dios. En la Tierra se llamaba Tefilo Belais, y para ganarse la vida dedicaba el da a dar lecciones de msica a varios nios, y la noche a tocar el violn en los bailes populares.
Eres t, querido Abdiel? pregunt Tefilo. Ya estamos reunidos de nuevo, ahora en un mundo triste! Me alegra mucho encontrarte, pero te compadezco, porque nuestra existencia es aqu muy dificultosa.
Arcadio le anim:
Amigo mo, tu destierro acabar pronto; conceb magnficos planes; te los comunicar y te asociar a ellos.
Despus de pedir dos cafs, el ngel tutelar de Mauricio revel al camarada sus ideas, sus proyectos, y le puso en antecedentes de cmo hallndose de guarda en la Tierra, se le ocurri hacer investigaciones desacostumbradas entre los ngeles, y profundiz las teologas, las cosmogonas, los sistemas del mundo, las teoras de la materia, los modernos ensayos acerca de la transformacin y el desgaste de la energa. Le hizo saber que al estudiar la Naturaleza la encontr en contradiccin con las enseanzas del Maestro a quien serva. Este dueo suyo, ansioso de podero, a quien, ador durante largo tiempo, se le apareca ya como un tirano ignorante, cruel y estpido. Le haba renegado y blasfemado; arda ya en deseos de combatirle; su propsito consista en repetir la rebelin de los ngeles; deseaba la guerra y se prometa la victoria. Termino con estas palabras.
Es indispensable medir nuestras fuerzas y las del Adversario.
Pregunt si los enemigos de Ialdabaoth eran numerosos y fuertes sobre la Tierra.
Tefilo alz los ojos y mir a su hermano con tanta sorpresa como si no entendiese los asuntos que se le consultaban.
Querido compatriota dijo al fin. He acudido a tu llamamiento por el gusto de ver a un antiguo camarada, pero no comprendo lo que te propones, y temo no poder ayudarte. Ni vivo mezclado en la poltica, ni me sienta el papel de reformador, ni soy, como t, un espritu rebelde, un librepensador, un revolucionario. En el fondo de mi alma todava me conservo fiel a mi celestial Creador. Ya no sirvo a mi Dueo, pero an le adoro, y me desconsuela el recuerdo de los das en que, sostenido por mis alas, form con la muchedumbre de hijos de la Luz una aureola llameante que rodeaba su trono glorioso. El amor, el amor profano es lo nico que me ha separado de Dios.
Abandone las delicias del Cielo para seguir a una hija de los hombres. Era hermosa y cupletista.
Se levantaron. Arcadio acompa a Tefilo, que al otro extremo de la ciudad tena su domicilio en la esquina que forma el bulevar Rochechouart con la calle de Steinkerque. Mientras avanzaban en la oscuridad desierta, el amante de la cupletista refiri a su celestial hermano sus amores y sus penas.
Dos aos antes haba cado sbitamente. Perteneci al octavo coro y a la tercera jerarqua, y era el encargado de repartir mercedes celestiales entre los fieles que an y abundan en Francia, sobre todo entre los jefes de los ejrcitos de mar y tierra.
Una noche de verano dijo, al bajar yo de mi celeste morada para distribuir consuelos, perseverancia e indulgencias entre varias personas piadosas del barrio de la Estrella, mis ojos, a pesar de hallarse acostumbrados a los resplandores inmortales, deslumbrronse con las flores de fuego que esmaltaban los Campos Elseos. Los potentes focos de luz que indicaban las puertas de los cafs, de los hoteles y de los restaurantes, daban al follaje el precioso esplendor de la esmeralda. Ondulantes guirnaldas de perlas luminosas rodeaban los recintos al aire libre, donde se apiaba una muchedumbre de hombres y mujeres, ante una embriagadora orquesta, cuyos acordes llegaban confusamente a mis odos. Haca mucho calor; languidecan mis alas. Descend sobre uno de aquellos espectculos y descans, invisible, entre los espectadores. Apareci en el escenario una mujer vestida con falda corta, bordada en oro y lentejuelas. Ni los reflejos de la batera ni los afeites del rostro apagaron la expresin de su sonrisa y de su mirada. Su cuerpo era flexible y voluptuoso. Cant y bail Siempre me han seducido la msica y el baile, Arcadio, pero la voz insinuadora y los provocativos movimientos de aquella criatura me sumergieron en una turbacin desconocida. Palidec, enrojec, un velo cubri mis ojos, una sequedad horrible at mi lengua, qued petrificado.
Tefilo refiri, entre lamentaciones, de qu modo, posedo por el deseo de aquella mujer, le, fue imposible volar hacia la celeste morada y tom las apariencias de los hombres, para vivir la vida terrenal. Ya estaba escrito: "Entonces los hijos de Dios advirtieron que las hijas de los hombres eran hermosas
Angel cado, privado de su pureza y de la presencia de Dios, an conservaba Tefilo la sencillez de su espritu. Cubierto con unos harapos que hurt a un mercader israelita, se present a su adorada, que tena un cuartito en Montmartre. El ngel se arroj a los pies de la cupletista, dijo que no haba en el mundo ninguna mujer tan encantadora ni que supiese cantar tan deliciosamente; aadi que lo haba enloquecido, que por ella renunciaba a su familia, a su patria; que era msico y que no tena ni un pedazo de pan. Conmovida por tan esplndida juventud, por tanto candor, tanta miseria y tal apasionamiento, ella lo sent a su mesa, le visti y fue suya.
Despus de largas y difciles gestiones, tuvo discpulos de solfeo, y entreg a su amiga el dinero que ganaba, sin reservarse nada para s. Desde entonces, ella dej de quererle y le despreci porque ganaba poco; le hizo sentir su indiferencia, su cansancio y su aburrimiento; le abrum con reproches, ironas e injurias. Sin embargo, lo retena, porque an le fue peor con otros, y porque siendo en lo exterior muy ordenada, trabajosa y digna su existencia de artista y de mujer, necesitaba desahogarse y provocar a diario disgustos domsticos. Tefilo sufra candorosamente; la amaba con ternura, y supo conservar el entusiasmo de la primera noche.
El excesivo trabajo la destempla dijo a su camarada celestial, por esto es arisca y desapacible; pero estoy seguro de que me quiere; me afano para poder ofrecerle pronto un bienestar.
Y le habl minuciosamente de una opereta cuya msica escriba, con la esperanza de que se la representasen pronto en un teatro parisiense. Se trataba de la historia de Alina, reina de Golconda; un joven libretista sac el asunto de un cuento del siglo XVIII.
La siembro de melodas dijo Tefilo. Toda mi msica es puramente sentimental; mi corazn es una fuente inagotable de melodas. Por desgracia, los aficionados prefieren ahora las complicaciones estudiadas, los procedimientos difciles. Me reprochan una excesiva fluidez, una insoportable diafanidad: me dicen que no matizo bastante mi estilo, que no acierto a emplear la armona para producir efectos contundentes y contrastes vigorosos. La armona! La armona! Quin duda que sea un auxiliar de importancia? Pero no mueve nunca los corazones. En cambio, la meloda nos transporta y nos arrebata; por ella sonren los labios y asoman lgrimas a los ojos.
Y lo deca sonriente, con los ojos humedecidos; luego prosigui, emocionado:
Soy un manantial de melodas, pero la instrumentacin es mi tormento. En el Paraso, ya lo sabes, Arcadio, no conocamos otros instrumentos que las arpas, los salterios y el rgano hidrulico.
Arcadio le oa sin prestarle atencin, distrado por los proyectos que le preocupaban.
Conoces algunos ngeles rebeldes? pregunt a su compaeroYo slo conozco uno, el prncipe Istar, con quien he sostenido alguna correspondencia, y me ha ofrecido compartir su buhardilla conmigo mientras encuentro un refugio en esta ciudad, donde creo que son muy subidos los alquileres Tefilo apenas tena noticias de los ngeles rebeldes. Cuando tropezaba con algn espritu desposedo, de quien fue camarada en otros tiempos, le estrechaba la mano afectuosamente; recordaba siempre con gusto sus viejas amistades, pero evitaba en lo posible tales encuentros con los ngeles malignos que le chocaban por la violencia de sus opiniones y le aburran con su exaltada conversacin. Al prncipe Istar lo vea de cuando en cuando.
Me parece que mis intenciones te desagradan le dijo Arcadio con inquietud.
Amigo mo, ni las apruebo ni las censuro; no comprendo tu exaltacin, Adems, me parece que, a cuantos vivimos del arte, puede sernos perjudicial tener ideas polticas.
Era un artista de corazn, y trabajaba gozoso, con la esperanza de un triunfo no lejano, pero su carcter no se amoldaba fcilmente a las cicateras de la vida entre bastidores. Lleg a convencerse de que para ver su obra representada tendra que admitir uno, dos, o acaso tres colaboradores, que sin haber trabajado con l cobraran la mayor parte de los beneficios. Adems, de da en da le iba siendo ms difcil a Bocota conseguir contratos. A presentarse, ya preguntaban descaradamente los directores de los espectculos qu participacin tomaba en la empresa para que le consintiesen trabajar. Tefilo se dola de aquellas costumbres, a las que no supo amoldarse.
CAPITULO XIII
Donde la hermosa Zita, que es un arcngel, declara sus magnficos propsitos, y donde se ven las alas de Mirar apolilladas en una alacena.
Los dos ngeles llegaron al bulevar Rochechouart, y al ver una cervecera que proyectaba sobre la calle y entre la bruma un resplandor amarillo, Tefilo record de pronto al arcngel Ituriel, que bajo las apariencias de una mujer bella y pobre habitaba un cuartucho amueblado en la Colina, y todas las noches iba a la cervecera para leer los peridicos. Zita era su nombre, y el msico gustaba de su conversacin, pero sin indagar sus opiniones limitse a saber que se la supona nihilista rusa, revolucionaria y atea como Arcadio, que se comentaba extraamente su vida y que la crean andrgina; el principio activo y el pasivo se equilibraban en ella y formaban un ser perfecto, que, por hallar en s misma una completa y constante satisfaccin, en una estable felicidad senta la desgracia de ignorar el deseo.
Yo no creo lo que se dice aadi Tefilo; la supongo tan mujer como las dems y sujeta al amor, como todo lo que respira en el Universo. Me consta que un da la sorprendieron mientras daba pruebas inequvocas de amante complaciente a un campesino robusto.
Despus ofreci presentrsela.
Estaba sola y lea. Al acercarse los dos ngeles alz sus divinos ojos, cuyas pupilas chisporroteaban como si fueran de oro incandescente. Sus cejas formaban ese arco severo que se admira en la frente del Apolo Pitio; su nariz era de correcto dibujo; sus labios, finos y delgados, daban a su rostro una expresin altanera; su cabello, castao y llameante, se retorca bajo un sombrero negro adornado al descuido con los restos ajados de un ave de rapia; su vestido flotaba oscuro e informe; apoyaba la barbilla en su mano perezosa.
Como haba tenido recientemente noticias de aquel poderoso arcngel, Arcadio supo expresar la mucha estimacin que le mereca y la completa confianza que le inspiraba; le comunic sus progresos hacia el conocimiento y la libertad, sus vigilias en la biblioteca D'Esparvieu, sus lecturas filosficas, sus estudios naturalistas, sus trabajos de exgesis, su clera y su desprecio al comprender las mentiras del demiurgo, su destierro voluntario entre los hombres y su proyecto de fomentar la rebelin de los cielos. Dispuesto a intentarlo todo contra un dueo cruel a quien persegua con odio inextinguible, sinti una inmensa alegra, seguro de que Ituriel era un espritu capaz d aconsejarle y sostenerle hasta realizar su ardua empresa.
No te has curtido an en la rebelda le dijo Zita, sonriente.
Pero confiada en la sinceridad, en la fuerza, en la resolucin de Arcadio, le felicit por su audacia intelectual.
Es lo que ms escasea entre los nuestros dijo Zita. No discurren bastante.
Y aadi inmediatamente:
Pero: cmo es posible que se agucen las inteligencias en una regin cuyo clima es templado y donde la vida es fcil? Aqu mismo, a pesar de las miserias que hostigan al espritu, no abundan las preocupaciones intelectuales.
Sin embargo replic el ngel custodio, los hombres han sabio crear la ciencia, y nos conviene mucho propalarla en el Cielo. Cuando los ngeles adquieran nociones de fsica, de qumica, de astronoma, de fisiologa; cuando el estudio de la materia les permita ver universos dentro de un tomo, y como un tomo las miradas de soles; cuando alcance su inteligencia los dos infinitos, y cuando pesen y midan los astros, analicen su sustancia y calculen sus rbitas, creern que esos monstruos obedecen a fuerzas que los espritus celestes no saben definir, o que tiene cada uno de ellos su demonio tpico, su Dios indgena; y comprendern que los dioses de Aldebarn, de Betelgeuse, de Sirio, son mayores que Ialdabaoth. Cuando miren con atencin el mundo insignificante a la viven apegados, y en la corteza de la tierra observen la lenta evolucin de las floras y de las faunas, los rudos orgenes del hombre, que en las cavernas de las rocas y en las ciudades lacustres vivan sin la sombra de un dios: cuando hayan descubierto que, unidos por los lazos de universal parentesco a las plantas, a los animales, a los hombres, revivieron sucesivamente todas las formas de la vida orgnica, desde las ms sencillas y groseras hasta convertirse al fin en los ms hermosos hijos del Sol, reconocern que Ialdabaoth, oscuro demonio de un mundo mezquino perdido en el espacio, los engaa cuando les hace creer que han salido de la nada al conjuro de su voluntad; reconocern que miente cuando se considera el Infinito, el Eterno, el Todopoderoso, y que, lejos de haber creado los universos, desconoce su numero y sus leyes; lo vern, por fin, semejante a todos ellos, lo despreciarn, sacudirn su tirana y lo arrojarn al infierno, donde arroj a los que valan ms que El.
Si fuera cierto lo que dices! repuso Zita, mientras soplaba el humo de su cigarrillo. Pero esos conocimientos, que supones muy suficientes para libertar los cielos, no han destruido el sentimiento religioso en la Tierra. En los pases donde fueron metodizadas y dnde se estudian y se ensean sin cesar esa fsica, esa qumica, esa astronoma esa geologa que te parece lo bastante para trastornar el Universo, conserva el cristianismo todo su poder. Cuando las ciencias positivas influyeron de un modo tan superficial en la fe religiosa de los hombres, no es de suponer, que impriman una huella ms profunda en las opiniones de los ngeles, porque nada es tan incierto como la eficacia moral de los progresos cientficos.
Arcadio se indigno.
Te atreves a negar que la ciencia, en muchas ocasiones, haya herido mortalmente a la Iglesia? Es posible que pienses as? La Iglesia opina lo contrario, y su continuo temor la hace proscribir esa ciencia que tu supones inofensiva, cuyas manifestaciones vienen condenando desde los dilogos de Galileo hasta los manuales del seor Aulard. Y no lo hace rutinariamente, sino en defensa de sus intereses amenazados. En otros tiempos, duea absoluta de las grandezas del pensamiento humano, la Iglesia gobernaba los cuerpos al par que las almas, impona por el hierro y el fuego la total obediencia. Hoy, su podero no es ms que una vana sombra, y los entendimientos ms privilegiados se desligan de ella. Tal es el estado a que la ciencia la redujo.
No lo niego repuso el arcngel mujer; pero con cunta lentitud, con cuntas alternativas!, a costa de cuntos esfuerzos y de cuntos sacrificios!
Zita no dejaba de reconocer la influencia bienhechora de los adelantos cientficos pero no se prometa efectos rpidos y seguros, tan necesarios! En su opinin, lo importante no era ilustrar a los ngeles, sino libertarlos. Crea preciso exaltar sus pasiones y defender sus intereses, para influir de un modo eficaz sobre toda clase de individuos.
Persuadir a los ngeles de que les importa mucho derribar al tirano, porque sern felices cuando sean libres, no sera lo ms conveniente? Yo lo procuro con todas mis energas; y no se me ocultan los peligros de mi propsito, porque es el reino de los cielos una autocracia militar donde se desconoce la opinin pblica; pero a pesar de todo no desmayo, y confo en asegurar, sin vanagloria, que nadie conoce como yo las diferentes clases de la sociedad anglica.
Zita reflexion un momento, y despus de tirar al suelo su cigarrillo, mezcl su voz con los choques de las bolas sobre las mesas de billar, con las vibraciones cristalinas de los vasos, con la palabra seca de los jugadores que apuntaban sus tantos, con las respuestas montonas de los mozos a las llamadas de los clientes, al enumerar la muchedumbre de espritus gloriosos.
Imposible atraer a las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades que componen la burguesa celestial; no es necesario que te lo demuestre pues conoces tanto como yo el egosmo y la ruindad y la cobarda de la clase media. En cuanto a los aristcratas, los ministros, los generales, Tronos, Querubines y Serafines, sabes como yo que se abstendrn desde luego; slo cuando se convenzan de que somos los ms fuertes vendrn a nuestro lado. No es fcil derribar a los autcratas, pero en cuanto se tambalean, sus ms firmes sostenes los abandonan. Conviene mucho la propaganda en los cuarteles; an cuando el ejrcito es muy fiel, se dejar influir por las ideas anarquistas. Nuestro mayor y ms constante esfuerzo debernos concentrarlo en los ngeles de tu categora, los ngeles custodios, que abundan en este mundo. Como pertenecen a los grados inferiores, casi todos viven descontentos y algo interesados en las ideas del siglo.
Zita estaba ya de acuerdo con los ngeles custodios residentes en los barrios de Montmartre, Clgnancourt y Les Filles du Calvarire. Haba concebido el plan de una extensa asociacin de espritus sobre la Tierra con el propsito de conquistar el Cielo.
Para conseguirlo establec mi residencia en Francia; no por considerarme, neciamente, ms libre y segura en una repblica que en una monarqua, pues no hay pas alguno donde la libertad individual sea menos respetada que en Francia; pero aqu el pueblo es indiferente en materia religiosa, y esto garantiza mi tranquilidad.
Propuso a Arcadio que unieran sus esfuerzos, y se despidieron al salir de la cervecera cuando ya el cierre metlico se precipitaba estruendosamente.
Para empezar dijo Zita es indispensable que conozcas al jardinero Nectario. Yo te llevare una tarde a su casita rstica.
Tefilo, que haba dormido tranquilamente durante aquella larga conversacin, suplic a su amigo que lo acompaase a su casa, donde fumaran un cigarrillo. Viva muy cerca, en la esquina de la callejuela de Steinkerque, a poca distancia de all, a la vuelta del bulevar.
Tefilo deseaba que Arcadio conociese a Bocota, seguro de que le agradara el trato de aquella mujer.
Subieron hasta el quinto, piso. No encontraron all a la cupletista. Sobre el piano haba una lata de sardinas, abierta; las medias encarnadas serpenteaban sobre las butacas.
Es un pisito pequeo, pero muy agradable dijo Tefilo.
Se asom a la ventana, por donde se vea un cielo blanquecino surcado por infinitos resplandores y prosigui:
Desde aqu se ve la iglesia del Sagrado Corazn.
Apoy una mano en el hombro de Arcadio y dijo con insistencia:
Me agrada mucho haberte encontrado; me agrada mucho, mucho.
Luego condujo a su antiguo camarada celeste por el pasillo de la cocina, dej la palmatoria, sac del bolsillo una llave, abri una alacena, descorri una cortina y dej a descubierto dos grandes alas blancas.
Ah las tienes dijo, las he conservado. De cuando en cuando, para distraer mi soledad, las contemplo. Me confortan
Se frot los ojos enrojecidos.
Despus de un silencio conmovedor, acerc la buja a las enormes alas, que se hallaban a trechos desprovistas de su blanco plumn, y murmur:
Se apolillanPonles alcanfor dijo Arcadio.
Ya se lo puse respondi el msico, entristecido. Les he puesto alcanfor, pimienta, sales; pero nada las conserva.
CAPITULO XIV
Que nos permite ver al querube afanado en la dicha de la Humanidad, y termina de un modo sorprendente con el milagro de la flauta.
La primera noche de su encarnacin durmi Arcadio en la vivienda del ngel Istar, un desvn de la estrecha y lbrega calle de Mazarino que se enmohece a la sombra del viejo edificio de la Academia Francesa Istar, que le aguardaba, haba quitado de en medio, amontonndolas en un rincn, las retortas inservibles, las marmitas abolladas, los frascos rotos, los hornillos intiles que componan su ajuar, y haba extendido sobre los ladrillos toda su ropa, que le serva de cama, con el propsito de ceder al husped su catre de tijera y su jergn.
Los espritus celestiales adquieren distintas apariencias segn la jerarqua y el coro a que pertenecen y segn su propia naturaleza. Todos ellos son hermosos, pero con mucha variedad, y no todos presentan las suaves curvas y los risueos hoyuelos de las carnes infantiles, donde se mezclan reflejos nacarados y brillantes rubicundeces. No todos lucen en su inmarcesible adolescencia el encanto ambiguo que, al declinar, imprima el arte griego a sus ms preciosos mrmoles, y que tantas veces la pintura cristiana insinu tmidamente en imgenes enternecidas y veladas. Los hay cuya barbilla se cubre de abundante pelo y cuyos miembros hllanse formados por msculos tan vigorosos, que se destacan bajo la piel ondulantes como serpientes. Los hay que no tienen alas, y los hay que tienen dos, cuatro, seis; algunos estn formados solamente por un conjunto de alas, y otros, que no son los menos favorecidos, presentan un aspecto monstruoso, como los centauros de la Mitologa, y adquieren formas de carros vivientes o de ruedas de fuego. Istar, uno de los miembros de la ms alta jerarqua celestial, formaba parte del coro de querubines o querubes, sobre los cuales slo se hallan los serafines y como todos los espritus de su clase tuvo en el Cielo la figura de un toro alado con cabeza de hombre barbudo y cornudo, y luci sobre sus costados los atributos de una fecundidad generosa. Mayor y ms potente que ningn animal de la Tierra, en pie y con las alas desplegadas cobijaba a sesenta arcngeles. Tal fue Istar en su patria, donde resplandeca por su vigor y su ternura. Su corazn era intrpido y su alma benvola. Poco antes amaba a su antiguo Seor, le crea bueno y le serva fielmente. Pero mientras guardaba el trono de su Dueo, esforzbase por comprender el castigo de los ngeles rebeldes y la maldicin de Eva; su preocupacin era obstinada y profunda. Cundo al fin de una larga serie de siglos, convencise de que Ialdabaoth haba concebido con el Universo el Mal y la Muerte, dej de adorarle y de servirle; su amor se troc en odio, su veneracin en desprecio, y despus de proclamar frente a frente que le execraba, huy a la Tierra.
Revestido con forma humana y reducido a la figura de los hijos de Adn, aun conserv ciertos rasgos de su primitiva naturaleza. Sus ojos redondos y superficiales, su nariz achatada y respingona, sus labios gruesos orillados por una barba negra que caa ondulante sobre su pecho, recordaban los querubes del tabernculo de Jehov que reproducen con bastante fidelidad los toros de Nnive.
Conservaba en la Tierra el nombre de Istar que us en el Cielo, y sin ninguna vanidad, libre de todos los prejuicios sociales, en un inmenso anhelo de aparecer siempre sincero y leal, proclamaba la ilustre estirpe de su nacimiento al traducir en francs su celeste jerarqua d querube por un ttulo anlogo, y se llamaba el prncipe Istar. Refugiado entre los hombres, les consagraba su ternura. Esperando la hora de librar al Cielo de la tirana, se preocupaba de la regeneracin humana, y senta impaciencia por conseguir la ruina de este mundo pervertido y levantar sobre sus escombros, entre armonas lricas, la ciudad radiante de alegra y de amor. Empleado en una industria de abonos qumicos, viva modestamente, colaboraba en los peridicos anarquistas, hablaba en las reuniones pblicas, y haba sido condenado a varios meses de crcel por su antimilitarismo.
Istar acogi cordialmente a su hermano celestial, aprob su resolucin y sus propsitos, y le hizo saber que haban abandonado a su Seor ms de cincuenta hijos del Cielo y formaban cerca de Valde Grce una colonia constituida.
Llueven ngeles sobre Pars dijo sonriente. A diario emigran algunos de las divinas moradas, y muy pronto slo servirn al Sultn de las Nubes los niitos alados de sus pajareras.
Al arrullo de tan halageas noticias, rebosante de jbilo y esperanza, Arcadio se qued dormido.
Cuando se abrieron sus ojos, al amanecer, vio al prncipe Istar agazapado sobre sus hornillos, sus retortas y sus matraces. El prncipe Istar se afanaba por el bien de la Humanidad.
Lo primero que Arcadio vea todas las maanas, al despertar, era la figura del prncipe consagrado a su obra de ternura y de amor. Ya encogido, con la cabeza entre las, manos, murmuraba el querube suavemente algunas frmulas qumicas, ya se alargaba como negra columna de humo y meta la cabeza y los brazos por el tragaluz para depositar en el tejado su marmita d hierro, temeroso de una investigacin policaca. Inspirbanle una inmensa piedad las miserias de este mundo, y sensible al rumor que se alzaba en torno de su nombre, influido por su propia virtud, ejerca el apostolado de la Humanidad y olvidaba la misin que se impuso al caer sobre la Tierra. Arcadio senta una ansia inextinguible de recobrar como vencedor el Cielo y reprochaba al querube el olvido de su patria; y el prncipe Istar, entre salvajes y candorosas risotadas, le repeta que los ngeles no merecen ser preferidos a los hombres.
Consagro todos mis esfuerzos a sublevar Francia y Europa, porque se acerca el da en que ver triunfante a revolucin social. Es muy grato sembrar en este suelo dnde otros dejaron hecha una profunda labor. Los franceses, que supieron pasar del feudalismo a la monarqua y de la monarqua a la oligarqua del dinero, pasarn fcilmente de la oligarqua al anarquismo.
Cunto yerran le replic Arcadio los que confan en bruscas y fundamentales variaciones del orden social en Europa! La vieja sociedad se siente an enrgica y potente, casi juvenil; dispone de formidables recursos para defenderse; y en cambio el proletariado, que apenas tiene un esbozo de organizacin defensiva, tropieza en su debilidad y en su confusin cuando se dispone para la lucha. En nuestra patria celestial ocurre de muy distinta manera; bajo un aspecto inmutable, todo est corrompido; basta un empujn para derrumbar el edificio que nadie combati durante millares de siglos. La administracin, el ejrcito, la hacienda, la magistratura, todo se halla ms viejo y apolillado que la autocracia rusa o persa.
Y el bondadoso Arcadio exhortaba al querube para que volase primero en socorro de sus, hermanos, que viven en las nubes entre msica de ctaras y deleites paradisacos, ms dignos de compasin que los hombres encorvados sobre la tierra avara, porque los hombres conciben la justicia y los ngeles se gozan en la iniquidad. Inclinbase a libertar al Prncipe de la Luz y a sus compaeros infernales para restablecerlos en sus antiguos honores. Istar se dejaba convencer y prometa emplear la dulzura persuasiva de sus palabras y las frmulas excelentes de sus explosivos en provecho de la revolucin celestial.
Maana
Despus olvidaba su promesa para seguir su campaa antimilitarista en Issyles Moulineaux. Como el titn Prometeo, Istar amaba a los hombres.
Arcadio senta todas las necesidades a que la raza de Adn est condenada, y careca de recursos para satisfacerlas. El querube consigui que lo emplearan en una imprenta de la calle de Vaugirad, a cuyo regente conoca. Gracias a su celestial inteligencia, pronto aprendi Arcadio a "levantar letra", y en poco tiempo lleg a ser un buen cajista.
Despus de pasar todo el da con el componedor en la mano izquierda para colocar en l los menudos signos de metal que sacaba de la caja con la mano derecha, se lavaba en la fuente del patio y mientras coma en la taberna lea un peridico extendida sobre la mesa de mrmol.
Al dejar de ser invisible no pudo introducirse como antes en la biblioteca D'Esparvieu, y no saciaba ya en aquel manantial inextinguible su ardiente sed de conocimientos.
Sola ir por las tardes a la Biblioteca de Santa Genoveva, sobre la clebre montaa de los estudios; pero all solamente le facilitaban libros raros, grasientos, plagados de anotaciones ridculas, y de los cuales haban sido arrancadas muchas hojas.
La presencia de las mujeres le turbaba y le recordaba a la seora de Aubels, cuyas blancas rodillas lucan en el hoyo de la cama deshecha y a pesar de ser muy hermoso, al verle mal vestido y pobre, ninguna le quera.
Intim con Zita, y los domingos le agradaba recorrer a su lado las carreteras polvorientas junto a los fosos de las murallas en cuya humedad crecen abundantes hierbajos. Al pasar cerca de los ventorrillos, de las huertas y de los merenderos, discutan los ms grandiosos planes que han concebido los hombres; y algunas veces la msica de un tiovivo en cualquier feria, sirvi de acompaamiento a sus terribles palabras, reveladoras de sus propsitos contra el poder de Dios.
Zita repeta con frecuencia:
Istar es honrado, pero de sobra inocente. Confa en la bondad de los seres y de las cosas, prepara la destruccin del viejo mundo y espera que la anarqua pueda crear espontneamente un orden armnico.
Tu, Arcadio, crees en la ciencia; imaginas a los hombres y a los ngeles capaces de comprender cuando slo estn formados para sentir. Convncete de que no es posible obtener de ellos nada conforme a la razn inteligente; para que te escuchen has de hablar a sus intereses y a sus pasiones.
Arcadio, Istar, Zita y otros tres o cuatro ngeles rebeldes, reunanse de cuando en cuando en el reducido aposento de Tefilo Belais, donde Bocota les serva el t. Desconoca su condicin de ngeles enemigos de Dios, pero instintivamente los odiaba y los tema gracias a su educacin catlica, bastante descuidada por cierto. Slo el prncipe Istar le agradaba, le pareca muy bondadoso y de una distincin natural. El prncipe hunda el divn con su corpulencia; desvencijaba los sillones; para tomar algn apunte arrancaba una tira de cualquier partitura y se la meta despus en los bolsillos rebosantes de folletos y botellas. El msico vea con amargura las hojas de su opereta Alina, reina de Golconda, con las mrgenes recortadas. El prncipe tena tambin la costumbre de guardar en casa de Tefilo Belais toda clase de artefactos peligrosos, de sustancias qumicas, hierros, metralla, plvora y lquidos infectos.
Tefilo Belais los guardaba con precaucin en la alacena de sus alas y este depsito era para l motivo de alguna inquietud.
Apenbase Arcadio al sentir el desprecio de sus compaeros que permanecan fieles al Seor y que, al encontrarle algunas veces en su camino mientras realizaban sus celestiales misiones, le miraban con odio cruel o con piedad an ms cruel que el odio.
Sola visitar a los ngeles rebeldes cuyos refugios le indicaba el prncipe Istar, y era casi siempre bien recibido; pero en cuanto les comunicaba sus planes comprenda que todos ellos consideraban la conquista del Cielo como un asunto enojoso e incomprensible. Arcadio se convenci de que les contrariaba todo aquello que pudiera torcer sus gustos, sus negocios y sus costumbres; le chocaron sus opiniones errneas y sus ideas mezquinas; las rivalidades, las envidias que se le revelaban entre unos y otros, pronto desvanecieron la esperanza de asociarlos en una obra comn: Al cerciorarse de qu modo el destierro deprime los caracteres y debilita las inteligencias, languideci el bro que le impulsaba.
Una tarde confes a Zita su abatimiento y entonces el arcngel transformado en hermosa mujer le dijo:
Visitaremos a Nectario. Nectario tiene remedios para curar la tristeza y la fatiga.
Lo condujo por los bosques de Montmorency, hasta llegar a una casita blanca, contigua a una huerta devastada por los fros del invierno, donde brillaban en la oscuridad los vidrios de los viveros y los rajados fanales de los melones. All se detuvieron y llamaron.
Nectario abri la puerta a los visitantes, y despus de acallar con voces cariosas los ladridos de un perrazo dogo que guardaba el jardn, los entr en la sala del piso bajo, donde una estufa de barro vidriado caldeaba el ambiente. Sobre un estante de pino apoyado en la pared enjalbegada, entre cebollas y simientes, haba una flauta dispuesta a ofrecerse a los labios, y sobre una redonda mesa de nogal una tabaquera de loza, una pipa, una botella de vino y algunos vasos. El jardinero, despus de acercar a cada uno de sus huspedes una silla de anea, sentse en un taburete, junto a la mesa.
Era un anciano robusto; sobre su cabeza se alzaba indmito el pelo abundante y gris; tena la frente abombada y la barba partida; era chato y rubicundo. Su perrazo dogo se tumb a los pies del amo, apoy entre sus patas el hocico negro y corto y cerr los ojos. El jardinero llen tres copas; bebieron y hablaron. Zita dijo despus:
Yo quisiera, Nectario; que tocarais la flauta. Mi acompaante os lo agradecer mucho.
No se hizo rogar el buen anciano, acerc a su boca el tosco instrumento de madera, que acaso l mismo haba fabricado, y preludi algunas frases extraas; luego desarroll preciosas melodas, en las que brillaban los trigos como brillan sobre terciopelo los diamantes y las perlas. Manejado por dedos expertos, animado por un soplo creador, el rstico instrumento resonaba como una flauta de plata, no produca sonidos estridentes y su timbre era armnico y puro. Dijrase que a un tiempo cantaban el ruiseor y las Musas la Naturaleza y el hombre. Y el anciano preparaba, ordenaba, desarrollaba sus ideas en un discurso musical brioso y delicado. Expresaba el amor, el temor, las estriles disputas, la risa triunfante, los resplandores de la inteligencia, las flechas del genio que acribillan con su punta sutil a los monstruos de la ignorancia y del odio. Expresaba tambin la alegra y el dolor que abaten a un tiempo sus frentes gemelas, y el deseo creador de mundos.
La flauta de Nectario endulz todos los momentos le aquella noche. Ya la estrella del pastor ascenda por el horizonte blanquecino. Zita, inclinada, con las manos juntas sobre sus rodillas, y Arcadio con la sien apoyada en el puo y los labios entreabiertos escuchaban inmviles. Al despertar cerca de all una alondra en un campo arenoso atrada por tan gratos sonidos, elevse rpidamente en el aire, se detuvo alete para orientarse y se lanz en lnea recta sobre el huerto del msico. Los gorriones de la vecindad abandonaron las grietas de los viejos muros para posarse en el alfizar de la ventana, atrados por aquellas dulces notas, con ms afn que si fueran granos de trigo. Un grajo que abandonaba el bosque por vez primera pleg sus alas de zafiro sobre las desnudas ramas de un cerezo.
Junto al tragaluz del stano una enorme rata negra, recin salida de un sumidero, apoyada sobre sus patas traseras, alz sus brazuelos y extendi sus uas. Un ratoncito campestre se detuvo tambin. El gato de la casa, que haba heredado de sus montaraces abuelos el pelo gris, la cola anillada, el lomo flexible y potente, la fiereza y la osada, baj del tejado, empuj con el hocico la puerta entornada, acercse en silencio al flautista, y sentado en postura majestuosa aguz sus orejas desgarradas en los combates nocturnos. La gata blanca del abacero le sigui, y olfateando el aire sonoro, arquese, cerr sus ojos azules y escuch embelesada. Los ratones abandonaron sus nidos, acudieron presurosos y se acercaron a sus verdugos sin temor a las garras ni a los dientes; inmviles, cruzaban con voluptuosidad sobre, su pecho sus rosadas manecitas. Las araas, lejos de sus telas, estremecan sus patas y reunan en el techo a su familia gozosa. Un lagarto se desliz por debajo de la puerta y qued fascinado. En el desvn, colgado cabeza abajo y sostenido por la ua, un murcilago despert a medias de su sueo invernal y se balance para seguir el ritmo de la flauta maravillosa
CAPITULO XV
Donde Mauricio, hasta entre los brazos de su querida, lamenta la ausencia de su ngel, y donde el reverendo padre Patouille rechaza como error y vanidad la idea de una nueva rebelin de los ngeles.
Haban pasado quince das desde la aparicin del ngel en el entresuelo de la calle de Roma, y por primera vez Gilberta lleg antes que Mauricio. El estaba preocupado; ella, de mal humor al recobrar la Naturaleza su triste monotona, los ojos de ambos, despus de acariciarse voluptuosamente se dirigan sin cesar hacia el rincn donde la borrosa figura de Arcadio se les mostr una tarde y donde slo se vea ya la cretona azul que tapizaba la pared.
Sin nombrarlo de tal modo palpitaba entre los dos amantes la preocupacin del ausente, la seora de Aubels pregunt:
No lo has visto ms?
Lentamente, tristemente, Mauricio meneaba la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Creo que lo lamentas repuso la seora de Aubels; sin embargo, confisalo, te asust mucho y te sentiste molesto por su incorreccin.
Es verdad que no estuvo correcto adujo Mauricio, sin que le molestara esta idea.
Sentada en la cama, casi desnuda, con el mentn sobre las rodillas y las manos cruzadas junto a los pies, Gilberta mir a su amante con viva curiosidad.
Oye, Mauricio: ya no te produce ninguna impresin verme sola contigo? Necesitas que un ngel te inspire? A tu edad, esto es grave
Como si no la hubiera odo, l pregunt solemnemente:
Dime, Gilberta: notas dentro de ti la presencia de tu ngel custodio?
Yo? De ninguna manera. Nunca se me ha ocurrido pensar en Pero no supongas que me faltan creencias religiosas. Los que no las tienen viven como bestias. Y, adems, no se puede ser honrada sin religin. Es imposible.
S, eso es dijo Mauricio absorto en la contemplacin de las rayas violceas de su batn. Mientras nos acompaa nuestro ngel custodio, ni siquiera pensamos en l; pero si nos abandona sentimos una especie de soledad.
Vaya! Lamentas mucho su alejamiento.
Es decir
S, s, lo lamentas. Pues bien, amigo mo: al perder un ngel custodio como el tuyo, no pierdes gran cosa. Ah, no! Creme: tu Arcadio no vala nada. La famosa tarde, mientras fuiste a comprarle ropa, tuvo que abrocharme la blusa por estar los corchetes a la espalda, y el muy tuno se complaca en impacientarme; tardaba, y sent perfectamente sus manos que Bueno, desconfa, sabes?
Mauricio encendi un cigarro y se qued pensativo. Hablaron de las carreras ciclistas de los seis das en el Veldromo de Invierno y del Saln de Aviacin en el crculo automovilista de Bruselas, sin encontrar alivio a su aburrimiento. Despus recurrieron al amor para distraerse y lo consiguieron con facilidad; absorbidos el uno en el otro, lograron interesarse; pero cuando ella deba de mostrar mayores atenciones a su mutuo ardor, exclam, inesperadamente sobresaltada:
Dios mo, Mauricio, qu importuno estuviste al explicarme que mi ngel custodio me ve! No puedes imaginar hasta qu punto me desazona semejante idea.
Mauricio, desconcertado, exigi de una manera un tanto brutal a su amada el necesario recogimiento. Ella repuso que su delicadeza se rebelaba al imaginar que podan hacer cama redonda con los ngeles. Deseaba Mauricio encontrar a Arcadio, y este deseo era ya una obsesin. Culpbase amargamente de no haber seguido sus huellas al despedirse, y meditaba noche y da la manera de averiguar su paradero. Como no se le ocurra un recurso mejor, insert en la pgina de anuncios de un diario de gran circulacin el siguiente aviso: Mauricio a su Arcadio. Vuelve.
Pasaba el tiempo, y Arcadio no volva.
Una maana, el joven D'Esparvieu fue a San Sulpicio para or la misa del padre Patouille, y despus, cuando el sacerdote abandonaba la sacrista, se acerc a l para suplicarle que le concediera un momento de atencin. Bajaron las gradas de la iglesia, y, atrados por la nitidez esplndida del cielo, pasearon junto a la fuente de Les quatrevques. En lucha con la turbacin de su conciencia y con la dificultad de que resultara verosmil un suceso tan extraordinario, Mauricio refera de qu manera su ngel custodio le anunci su resolucin funesta de abandonarle para fomentar una nueva rebelin de los espritus gloriosos. Y el joven D'Esparvieu pregunt al respetable eclesistico de qu medios podra valerse para recobrar el celestial protector, cuya ausencia le era ya intolerable, y para atraerle de nuevo a la fe catlica. El reverendo Patouille respondi a su amiguito predilecto con afectuosa tristeza que habra soado y juzgaba realidad sus alucinaciones enfermizas; luego le advirti que la fe nos prohibe suponer que los ngeles del Seor pretendan rebelarse.
Es un error pensar que se puede vivir impunemente aadi entregado a la disipacin y a los vicios. El abuso de los placeres corrompe la inteligencia y perturba la razn, el demonio se apodera de los sentidos del pecador y penetra por ellos hasta su alma; esta vez, con burdos ardides, se ha burlado de ti.
Mauricio sostuvo que no haba sido vctima de alucinaciones de ninguna especie, que tena la certeza de no haberlo soado, que realmente sus ojos vieron y sus odos oyeron a su ngel custodio. Insisti:
Padre mo, una seora que se hallaba en aquella ocasin cerca de m, a la que no debo nombrar, le ha visto y le ha odo tan bien como yo. Por aadidura, ella sinti los dedos del ngel, que se complaca Bueno! Baste decir que los sinti Crame usted padre mo: no hay cosa ms cierta, ms real, ms indudable que la referida aparicin. El ngel era rubio, joven y hermoso. La blancura de su piel apareca en la oscuridad como si transparentara una luz blanquecina. Su voz era suave y armoniosa.
El cura interrumpi vivamente:
Slo eso, hijo mo, bastara para probar que soaste. Segn la opinin de todos los demonlogos, los ngeles rebeldes tienen la voz bronca y rechinante como una cerradura oxidada; es posible que logren encubrir su rostro con apariencias bellas, pero jams consiguen imitar la voz pura de los ngeles buenos. Este hecho, comprobado por numerosas afirmaciones, resulta de una certeza indudable.
Aseguro que lo vi, padre mo; lo vi completamente desnudo, sentado en una butaca sobre un par de medias negras. Qu ms podra decirle a usted para convencerlo?
Al padre Patouille no le hicieron vacilar semejantes noticias.
Vuelvo a repetrtelo, hijo mo; hay que atribuir esas alucinaciones enfermizas, esos delirios de un alma profundamente perturbada, al deplorable estado de tu conciencia. Creo poder discernir la circunstancia ocasional del trastorno que ha sufrido tu entendimiento debilitado. Hace algunos meses viniste con espritu poco piadoso, en compaa de tu to Cayetano y del seor Sariette, a visitar en esta iglesia la capilla de los Angeles, entonces en reparacin. Nunca ser excesivo, como entonces dije, cuanto se haga para reducir la inspiracin de los artistas a las reglas del arte cristiano; nunca ser excesivo cuanto se haga para imponerles respeto a las Sagradas Escrituras y a sus intrpretes autorizados. El pintor Delacroix no haba sometido su genio fogoso a la tradicin. Dejse llevar de su capricho, pint en esa capilla figuras agitadas, composiciones violentas, terribles, que, lejos de infundir en las almas la paz, el recogimiento y la quietud las arrojan a un abismo de turbacin y espanto. Aquellos ngeles muestran fisonomas feroces; sus facciones son recelosas y duras. Dirase que representan a Lucifer y a sus compaeros cuando meditaban la rebelin. Pues bien, hijito: esas imgenes fueron la causa de que tu entendimiento, debilitado y aturdido por toda especie de abusos, concibiera las alucinaciones de que fuiste vctima.
Mauricio exclam:
Nada de eso, padre mo. Nada! Nada! No suponga que las figuras de Eugenio Delacroix pudieron turbar mi espritu; ni siquiera las he mirado; ningn pintor me interesa.
Pero reconoce, Mauricio, que no hay en lo que acabas de contarme un asomo de verosimilitud ni pizca de realidad. Tu ngel custodio no se te apareci.
Seor cura insisti Mauricio, para quien era indudable cuanto le certificaban los sentidos; yo le vi abrochar las botas a una seora: tambin le vi ponerse los pantalones de un suicida!
Y dando una patada en el asfalto, el joven D'Esparvieu apel, como testigos de la veracidad de sus afirmaciones, al Cielo, a la Tierra a la Naturaleza toda, a las torres de San Sulpicio, a la fachada del Seminario, a la fuente de Les quatrevques, al quiosco de necesidad, al de los coches de punto y automviles de alquiler y al de los mnibus automviles, a los rboles, a los transentes, a los perros, a los pjaros a la florista y sus flores.
El sacerdote deseaba poner trmino a semejante conversacin.
Todo ello es errneo, falso, absurdo. Hijo mo, puesto que naciste cristiano, discurre como cristiano. Un cristiano no se deja seducir por vanas apariencias; la fe le defiende contra las alucinaciones de lo maravilloso; deja la credulidad para los librepensadores, que se tragan las ms burdas mentiras! El cristiano se guarece tras un escudo que ahuyenta las invenciones diablicas: la seal de la cruz. Tranquilzate, Mauricio; no perdiste a tu ngel; como siempre, vela por ti, es tu guarda; pero debes procurar que tus acciones y tus pensamientos no le dificulten la misin que Dios le ha confiado cerca de ti. Adis, Mauricio; el pulgar del pie izquierdo me duele mucho; barruntar tormenta.
El reverendo padre Patouille se alej; su cojera no disminua su majestuosidad, propia de un obispo futuro.
Aquel mismo da, con los codos apoyados sobre el parapeto en la escalinata de la colina de Montmartre, Arcadio y Zita contemplaban las humaredas y las brumas que se alzan sobre la ciudad inmensa.
Puede abarcar la imaginacin todos los dolores y todas las amarguras que germinan en una ciudad populosa? Creo que si un hombre consiguiera imaginarlos, el horror de su concepcin le destrozara, hirindolo como un rayo.
Sin embargo respondi Zita, an los ms castigados en este infierno, desean vivir: todos aman la vida. Es un impenetrable misterio!
Su existencia los hace desgraciados, y les horroriza dejar de existir; no suponen consolador el aniquilamiento; no les parece que haya descanso en l. Su exaltacin les representa cruel y temible hasta la misma Nada, que poblaron de sombras. Mira esos frontones, esos campanarios, esas cpulas, esas cresteras rematadas por una cruz resplandeciente. Los hombres adoran al demiurgo que los ha condenado a una vida ms triste que la muerte, y a una muerte ms lamentable que la vida.
Zita permaneci silenciosa largo rato, y dijo, al fin:
Arcadio, ha llegado la hora de hacerte una revelacin. yeme: no fueron las ansias de una justicia ms justa y una ley ms honrada lo que precipit a Ituriel sobre la Tierra. La ambicin, las necias intrigas, el ansia de riquezas y honores, me hacan insoportable la paz del Cielo, y quise intervenir en las agitaciones febriles de los hombres. Me val de recursos desconocidos por la inmensa mayora de los ngeles, y supe formarme un cuerpo que, trocando a mi antojo el sexo y la edad, me permiti conocer las ms variadas y sorprendentes fortunas. Cien veces ocup un linaje ilustre entre los rbitros del momento, los reyes del oro y los prncipes de las muchedumbres; no te revelar, Arcadio, los nombres famosos que yo he usado, y te bastar saber que influ por las ciencias, por las artes, por el dominio, por la riqueza, por la hermosura en todas las naciones del mundo; y hace pocos aos, en un viaje a travs de Francia, bajo las apariencias de una famosa extranjera, mientras vagaba una tarde por el bosque de Montmorency, o una flauta que recordaba las tristezas del Cielo. Su voz pura y doliente me desgarr el alma. No haba odo jamas nada tan delicioso. Con los ojos llenos de lgrimas, angustiada y sollozante, me acerqu, y vi en un calvero a un anciano semejante a un fauno, que manejaba un rstico instrumento. Era Nectario; me arroje a sus pies, bes luego sus manos y su boca divina, y hu Desde entonces comprendo la pequeez de las grandezas humanas. Ante la tumultuosa vanidad de todo terrenal propsito, humillada por mi enorme trabajo intil, y resuelta a satisfacer mi ambicin en mayores empresas, alc los ojos hacia mi patria sublime, y me promet entrar en ella como un libertador. Renuncie a toda clase de jerarquas, y transformada en la humilde Zita, pobre y sola, trabaje por la liberacin de los cielos.
Tambin yo he odo la flauta de Nectario dijo el ngel de Mauricio; pero quin ser ese anciano jardinero que saca de un rstico instrumento de madera voces tan conmovedoras y sublimes?
Pronto lo sabrs respondi Zita.
CAPITULO XVI
Donde aparecen Mira la adivinadora, Ceferina y el funesto Amadeo, y donde se ilustra, con el ejemplo terrible del seor Sariette, lo que dijo Eurpides: "Jpiter ciega a los que quiere perder".
Descorazonado por no encontrar apoyo en las ideas religiosas de un eclesistico en mucha estima, y sin esperanza de recobrar a su ngel por la ortodoxia, Mauricio no dud en recurrir a las ciencias ocultas y fue a consultar a una adivinadora. No se dirigi entonces a madame de Thbes, porque ya le haba consultado sus primeras ansias amorosas, y dedujo de sus prudentes consejos que no era bruja. Por este motivo recurri a una sonmbula famosa: Mira.
Tuvo noticia de varias experiencias que probaban la extraordinaria lucidez de Mira y supo que bastaba presentarle un objeto que hubiera sido usado o tocado por el ausente sobre quien era necesario atraer sus miradas traslcidas. Rebuscando Mauricio algo de lo que pudo tocar el ngel desde su malaventurada encarnacin, record que en su desnudez paradisaca estuvo sentado sobre unas medias negras de la seora de Aubels, a la cual ayud a vestirse y calzarse. Mauricio pidi a Gilberta cualquiera de los talismanes exigidos por la adivinadora; pero Gilberta no pudo encontrar ninguno, a no ser que lo fuera ella misma, ya que se haba propasado el ngel hasta un lmite de notoria indiscrecin, tan diestramente, que no la permiti evitar sus manipulaciones. Al or esta confesin, aun cuando no deba sorprenderle, Mauricio se indign contra el ngel, aplicle de pronto los nombres de las bestias ms viles y se prometi darle un puntapi as que lo tuviese a su alcance; pero al punto sus furores se revolvieron contra la seora de Aubels, acusla de haber provocado las insolencias que tardamente denunciaba y le aplic, furioso, todos los nombres de la zoologa que simbolizan el impudor y la perversidad. El inters que Arcadio le inspiraba se agudiz ms y ms, y el joven, abandonado, con los brazos extendidos y de rodillas implor a su ngel con lgrimas y suspiros.
En sus noches de insomnio, Mauricio imaginaba que los libros hojeados por el ngel pudieran servirle de talismn; por esto se decidi a subir a la biblioteca una maana, y salud al seor Sariette, que haca papeletas bajo la romntica mirada de Alejandro D'Esparvieu. Con el rostro cubierto de una palidez mortal, el seor Sariette sonrea satisfecho de que ninguna mano invisible revolviera los libros encomendados a su custodia en la biblioteca, donde todo yaca otra vez en orden perfecto y en tranquilidad absoluta. El seor Sariette sentiase dichoso; pero como sus inquietudes agotaron sus fuerzas, se hallaba reducido a una sombra leve y tranquila.
Nos mata en plena dicha el infortunio viejo.
Seor Sariette dijo Mauricio. Recuerda usted aquellos das en que muchos librotes de los alineados en esas tablas se agitaban, removidos, arrebatados, traqueteados, deshojados; y huan a la desbandada, hasta caer algunos en el arroyo de la calle Palatine? Entonces yo era feliz! Seor Sariette, quiere usted indicarme cules fueron los volmenes ms volanderos?
Esta pregunta trastorn al bibliotecario de tal modo, que Mauricio tuvo que repetirla tres veces para obtener una respuesta y se enter, al fin, de que un antiqusimo Talmud de Jerusaln haba sido muy resobado por los dedos inasequibles; que un Evangelio apcrifo del siglo III, compuesto de veinte hojas de papiro, desapareci varias veces, y que la correspondencia de Gassendi fue bastante manoseada.
Pero aadi el seor Sariette, sin duda alguna, el misterioso visitante lea con preferencia el Lucrecio, encuadernado en tafilete rojo, con el escudo nobiliario de Felipe de Vendme y con notas marginales de Voltaire, quien como es sabido, frecuentaba el Temple en su juventud. El terrible lector que me ha ocasionado tantsimas desazones no se cansaba de nuestro Lucrecio, y pudiera decirse que lo haba convertido en su breviario. Esto me prueba su buen gusto, porque ese librito es una joya. Por desgracia, el monstruo invisible manch la pgina ciento treinta y siete con una gota de tinta, que todos los qumicos del mundo no lograran borrar.
Y al decir esto, el seor Sariette lanz un profundo suspiro. Se lamentaba ya de haber estado tan explcito, cuando el joven D'Esparvieu pidi que le mostrara el ejemplar de Lucrecio. En vano el celoso bibliotecario sostuvo que no poda mostrarlo por hallarse aquel precioso libro en asa del encuadernador; Mauricio le dio a entender que adivinaba el engao; se dirigi resueltamente hacia la sala de los filsofos y de las esferas, tom asiento en un silln, y dijo:
Aqu espero.
El seor Sariette le ofreci otra edicin del poeta latino; esforzse para convencerle de que las haba ms correctas en su texto y, por consiguiente, preferibles para el estudio. Le brind el Lucrecio de Barbau, el Lucrecio de Coustelier y, con preferencia una traduccin francesa. Poda elegir entre la del barn de Coutures, algo anticuada tal vez, la de La Grange, las de las colecciones de Nisard y Panckouke, y dos versiones de muy notoria elegancia, una en verso y otra en prosa, debidas ambas al seor de Pongerville, de la Academia Francesa.
Para nada necesito yo traducciones exclam, soberbiamente, Mauricio; dme usted el ejemplar de Felipe de Vendme.
El seor Sariette se dirigi lentamente al armario donde aquella joya estaba encerrada; el manojo de llaves resonaba, estremecido, pendiente de sus dedos, temblorosos; lo acerc a la cerradura y de pronto lo apart, mientras propona a Mauricio el vulgar Lucrecio de la coleccin Garnier.
Es muy manejable dijo con una sonrisa bondadosa.
Pero el despreciativo silencio del joven D'Esparvieu le hizo comprender que toda resistencia era intil. Lentamente sac el libro del estante, y despus de comprobar que no haba ni un tomo de polvo sobre el tapete de la mesa, lo deposit all, rendido a los imperiosos deseos del nieto de Alejandro.
Mauricio cogi aquel pequeo libro para hojearlo, y en la pgina 137 contempl una mancha de tinta violeta, del tamao de un guisante.
Ah est dijo el viejo Sariette que no apartaba los ojos de su Lucrecio, ah est la huella que dejaron los monstruos invisibles
Qu dice usted? prorrumpi Mauricio. Eran varios?
Lo ignoro. Y se me ocurre pensar que acaso no me asista el derecho a disponer de esa mancha, que puede convertirse algn da en un monumento literario, como el borrn que Pablo Luis Courrier dej en el manuscrito de Florencia.
Apenas haba pronunciado el viejo estas palabras, cuando repiquete el timbre de la puerta y resonaron tumultuosamente pasos y voces en la sala prxima. El seor Sariette acudi al ruido y vio entrar a la querida del pintor Guinardon, la vieja Ceferina, con los cabellos erizados como un nido de vboras, la faz congestionada, el pecho asmtico, el vientre oscilante, poseda por el dolor y por la clera. Y entre sollozos, suspiros, gemidos y mil ruidosas manifestaciones, que reproducan todas las disonancias molestas de la Tierra, el asombro de los seres y la confusin de las cosas, exclam:
Se ha escapado ese monstruo! Se ha escapado con ella! Y se han llevado cuanto haba en la casa! Slo salv mi portamonedas con un franco y setenta cntimos!
Minuciosa y confusamente le refiri que Miguel Guinardon la abandonaba para irse a vivir con Octavia, la hija de la panadera y vomit contra el infame torrentes de injurias.
Un hombre al que sostuve con mi dinero durante cincuenta aos! Porque yo he tenido muy buenas relaciones, y de todo! Lo saqu de la miseria, y vea de qu modo me paga! Tiene usted un amigo indecente! Muy perezoso! Hay que vestirle, como a un nio. Tan borracho! Un hombre despreciable. Usted no le conoce, seor Sariette!. Tan embustero! Pinta Giottos, lo ignoraba usted? Giottos, y fra Anglicos, y Grecos a granel para ofrecerlos a los traficantes de pinturas; y tambin Fragonards y Baudouines Vaya! Es un libertino, que no cree en Dios! Y esto es lo ms lamentable, seor Sariette, porque sin el temor de Dios
Durante largo rato, Ceferina prodig injurias al ausente, hasta que no pudo proseguir, extenuada y enronquecida, y entonces el seor Sariette aprovech la oportunidad para decirle que se calmase y no perdiese la esperanza; Guinardon volvera; no es tan fcil olvidar cincuenta aos de concordia y de unin.
Estas conciliadoras palabras provocaron furores nuevos, y Ceferina jur que nunca olvidara tan enorme afrenta, que ya no recibira jams al monstruo en su casa por mucho que la rogase, y si lo viese de rodillas le dejara consumirse a sus pies.
No comprende usted, seor Sariette, que le desprecio, que le odio, que me repugna?
Sesenta veces repiti sus altivas resoluciones, y jur sesenta veces que no admitira ms tratos con Guinardon y que no quera verle ni en pintura.
El seor Sariette se abstuvo ya de contradecir un proposito que juzgaba inquebrantable al verlo sostenido por tan firmes protestas, y lejos de censurar a Ceferina juzg plausible su conducta. Present a la mujer abandonada horizontes ms puros, la describi la fragilidad de los afectos humanos, la confort para que renunciase a ellos y aconsejla una resignacin que Dios le tomara en cuenta; luego aadi:
Al fin y al cabo, su amigo no merece que se duela usted mucho de su abandono
Le fue imposible continuar, porque Ceferina, lanzndose contra l como una fiera, lo zarandeaba lindamente, sujeto por la solapa de la levita.
Que no me duela de su abandono! vocifer, ahogndose. Que no lo merece Miguel! Ah! Caballerito, bsqueme usted otro que sea tan alegre, tan amable, tan gracioso, que se muestre de continuo lozano y joven Que no me duela de su abandono! Bien se conoce que no ha practicado usted el amor, viejo chocho!
Mauricio se guard en un bolsillo el precioso ejemplar de Lucrecio, y al pasar junto al bibliotecario, tan fieramente sacudido, se despidi con un ligero saludo.
Provisto de aquel talismn, dirigise a la plaza de las Temes, donde la sonmbula Mira le recibi en su saln rojo y oro, en el cual no le fue posible advertir la presencia de un mochuelo, de un sapo, ni artefacto alguno de la magia antigua. Mira, con una bata de color ciruela y los cabellos empolvados, ya en plena madurez, ofreca muy buen aspecto. Sus palabras eran elocuentes, y se jactaba de adivinar las cosas ocultas con el auxilio de la ciencia, la filosofa y la religin. Estrech entre sus manos el librito de tafilete rojo, y con los ojos, cerrados en apariencia, miraba disimuladamente el ttulo en latn y el escudo nobiliario, cuya significacin desconoca. Acostumbrada a recibir otra especie de indicios pauelos, cartas, cabellos, no dedujo a qu clase de persona pudiera referirse aquel extrao libro, y su malicia profesional disfraz con un fingido asombro la sorpresa que la turbaba.
Es muy extrao murmur, muy extrao! No se me presenta con claridad Entreveo una mujer
Mientras pronunciaba esta frase incolora observ a hurtadillas el rostro de su cliente, y pudo adivinar un gesto despreciativo de disgusto. Segura de que iba por mal camino, cambi inmediatamente de orculo.
Se ha desvanecido por completo. Es muy extrao, muy extrao Ahora se aparece confusamente una forma indecisa, un ser indefinible
Por el rabillo del ojo se cercior de que sus palabras haban provocado un profundo inters; insisti en lo ambiguo de la persona y divag acerca de la bruma que la rodeaba.
Entretanto, la visin iba precisndose insensiblemente, y la adivinadora ya tena un rastro por donde seguir adelante.
Un amplio bulevar, una plaza con una estatua, una calle desierta , una escalera Es un joven de rostro plido Parece inquieto. Imagino que lamenta determinaciones que no, se repetiran si las cosas se hicieran dos veces
El esfuerzo de adivinacin haba sido excesivo, y el cansancio, impidi a Mira continuar sus investigaciones trascendentes. Agotadas ya sus energas, recomend con insistencia al que la consultaba que se mantuviera ntimamente ligado a Dios para recobrar lo que haba perdido y conseguir un triunfo en sus empresas.
Mauricio, al irse, dej sobre la chimenea veinte francos, emocionado, turbado y persuadido de que Mira disfrutaba de sobrenaturales recursos, por desgracia insuficientes en aquella ocasin.
Al pie de la escalera record que haba dejado el ejemplar de Lucrecio sobre la mesa de la sonmbula, y seguro de que el viejo manitico no sobrevivira a la prdida del precioso librito, volvi a subir para recogerlo. De regreso en la casa paterna, se le apareci una fnebre sombra: era el viejo Sariette cuya voz, plaidera como un viento de noviembre, reclamaba su Lucrecio. Mauricio lo sac desdeosamente del bolsillo de su gabn.
No se apure tanto, seor Sariette. Ah tiene usted eso!
El bibliotecario llevse, oprimida contra su pecho, la joya recobrada, y luego la coloc suavemente sobre el tapete azul de la mesa. Mientras se preocupaba de buscar un relicario digno de aquel tesoro tan estimable, un escondrijo inasequible, barajaba en su mollera proyectos de meticuloso conservador. Pero quin de nosotros podr vanagloriarse de un constante acierto? La previsin de los hombres puede fallar, y su prudencia no siempre basta; los decretos de la fortuna son ineludibles; nadie consigue torcer su destino. No hay consejos ni precauciones que prevalezcan contra la fatalidad. Somos tan infelices, que un oculto poder impulsador de los astros y de los tomos compone con nuestras vicisitudes el orden universal! Nuestras desventuras conducen a la imperturbable armona de los mundos!
Aquel da era el sealado para el encuadernador, que en el curso de las estaciones iba dos veces al ao a la biblioteca, bajo el signo de Aries y el de Libra. En semejantes fechas, desde muy temprano, el seor Sariette preparaba los libros que deban encuadernarse; pona sobre la mesa las nuevas adquisiciones en rstica merecedoras de ser empastadas, los viejos volmenes, que sufrieron algn deterioro, y los detallaba minuciosamente en una lista. A las cinco en punto, un dependiente de Lege Massitu, encuadernador establecido en la calle de la Abbaye, el viejo Amadeo, se presentaba en la biblioteca D'Esparvieu, y despus de un doble recuento efectuado por el seor Sariette, apilaba los libros que deba llevarse y los cubra con una tela, cuyas cuatro puntas anudaba fuertemente para cargrselos sobre un hombro. Al salir diriga este saludo al bibliotecario:
Buenas tardes, seor Sariette y la compaa.
Luego bajaba la escalera.
Todo sucedi aquella tarde como de costumbre. Pero Amadeo incluy maquinalmente en su atadijo el Lucrecio, que se hallaba sobre la mesa, y se lo llev entre los dems libros, sin que se diese cuenta el seor Sariette, quien, al salir de la sala de las esferas y de los filsofos, habase olvidado momentneamente del libro, cuya ausencia le caus durante algunas horas tan crueles inquietudes. Jueces severos pudieran reprochrselo como un descuido incomprensible; pero no es ms lgico suponer que lo haba ordenado as el Destino, que dispuso aquella casualidad insignificante, de tan espantosa trascendencia en los juicios de los hombres, como un recio eslabn de la cadena de sucesos inevitables? El bibliotecario, segn acostumbraba, fuese a comer a la lechera de Les quatrevques, y ley el diario La Cruz. Listaba tranquilo y sereno. Ya no pens en su Lucrecio hasta el da siguiente al entrar en la sala de los filsofos y de las esferas. Como no lo encontr sobre la mesa, lo busc desasosegado, sin que apareciera en parte alguna, y sin ocurrrsele que Amadeo pudo llevrselo inadvertidamente. Se le ocurri de pronto la idea del invisible visitante, y se sinti agitado por una turbacin espantosa.
El desventurado seor Sariette oy voces en el descansillo de la escalera; abri la puerta y vio al nio de la casa, que luca un quepis galoneado, y al grito de "Viva Francia!", lanzaba sobre imaginarios enemigos los paos, los plumeros y la cera de Hiplito. Len se posesionaba de aquel descansillo en sus juegos marciales, lo prefera a todas las habitaciones donde pudo corretear, y algunas veces asaltaba la biblioteca. Imagin de pronto el seor Sariette que acaso el nio cogi el precioso Lucrecio para convertirlo en proyectil, y fue a reclamrselo en tono amenazador. La criatura negaba y el bibliotecario recurri a las promesas.
Oye, Len: si me devuelves el librito rojo, te dar bombones de chocolate.
El nio reflexion, y por la tarde, cuando el seor Sariette bajaba la escalera, le sali al encuentro para decirle:
Ah tiene usted el libro!
Le present un cuaderno de estampas hecho trizas y le reclam los bombones de chocolate.
Al cabo de algunos das Mauricio recibi por correo interior el prospecto de una Agencia de informaciones dirigida por un antiguo empleado de la Prefectura que anunciaba discrecin y actividad. Acudi a la Agencia, donde le recibi un hombre bigotudo, preocupado y triste que despus de pedirle garanta metlica, le prometi buscar la persona:
El antiguo empleado de la Prefectura le escribi a los pocos das para advertirle que haba planteado costosas investigaciones y que necesitaba ms dinero. Pero Mauricio no se lo dio, resuelto a investigar por s mismo. Supuso, no sin alguna verosimilitud, que su ngel deba de relacionarse con miserables, puesto que no tena dinero, y con los desterrados de todas las naciones, revolucionarios como l, se dirigi a las posadas de Saint Ouen, de la Chapelle, de Montmartre, del barrio de Italia, a los dormitorios de la cuerda, a las tabernas donde se venden raciones de gallinejas y a las que sirven platos de bazofia a quince cntimos, a los stanos del Mercado y a casa del to Momia.
Mauricio recorri los comedores donde se renen anarquistas y nihilistas, encontr en ellos mujeres vestidas de hombre, hombres vestidos de mujer, tristes y huraos adolescentes y octogenarios de ojos azules que rean como nios. Observ, interrog, se hizo sospechoso y le creyeron espa; una hermosa mujer le hiri con un cuchillo. Pero sin desalentarse continu sus pesquisas a travs de las tabernas, las posadas, las casas de prostitucin, lo garitos, los tugurios, los merenderos de la muralla, entre los charlatanes y entre los asesinos.
Al verle desmejorado, fatigado, silencioso, triste, su madre se angustiaba y deca:
Es preciso casarle pronto. Lstima que la seorita de la Verdelire no tenga una buena dote.
Tampoco el padre Patouille ocultaba su inquietud.
Este mozo atraviesa una crisis moral.
Y Renato D'Esparvieu, con ms lgica, le contesta:
Ms bien creo que sufre la influencia de alguna mala mujer. Tendramos que procurarle ocupaciones que le absorban y le halaguen. No me sera difcil conseguir que le nombraran secretario del Comit conservador de las iglesias rurales, o abogado consultor del Sindicato de los pizarreros catlicos
CAPITULO XVII
Donde se averigua que Sofar, tan ansioso de riquezas cmo Mammon, prefiri a su patria celestial esa Francia, tierra bendita del ahorro y del crdito, y se demuestra una vez ms que los ricos recelan de cualquier innovacin.
La existencia de Arcadio era oscura y laboriosa. Trabajaba en una imprenta de la calle de San Benito y viva en una buhardilla de la calle Moufetard. Una vez que se declararon en huelga sus camaradas abandon el taller y consagr todo su tiempo a propalar sus ideas, con tanta fortuna que atrajo al partido rebelde ms de cincuenta mil ngeles custodios, los cuales, como haba supuesto muy acertadamente Zita, estaban descontentos de su condicin e interesados por las tendencias del siglo. Pero falto de dinero, y por consiguiente de libertad, no poda emplearse como deseaba en la instruccin de los hijos del Cielo. Por idntico motivo el prncipe Istar confeccionaba menos bombas y las perfeccionaba menos de lo necesario; slo produca en abundancia pequeas manufacturas de bolsillo. Habalas depositado a montones en el aposento de Tefilo, y a diario dejaba olvidadas algunas en los divanes de los cafs. Pero una bomba elegante, manuable, cmoda, capaz de destruir unos cuantos edificios, cuesta de veinte a veinticinco mil francos. El prncipe Istar no era dueo de dos bombas semejantes. Con el ansia de procurarse dinero, Istar y Arcadio fueron juntos a solicitarlo del clebre hacendista Max Everdingen, el cual dirige, como es muy sabido, los ms poderosos establecimientos bancarios de Francia y del extranjero. En general se ignora que Max Everdingen no se form en un vientre de mujer y es un ngel cado; en el Cielo se llamaba Sofar y era el depositario de los tesoros de Ialdabaoth, que tanto codicia el oro y las piedras preciosas. En el desempeo de su cargo adquiri Sofar una inclinacin apasionada por las riquezas, imposible de satisfacer en un pas que desconoce la Bolsa y la Banca. Durante siglos y siglos mantvose fiel al Dios de los hebreos y le consagr un ardiente amor, pero en los comienzos del siglo XX de la Era cristiana, desde lo ms alto del firmamento puso los ojos en Francia Y vio que bajo el nombre de Repblica esa nacin constituye una plutocracia, y bajo las apariencias de un Gobierno democrtico los capitalistas ejercen podero absoluto, sin limitaciones y sin censuras. Desde aquel momento se le hizo insoportable la residencia del Epreo, suspir por Francia como su patria elegida, y una noche, cargado con todas las piedras finas que pudo coger, descendi a la Tierra para establecerse en Pars. Como no le faltaba codicia, este ngel hizo brillantes negocios. Desde su materializacin, el semblante de Sofar no conservaba ningn vestigio celeste; reproduca con exactitud el tipo semtico y presentaba esas arrugas y contracciones que surcan los rostros de los banqueros y que ya tenan los pesadores de oro de Quentin Matsys. Sus primeras negociaciones fueron humildes y su fortuna insolente. Tom por esposa una mujer fea, y el matrimonio pudo mirarse en sus hijos como en un espejo. En el hotel del Barn Max Everdingen, situado en las alturas del Trocadero, rebosaban los despojos de Europa cristiana.
Arcadio y el prncipe Istar fueron recibidos por el barn en su despacho, una de las habitaciones menos rica del hotel. Decoraba el techo un fresco de Tipolo que fue gala de un palacio de Venecia; el escritorio haba pertenecido al regente Felipe de Orleans; mezclbanse all armarios, vitrinas, cuadros y estatuas.
Arcadio tendi una mirada sobre las paredes, y dijo:
Cmo es posible que, siendo an israelita de corazn, hermano Sofar, desprecies los mandatos de tu Dios, que te prohibe conservar imgenes talladas? Aqu veo un Apolo de Houdon, una Hebe de Lemoine, varios bustos de Caffieri y a semejanza de Salomn en su vejez, oh hijo de Dios!, adornas tu casa con dolos de naciones extranjeras. Tales son, en efecto, esa Venus de Boucher, ese Jpiter de Rubens y esas ninfas que deben al pincel de Fragonard el almbar de grosella que se desliza entre sus nalgas sonrientes. Slo en esa vitrina renes Sofar, el cetro de San Luis, seiscientas perlas del collar de Mara Antonieta, el manto imperial de Carlos Quinto, la tiara cincelada por Ghiberti para el Papa Martn V Colonna, la espada de Bonaparte y qu s yo cuntas cosas ms!
Bagatelas! insinu Max Everdingen.
Mi querido barn dijo el prncipe Istar. Si hasta posees el anillo que Carlomagno puso en el dedo de una hada, y que se crea perdido! Pero abordemos nuestro asunto: mi amigo y yo venimos a pedirte dinero.
Lo supona respondi Max Everdingen. Todo el mundo pide dinero, y slo difieren los motivos.
Para qu lo queris vosotros?
El prncipe Istar dijo, sereno:
Para organizar la revolucin en Francia.
En Francia? En Francia? repiti el barn. Pues bien: estad seguros de que, para eso, no podis contar conmigo.
Arcadio manifest que se prometa de su celestial hermano algn desprendimiento y generosa proteccin.
Nuestros planes dijo son amplios. Abarcan el Cielo y la Tierra. Los tenemos ya minuciosamente detallados. Empezaremos por la revolucin social en Francia, la extenderemos despus por Europa, y al fin por todo el planeta. Luego provocaremos la guerra en el Cielo donde pensamos establecer una democracia pacfica. Pero, para aduearnos de las ciudadelas del Cielo, para invadir el Monte de Seor, para asaltar la Jerusaln celeste, necesitamos un ejrcito numeroso, un material de guerra enorme, mquinas formidables, electrforos de una potencia desconocida en la actualidad. Carecemos de recursos para adquirir lo que nos falta. La revolucin europea no exige cuantiosos desembolsos y menos an si empieza en Francia.
Sois completamente locos exclam el barn Everdingen, locos y mentecatos. Sabed que no sera conveniente en Francia ni la ms insignificante reforma; todo en esta nacin es perfecto, definitivo, intachable. Odlo bien: intachable.
Y para reforzar sus afirmaciones, el barn Everdingen dio tres manotazos sobre el escritorio del regente.
Opinamos de muy distinta manera dijo Arcadio con amabilidad. Creo, como el prncipe Istar, que debe cambiarse todo en este pas. Pero adnde nos conduciran las discusiones? No podemos perder el tiempo, hermano Sofar: venimos a ti en nombre de quinientos mil espritus celestes resueltos a intentar desde maana la revolucin universal.
El barn Everdingen los increp, los llam visionarios y les dijo que no les dara ni un cntimo, porque slo a criminales o a locos puede ocurrrseles atentar contra lo ms admirable del Universo, contra lo que dio a la Tierra una hermosura de que el Cielo carece: contra el mundo de los negocios.
Hablaba como un poeta y poetizaba; su corazn se estremeca como un arpa celeste. Present la francesa costumbre de ahorrar, la virtuosa costumbre del ahorro, esa costumbre ahorradora, casta y pura, semejante a la virgen del Cantar bblico que abandona sus campestres lejanas, su saya lugarea, para ofrecer al amado que la aguarda robusto y esplndido, al crdito, el tesoro de su amor. Y describi al crdito, que, ya enriquecido por las ddivas de su esposa, derrama sobre todos los pueblos del Universo torrentes de oro, a su vez deshechos en mltiples hilos casi invisibles para enriquecer con su abundancia el bendito suelo de donde brotaron.
Por el ahorro y el crdito, lleg a ser Francia la nueva Jerusaln que resplandece sobe todas las naciones de Europa; los reyes de la Tierra vienen y se postran ante sus pies de plata para besarlos Y vosotros meditis la destruccin de todo esto! Sacrlegos! Impos!
As hablaba el ngel de los negocios; llamearon sus pupilas y un arpa invisible vibr al par de sus palabras.
Entre tanto, Arcadio, apoyado con indolencia en el escritorio del regente, extenda ante los ojos del barn los planos del suelo, del subsuelo y del cielo de Pars, en los que unas crucecitas rojas marcaban los lugares donde simultneamente deban colocarse bombas en las bodegas y stanos, arrojarse en la va pblica o lanzarse desde una flotilla de aeroplanos. Todos los establecimientos de crdito, y en particular el Banco Everdingen y sus sucursales, hallbanse marcados con crucecitas rojas.
El barn se encogi de hombros:
Vaya! Me convenzo de que sois unos miserables vagabundos, acosados por todas las Policas nacionales e internacionales. Sin dinero, cmo es posible que fabriquis tantsimos artefactos?
Por toda respuesta, el prncipe Istar sac del bolsillo un; cilindro de cobre y lo present delicadamente al barn Everdingen.
Mira este juguetito. Me bastara dejarlo caer en el suelo para reducir inmediatamente a un montn de humeantes cenizas tu magnfica residencia y promover un incendio que devorase todo el barrio del Trocadero. Tengo diez mil como ste, y fabrico docenas diarias.
El banquero suplic al querube que retirase de su vista el peligroso mecanismo, y dijo en tono conciliador:
Amigos mos, inmediatamente podris intentar la revolucin en el Cielo si dejis aqu las cosas como estn. Voy a extender un cheque a vuestro nombre que os permita adquirir todo el material necesario para emprender la conquista de la Jerusaln celeste.
Y al decir esto, el barn Everdingen imaginaba ya un magnfico negocio de electrforos y de bastimentos de guerra.
CAPITULO XVIII
Donde principia el relato del jardinero que descubre los destinos de la sociedad en un discurso de tendencias tan magnficas y elevadas, como las del "Discurso sobre la Historia Universal", escrito por Bossuet, son deprimentes y mezquinas.
Arcadio y Zita descansaban al abrigo de un cenador cubierto de enredaderas adonde los condujo el viejo, en el fondo del jardn.
Arcadio dijo el arcngel revestido con femenina hermosura, es posible que Nectario te revele ahora lo que tanto ansas conocer. Suplcale que hable.
Ante la insistencia de Arcadio, el buen jardinero dej su pipa y les habl de esta manera:
Yo lo conoc; era el ms hermoso entre los serafines; distinguase por su inteligencia y su audacia; en su magnnimo corazn florecan todas las virtudes que nacen del orgullo, la flaqueza, el valor, la tenacidad ante las dificultades la confianza en s mismo. En aquellos tiempos que precedieron a los tiempos, en el cielo boreal donde brillan las siete estrellas magnticas, habitaba un palacio de diamante y de oro, sin cesar estremecido por cantos de gloria y rumores de alas. Sobre su montaa, Jehov sentase celoso de Lucifer.
"Lo sabis por experiencia: los ngeles alientan, como los hombres, el odio y el amor son capaces de resoluciones generosas, pero se inclinan al inters y ceden al miedo.
"Entonces, como ahora, la muchedumbre celestial no conceba elevados pensamientos y el miedo al Seor era el principio de toda su virtud. Despreciador de las ruindades, Lucifer miraba con desdn a la turba de espritus serviles engolfados en los juegos y en las fiestas pero entre los que mostraban un aliento audaz, un alma inquieta, un inflamado amor de libertad, reparta su afecto amistoso que le pagaban con verdaderas adoraciones. Los ngeles desertaban en tropel del Monte del Seor, se consagraban al serafn y le rendan homenajes en el que el Otro pretenda ser nico.
"Yo perteneca al coro de las Dominaciones, y mi nombre de Alaciel no era de los menos gloriosos. Para satisfacer mis ansias atormentadoras de conocimiento y de comprensin, observaba la naturaleza de las cosas, estudiaba las propiedades de las piedras, del aire, de las aguas y descubra las leyes que rigen la materia, densa o sutil; despus de largas meditaciones comprend que no se haba formado el Universo como asegura quien se dice su creador, me cercior de que todo lo existente slo existe por s mismo y no por la voluntad de Jehov, de que el mundo se ha creado por s solo y de que la Inteligencia es su propio Dios. Desde entonces despreci a Jehov por sus imposturas y le odi por mostrarse contrario a todo lo que me pareca deseable y bueno: la libertad, la curiosidad, la duda. Estos sentimientos me acercaron a Lucifer; le admir, le am, viv en su claridad; y cuando era ya imprescindible declararse partidario de uno o de otro, me alist entre los de Lucifer, tanto por la ambicin de servirle como por el ansia de compartir su suerte.
"Ante la inminencia del choque, lo dispuso todo con extremadas precauciones y se vali de cuantos recursos tiene a su alcance un genio calculador. Transform a los Tronos y a las Dominaciones en Clibes y en Cclope; extrajo de las montaas que limitaban su imperio el hierro, para l preferible al oro, y forj armas en las cavernas del Cielo. Despus reuni en las desiertas llanuras del Septentrin miradas de espritus, los arm, los instruy, los adiestr. Aun cuando la preparaba sigilosamente, su magna empresa no debi de pasar inadvertida a los ojos del adversario; puede asegurarse que siempre la tuvo prevista y siempre le hizo temer, por lo cual haba convertido su mansin en una ciudadela, formaba con sus ngeles una verdadera milicia y se haca llamar el Dios de los Ejrcitos. Aprest sus rayos. Ms de la mitad de los hijos del Cielo servanle dcilmente; vio apiarse en torno suyo multitud de almas fieles y de corazones pacficos. El arcngel Miguel, que desconoca el miedo, se encarg de guiar aquellas muchedumbres dciles.
"Cuando Lucifer se convenci de que su ejrcito no sera ya ms numeroso ni ms aguerrido, lo encamin precipitadamente contra el adversario y prometi a sus ngeles la riqueza y la gloria. Avanzaba delante de todos hacia el Monte sobre cuya cima se asienta el trono del Universo. Abrazamos con nuestro vuelo las llanuras etreas; sobre nosotros ondeaban los negros estandartes de la rebelin. Ya el Monte del Seor apareca sonrosado sobre el cielo oriental, y nuestro jefe meda con los ojos aquellos magnficos baluartes. Sobre los muros de zafiro se alternaban las tropas enemigas resplandecientes de oro y de piedras preciosas, mientras nosotros avanzbamos cubiertos de bronce y de hierro; sus banderas rojas y azules flameaban, y surgan los relmpagos de las puntas de sus lanzas. Pronto separ solamente a los ejrcitos un reducido espacio, un intervalo firme, y solitario ante el cual temblaron los ms valientes, seguros de que all, en sangrienta lucha, se realizaran los destinos.
"Ya sabis que los ngeles no mueren, pero cuando el bronce, el hierro, la punta del diamante o la espada flamgera desgarran su cuerpo sutil, sienten un dolor ms cruel que los dolores humanos, porque su carne es ms delicada, y si algn rgano esencia es destruido caen inertes, se descomponen poco a poco, y convertidos en nebulosa flotan insensibles dispersos durante luengas edades en el ter fro, y cuando al fin recobran el espritu y la forma, nunca guardan completamente la memoria de su vida pasada; por cuya razn los ngeles se resisten a sufrir y los ms esforzados se turban ante la idea de perder la luz y el dulce recuerdo. A no ser as, la raza anglica desconocera la belleza de la lucha y la gloria del sacrificio. Los que combatieron en el Empreo, antes de que los tiempos empezaran a contarse, contra el Dios de los Ejrcitos o sumisos a El, habranse reducido a figurar sin honor en simulacros intiles, y ahora, hijos mos, yo no podra orgullecerme al decir: 'All estuve tambin!' "Lucifer dio la seal de ataque y se lanz a la lucha. Camos sobre el enemigo con la esperanza de vencerle y entrar desde el primer asalto en la ciudadela sagrada. Los soldados del Dios celoso, menos enardecidos, pero no menos firmes que los nuestros, permanecan inalterables; el arcngel Miguel les daba rdenes con la serenidad y la entereza de un valeroso corazn. Tres veces intentamos romper sus filas y tres veces opusieron a nuestros pechos de hierro las puntas inflamadas de sus lanzas, dispuestas a taladrar nuestras fuertes armaduras. Los cuerpos gloriosos caan a millones. Por fin nuestra ala derecha rompi el ala izquierda del ejrcito enemigo, y vimos las espaldas de los Principados, de las Potencias, de las Virtudes, de las Dominaciones, de los Tronos, que al huir se flagelaban con los talones, mientras los ngeles del tercer coro volaban enloquecidos sobre ellos y los cubran con nieve de plumas y lluvia de sangre. Deslizndonos en su persecucin entre restos de carros y montones de armas, precipitamos su veloz huida Pronto hiri nuestros odos una tempestad ruidosa; las voces aumentaron; se mezclaban los alaridos desesperados con los clamores triunfales la derecha del enemigo, los gigantescos arcngeles del Altsimo lanzados contra nuestro flanco izquierdo, lo deshacan. Tuvimos que abandonar a los fugitivos para acudir al socorro de nuestras tropas dispersas. Nuestro prncipe logr reanimarnos; pero el ala izquierda del enemigo cuya destruccin no consumamos, libre ya del acoso, recobr energa, volvi a la lucha y nos atac de nuevo.
"La noche interrumpi la batalla cruenta. Cuando protegido por la oscuridad, en un ambiente apacible, slo turbado por los lamentos de los heridos, el ejrcito deseansaba, Lucifer se aprest para la segunda embestida. Los clarines tocaron diana antes del amanecer. Nuestros guerreros sorprendieron al enemigo en oracin, lo dispersaron y lo destrozaron. Mientras huan casi todos los que no cayeron, el arcngel Miguel slo con algunos compaeros, resista el choque de un ejrcito innumerable. Retrocedan poco a poco sin dejar de presentarnos el pecho, y Miguel conservaba su rostro impasible. Llegaba el sol al tercio de su carrera cuando empezamos a escalar el Monte del Seor. Ardua empresa! El sudor surcaba los rostros; una intensa luz nos cegaba, nuestras alas de pluma eran impotentes para soportar las armaduras de hierro; pero la esperanza nos dio nuevas alas. El bello Serafn, con su mano refulgente cada vez ms alta, nos indicaba el camino. Durante todo el da escalamos el monte augusto, que al atardecer se revisti de azul, de rosa y de palo. El ejrcito de estrellas que pobl el firmamento pareca reflejar nuestras armas. Cernase un silencio infinito sobre nuestras cabezas, y avanzbamos ebrios de entusiasmo. De repente brillaron relmpagos en la oscuridad del cielo, rugi la tormenta y en la cspide del monte nebuloso surgi el rayo; corrieron las llamas sobre nuestros cascos y nuestras corazas; rompironse nuestros escudos al choque de piedras lanzadas por manos invisibles. Envuelto en el huracn de fuego, Lucifer conservaba su arrogancia. La tormenta redoblaba su furia y le azotaba; pero nuestro prncipe, altivo y en pie, desafiaba al enemigo. Por fin el rayo desgaj la montaa y nos precipit revueltos con enormes trozos de zafiro y de rub Rodamos inertes, desvanecidos, durante un tiempo que nadie ha logrado calcular.
"Me despertaron los quejidos entre tinieblas, y cuando acostumbr mis ojos a la densa oscuridad, vi en torno mo a mis compaeros de armas derribados a millares sobre el suelo sulfuroso donde flotaban lvidos resplandores. Mis ojos descubran solfataras, crteres humeantes, pantanos mortferos; montaas de hielo y mares tenebrosos cerraban el horizonte; un cielo broncneo pesaba sobre nuestras frentes, y era tanta la desolacin de aquellos lugares, que sentimos deseos de llorar, con los codos apoyados en las rodillas y los puos en la cara.
"Entonces vi al Serafn erguido en mi presencia, como una torre. El sufrimiento encubra su esplendor pasado como una triste y soberana vestidura.
"Compaeros nos dijo, felicitmonos y regocigmonos, puesto que al fin rompimos las cadenas de la esclavitud celestial. Aqu somos libres, y vale ms reinar en los infiernos que ser esclavos en el Cielo. No seremos vencidos mientras conservemos la voluntad de vencer. Hicimos vacilar el trono del Dios celoso, y algn da lo aniquilaremos. Animo, compaeros; alzaos!
"Obedientes a su voz, fortalecidos, amontonamos las montaas y coronamos las alturas con mquinas que lanzaban rocas encendidas sobre las moradas celestes. La turba anglica se aterr, y en la mansin gloriosa oyronse gemidos y lamentos. Creamos ya entrar como vencedores en la patria perdida, pero el Monte del Seor se coron de resplandores, y el rayo redujo a cenizas nuestra fortaleza.
"Despus de aquel nuevo desastre, permaneci algn tiempo el Serafn pensativo y con la cabeza entre las manos. Cuando nos mostr su rostro estaba ennegrecido. Ya era Satn, ms poderoso que Lucifer, y sus fieles nos agrupbamos en torno suyo.
"Compaeros nos dijo, no vencemos porque no somos dignos ni capaces de vencer. Sepamos lo que nos falta. Slo se domina la Naturaleza, slo se consigue el imperio del Universo y slo se llega a ser Dios por la sabidura. Necesitamos conquistar el rayo; a este logro debemos aplicar todas nuestras fuerzas, porque nunca nos librar de las piedras divinas el arrojo ciego, sino el estudio reflexivo. En esta silenciosa mansin a que se nos redujo, meditemos, investiguemos las causas ocultas de las cosas; observemos la Naturaleza, persigmosla con ansia vehemente y con deseo de conquistarla, esforcmonos para comprender su grandeza infinita y su infinita pequeez, sepamos cundo es fecunda y cundo es estril, como produce calor y fro, alegra y dolor, vida y muerte, cmo rene y divide sus elementos, cmo forma el aire sutil que respiramos, las rocas de diamante y de zafiro desde donde fuimos lanzados, el fuego divino que nos ennegreci y las idea: altivas que nos exaltan. Desgarrados por enormes heridas, abrasados por las llamas y los hielos, demos gracias al Destino que nos abre los ojos, alegrmonos de nuestra fortuna. El dolor es la prueba elemental a que la Naturaleza nos somete, impulsndonos a conocerla y a domarla. Cuando nos obedezca, seremos dioses; pero aun cuando nos oculte para siempre sus misterios, nos niegue armas y mantenga el secreto del rayo, debemos felicitarnos de conocer el dolor. El dolor nos revela sentimientos nuevos ms preciosos y dulces que los disfrutados en la beatitud eterna, porque nos inspira el amor y la piedad desconocidos en el Cielo.
''Estas palabras del Serafn alentaron nuestros corazones y nos hicieron vislumbrar remotas esperanzas. Un insaciable deseo de saber y de amar invadi nuestros pechos.
''Entre tanto, naci la Tierra; su orbe inmenso y nebuloso se condensaba, y endureca de hora en hora; las aguas que alimentaban algas, madrporas y mariscos, y que, sostenan las ligeras flotas de los nautilus, no la recubran ya por completo. Reunidas en sus lechos profundos, dejaban al descubierto los continentes, donde sobre la tibieza del cieno se arrastraban monstruos anfibios. Luego, las montaas se cubrieron de rboles, y diversas razas de animales empezaron a pastar la hierba, el musgo, las bayas de los arbustos y las bellotas de las encinas.
"Al cabo, se apoder de las cavernas y de los cobijos de las rocas el que supo con una piedra afilada herir de muerte a las bestias selvticas y vencer con astucia a los primitivos habitantes de los bosques, de las llanuras y de las montaas. El hombre empez penosamente su reinado. Dbil y desnudo, su Pelo apenas preservaba su carne del fro; remataban los dedos de sus manos uas muy dbiles para luchar con las garras de las fieras; pero la disposicin de sus pulgares, que se repliegan sobre los dems dedos, le permita sujetar objetos de muy varias formas, y le aseguraba la destreza para suplir su falta de vigor. Sin diferenciarse esencialmente del resto de los animales, era ms apto que todos para observar y comparar. Arranc a su garganta modulaciones distintas y refiri a una inflexin de voz especial cada uno de los objetos que se ofrecan a su inteligencia; esta serie de sonidos diversos le ayud a fijar y a comunicar sus ideas. Su miserable destino y su carcter ansioso le valieron la simpata de los ngeles cados, que observaban la naciente audacia y la soberbia del hombre como un reflejo de su propia rebelda, causa de sus tormentos y de su gloria. En gran nmero descendieron sobre la Tierra con el auxilio de sus alas, y rodearon al hombre para fortalecer sus aptitudes y aguijonear su inteligencia Le ensearon a librarse del fro con pieles de varios animales, y a rodar pedruscos hasta la entrada de sus cavernas para impedir el asalto de los tigres y de los osos; le adiestraron en el manejo de un palo sobre la hojarasca reseca para producir la llama por un roce violento, y en la conservacin del fuego sagrado sobre la piedra del hogar. Inducido por los demonios industriosos, atrevise a surcar los ros en troncos de rboles hendidos y vaciados; invent la rueda, la muela, el arado que abri en la tierra el surco fecundo; y el grano ofreci a los que lo molan un alimento divino. Amaso arcilla para formar vasos y sac del pedernal diversas herramientas. As consolbamos a instruamos a los humanos; pero no siempre con aspecto visible. En la oscuridad solamente y en las revueltas de los senderos, nos mostrbamos bajo formas chocantes y extraas, algunas veces augustas y encantadoras y tombamos a capricho la expresin de un monstruo de los bosques o de !as aguas, de un viejo venerable, de un hermoso nio o de una mujer de redondas caderas. Muchas veces les hacamos burla en nuestras canciones o ponamos a prueba su inteligencia con graciosas chanzas. No faltaban entre los ngeles cados algunos de carcter malicioso que se divertan molestando a las mujeres y a los nios; pero siempre nos hallbamos dispuestos a socorrer y servir al hombre como a un hermano inferior.
"Nuestro apoyo les, condujo a ensanchar su inteligencia hasta el error y a concebir falsas relaciones entre las cosas. Seguros de mgicas influencias ligaban a la imagen la realidad, cubran las paredes de sus antros con figuras de animales, y grababan en el marfil simulacros de renos y de mamuts para asegurarse la presa. Transcurrieron los siglos con lentitud infinita sobre las, primeras industrias humanas. Les enviamos en sueos ideas felices, les insinuamos que domasen los caballos, castrasen los toros y enseasen a los perros a guardar las ovejas. Crearon la familia y la tribu. Cuando los cazadores feroces asaltaron una de las tribus, los jvenes formaron con las carretas un recinto, donde guardaron las mujeres, los nios, los viejos, los bueyes y los tesoros, y para defenderlos arrojaban desde lo alto piedras mortferas contra sus agresores. As principi la primera ciudad. Miserable de nacimiento y condenado a la sangrienta lucha por la ley de Jehov, el hombre templaba su corazn en los combates y deba sus ms nobles virtudes a la guerra. Arraig con el sacrificio de su vida la idea de la patria, que si el hombre realiza por completo sus destinos, por fin, extender la paz sobre la Tierra. Uno de nosotros, Ddalo, le facilit el hacha, el nivel y la vela. Paso a paso conseguimos que la existencia de los mortales fuera menos dura y menos difcil. En las orillas de los lagos construyeron chozas de caizo, donde disfrutaron una quietud tranquila, ignorada por los dems habitantes de la Tierra; y cuando ya no les hostigaba el hambre fieramente porque tenan recursos para apaciguarla sin esfuerzo, les infundimos el amor a la belleza.
"Alzaron pirmides, obeliscos, torres, estatuas colosales, que sonrean, rgidas y feroces, y smbolos gensicos. Haban aprendido a conocernos o, por lo menos, a adivinarnos, y les inspirbamos temor y amistad. Los ms inteligentes recelaban de nosotros con horror y meditaban nuestras enseanzas. Los pueblos de Grecia y de Asia, para, mostrarse agradecidos, nos consagraban piedras, rboles, bosques umbros, nos ofrecan vctimas y nos cantaban himnos; llegaron a suponernos dioses y nos llamaron Horus, Isis, Astart, Zeus, Palas, Cibeles, Demter y Triptolemo. Adoraban a Satn bajo los nombres de Dionisio, Evan, Iachos y Len, y Satn se les apareca con toda la fuerza y toda la belleza que pueden concebir los humanos: tenan sus ojos la dulzura de las violetas de los bosques, sobre sus labios brillaba el rub de las granadas maduras, un vello ms fino que la pelusilla aterciopelada de los melocotones cubra su rostro; su rubia cabellera, trenzada, enroscada sobre su cabeza como una voluptuosa diadema, se coronaba de hiedra; fascinaba a las bestias huraas, y al penetrar en las selvas profundas le seguan todos los espritus montaraces, todos los que trepan a los rboles y asoman entre las ramas las pupilas de sus ojos feroces, todos los seres temerosos o violentos, alimentados con bayas amargas, bajo cuyo pecho peludo late un corazn brbaro. Los hombres primitivos de la selva, sobre los que derramaba sus ternuras y sus dones, lo contemplaban, ebrios de gozo y de belleza. Plant la via e instruy a los mortales para que pisaran la uva y exprimieran el vino. Prdigamente generoso, recorra el mundo seguido por un lamo cortejo. Para acompaarle tom la forma de un caprpedo; asomaron a mi frente dos cuernos; tuve la nariz achatada y las orejas puntiagudas; dos bellotas pendan de mi cuello, como del de las cabras; una cola inquieta sacuda mis costados, y remataban mis patas peludas unas pezuas negras, que golpeaban el suelo cadenciosamente.
Dionisio prosegua su marcha triunfal a travs del mundo. Cruzamos la Lidia, los campos Frigios, las ardorosas llanuras de Persia, la Media erizada de hielos, la feliz Arabia y Asia poderosa, cuyo mar arrulla las ciudades florecientes. Avanzaba sobre un carro, al que iban uncidos leones y linces, al son de las flautas, de los cmbalos y de los timbales inventados para sus misterios. Las bacantes, las tadas y las mnades, envueltas las cinturas en la hbrida tachonada, agitaban los tirsos adornados con hiedra. Le seguan los stiros, en alegre, tropa, que yo conduca; los silenos, los panes, los centauros. A su paso nacan las flores y los frutos, y al golpear con su tirso las rocas, brotaban lmpidos manantiales.
"Visitaba a Grecia en tiempo de vendimia y los aldeanos le salan al encuentro, embadurnados con los zumos verdes o rojos de las plantas, con el rostro cubierto por caretas de madera, de corteza o de hojas, empuando una copa de barro, y al comps de lascivas danzas. Sus mujeres imitaban a las compaeras del dios, cean su cabeza con verdes esmilceas y envolvan su flexible cintura con pieles de cervatillos y de corderos; las vrgenes adornaban su cuello con guirnaldas de higos, amasaban pasteles de harina y conducan el Falo en la cesta mstica; y los vendimiadores, pringados con las heces, en pie sobre sus carros, al dirigir a los caminantes burlas y denuestos, inventaban la tragedia.
"No logr Dionisio cultivar las plantas y obtener sabrosos frutos adormecido a la orilla de una fuente, sino en penosa y constante labor, y mientras meditaba la manera de convertir a los incultos habitantes de los bosques en una raza lrica sujeta a leyes justas, ms de una vez, sobre su frente ardorosa y entusiasta, cruzaron la melancola y el tenebroso delirio. Pero su profundo saber y el afecto que le inspiraban los hombres bastaron para que venciera todos los obstculos. Oh das divinos! 0h esplndidas auroras de las montaas y a las doradas orillas del mar; las nyades y las oreadas tomaban parte en nuestros juegos; al sentirnos cerca, Afrodita se alzaba sobre la espuma de las olas para sonrernos.
CAPITULO XIX
Donde contina el relato del jardinero.
"Cuando los hombres aprendieron a cultivar la tierra, conducir los rebaos, a proteger con murallas las santas ciudades y a comprender la grandeza de sus dioses, me retir a este lugar apacible, rodeado de bosques umbros y que se fertiliza con las aguas del Estinfalo, el Olbios, el Erimante y el orgulloso Cratis, engrosado por los deshielos del Estigia y en el fresco valle, al pie de una colina cubierta de madroeras, de olivos y de pinos, a la sombra de un grupo de pltanos y de chopos, al margen de un arroyo que se desliza entre frondosos lentiscos, les cantaba yo a los pastores y a las ninfas el nacimiento del Mundo, el origen del fuego, del aire sutil, del agua y de la tierra; les refera cun triste fue la suerte de los primeros hombres, que vivieron miserables y desnudos en la selva, antes de que los ingeniosos demonios les hubieran enseado las artes; les explicaba las danzas ofrecidas al Dios, y de qu modo supusieron a Semele madre de Dionisio, porque su inteligencia bienhechora despert con el rayo.
"Los afortunados griegos, a pesar de ser favorecidos con preferencia por los demonios, tuvieron que esforzarse mucho para organizar su poblacin y conocer las artes; su primer templo fue una choza construida con ramas de laurel; su primera representacin de los dioses fue un rbol; su primer altar, una piedra tosca, teida con la sangre de Ifigenia. Pronto elevaron la sabidura y la belleza hasta un punto que ningn pueblo alcanz antes y aun nadie ha superado despus. Sabes, Arcadio, de donde proviene este prodigio nico en la Tierra? Por qu causa el suelo sagrado de la Jonia y del Atica produjeron esa flor incomparable? Porque all no hubo sacerdocio, ni dogma, ni revelacin, y porque los griegos desconocan al Dios celoso. El heleno no tuvo ms dioses que su genio y su natural belleza, y cuando alzaba sus ojos al cielo slo vea en l reflejada su propia imagen. Lo concibi todo a su medida, y dio a sus templos proporciones perfectas, con gracia, con armona, con sobriedad, con acierto digno de los inmortales a quienes se consagraron y que bajo nombres oportunos bajo formas precisas, representaban el genio del hombre. Las columnas que sostenan la carrera de mrmol, el friso y la cornisa eran venerables por su aspecto casi humano; y no era raro ver, como en Atenas y en Delfos, juveniles figuras femeninas, robustas y sonrientes, sosteniendo la cornisa de los tesoros y de los santuarios. Oh esplendor, armona, sapiencia!
"Dionisio resolvi ir a Italia, donde gentes ansiosas de celebrar sus misterios le designaban con el nombre de Baco. El navo que nos conducta engalanado con pmpanos, abord, bajo las miradas de los dos hermanos de Helena, en la embocadura del amarillo Tber. Los habitantes del Lacio, adiestrados por el dios, saban ya emparrar las vias. Complacime habitar, al amparo de los montes Sabinos, un valle revestido de verdura y malva; los grisceos olivares que retorcan en la vertiente su troncos desgajados, me ofrecieron sus frutos oleosos; me dediqu a instruir a los hombres de tosca inteligencia, que no eran, como los griegos, de ingenio sutil, pero que tenan entereza de corazn, espritu paciente y veneraban a los dioses. Mi vecino, soldado rudo, que, encorvado por el peso de su equipo, durante quince aos haba seguido al guila romana a travs de montes y mares, y vio huir a los enemigos del pueblo rey, empuaba la esteva del arado, conducido por dos bueyes rojos, que lucan sobre su testuz, entre los cuernos gachos, una estrella blanca. Guarecida en la cabaa, su esposa, casta y seria, machacaba los ajos en un almirez de ronce y asaba las habas sobre la piedra sagrada del hogar, mientras yo, su amigo, sentado a corta distancia y a la sombra de una encina, amenizaba sus trabajos con los sones de mi flauta y sonrea a sus hijos cuando, al declinar el sol, que alargaba las sombras, regresaban del bosque cargados con haces de ramas. A la entrada del huerto, donde maduraban las peras y las calabazas, y florecan las azucenas y el acanto, siempre verde, un Prapo esculpido en un tronco de higuera amenazaba a los ladrones con su miembro formidable, y las caas que meca el viento sobre su cabeza eran el espanto de los pajarillos merodeadores. Al aparecer la luna nueva, el piadoso colono ofreca a sus lares, coronados de mirto y de romero, un puado de sal y de cebada.
"Vi crecer a sus hijos y a los hijos de sus hijos; conservaban en su corazn la piedad primitiva; nunca dejaban de ofrecer sacrificios a Baco, a Diana, a Venus ni de esparcir flores y derramar vino puro en las fuentes. Pero, poco a poco, perdieron la paciencia y la sencillez. Les oa lamentarse cuando el torrente, desbordado por abundantes lluvias, les obligaba a construir un dique para defender sus campos; el vino spero de la Sabina ya no era grato a su paladar, iban a la taberna prxima para beber vinos griegos y sentados bajo la parra vetan, perezosamente, durante largas horas, cmo la danzarina meneaba sus caderas al comps de los crtalos o al son de la flauta. Los campesinos descansaban a la sombra de los rboles, arrullados por los murmullos de las hojas y de los arroyuelos. Entre los lamos se vean, junto a la va sagrada, majestuosas tumbas, estatuas, altares, y el rechinar de los carros era cada vez ms frecuente sobre las desgastadas losas. Un veterano, portador de un cerezo, nos dio a conocer las conquistas lejanas de un cnsul; y las odas cantadas al son de la lira nos revelaron las victorias de Roma, duea del mundo.
"Todas las comarcas que Dionisio haba recorrido, trocando en Hombres las bestias salvajes y haciendo madurar las frutas y las mieses al paso de sus mnades, compartan la paz romana. El hijo de la loba, soldado y labrador, bondadoso con los pueblos vencidos, trazaba sus vas y comunicaba el Ocano brumoso con las pendientes escarpadas del Cucaso; en todas las ciudades alzbanse los templos de Augusto y de Roma, y era tanta la fe del Universo en la justicia latina, que en los desfiladeros de Tesalia y en las selvticas orillas del Rin, al sucumbir el esclavo en inicuo esfuerzo, esclamaba: Csar! Pero qu ley fatal impone a este desgraciado globo de tierra y agua que todo se marchite y perezca con l, y que lo ms bello sea siempre lo ms efmero? Oh hijas adorables de Grecia! Oh, ciencia! Oh, sabidura! Oh, belleza!, divinidades propicias, os adormecisteis en un sueo letrgico para sufrir los ultrajes de las ordas de brbaros, que ya en los pantanos del Norte y en las estepas desoladas, apercibidos a la invasin, adiestraban sus caballejos peludos.
"Amigo Arcadio mientras el legionario pacfico acampaba en las orillas del Faso del Tanais, las mujeres y los sacerdotes de Asia y de Africa monstruosa invadan la Ciudad Eterna y turban con sus prestigios a los descendientes de Remo. Hasta entonces, el perseguidor de los demonios industriosos, Jehov, slo era conocido en el mundo que supone haber creado por algunas miserables tribus de Siria, feroces como El y arrastradas perpetuamente de una esclavitud a otra esclavitud. Escudado por la paz romana, que aseguraba sobre la tierra la libertad del comercio y de los viajes, y favoreca el cambio de los productos y de las ideas, ese Dios caduco prepar la conquista insolente del Universo. Y no era el nico empeado en tal empresa: una turba de dioses, de demiurgos, de demonios, como Tamous, Mitra, Isis, Euboulos, meditaban tambin la manera de apoderarse del mundo pacificado. Entre todos estos espritus pareca Jehov el menos apto para conseguir la victoria. Su ignorancia, su crueldad, su orgullo, su lujo asitico su desprecio a las leyes, su afn de ser invisible, deban afligir a los helenos y latinos, que recibieron enseanzas de Dionisio y de las musas. Incapaz de atraerse los corazones de los hombres libres y las inteligencias cultivadas, valise de astucias; para seducir a las almas, teji una fbula menos ingeniosa que los mitos imaginados por nuestros antiguos discpulos, pero suficiente para turbar las inteligencias miserables de las muchedumbres. Proclam que los hombres haban cometido un crimen contra El, un crimen hereditario, y estaban condenados en su vida presente y en su vida futura (pues los mortales imaginan que su existencia se prolonga en los infiernos), y el astuto Jehov afirm que haba enviado a si propio Hijo sobre la Tierra para lavar con su sangre el pecado de los hombres. No es creble que la pena borre la falta, y mucho menos creble an que un inocente pueda rescatar a un culpable. Los padecimientos de un inocente nada compensan, y slo sirven para acrecer el mal con otro mal. Sin embargo, no faltaron infelices que, adoradores de Jehov y de su Hijo Redentor, anunciaban sus misterios como la buena nueva. Debamos prever semejante locura. Cuando esos humanos vivan pobres y desnudos, no los vimos con frecuencia prosternados ante los fantasmas del miedo y preferir a las inspiraciones de los demonios propicios los mandatos de los demiurgos crueles? Jehov, que tenda su astucia como un lazo, se apoder de las almas pero no pudo alcanzar toda la gloria que se propona. Su Hijo, y no El, recibi las adoraciones de los mortales, y dio su nombre al culto nuevo. Jehov sigui casi desconocido sobre la Tierra.
CAPITULO XX
El jardinero prosigue su relato.
"La nueva supersticin extendise primero en Siria y en Africa; arraig en los puertos de mar, donde rebulle un populacho inmundo, y al entrar en Italia, fue acogida por las cortesanas y los esclavos; pronto hizo rpidos progresos entre la plebe de las ciudades pero durante mucho tiempo no pudo invadir los campos. Como en la antigedad, los labriegos consagraban a Diana un pino, que regaban una vez al ao con la sangre de un jabato; con el sacrificio de una cerda impetraban el favor de los dioses lares; ofrecan a Baco, bienhechor de los hombres, un cabritillo de blancura deslumbradora, y aun cuando fueran muy pobres, nunca les faltaba un poco de vino y de harina para los protectores del hogar, de la via y del campo. Les habamos enseado que basta poner sobre el altar una mano pura y que los dioses se complacen al recibir una ofrenda humilde. Tristes demencias anunciaban el reino de Jehov en cien lugares. Los cristianos quemaban los libros, destruan templos, incendiaban ciudades y estremecan hasta los desiertos con sus estragos. All millares de infelices revolvan su furor contra s mismos y desgarraban sus carnes con puntas de hierro. De toda la Tierra se alzaban los lamentos de las vctimas voluntarias haca Dios, como un coro de alabanzas. Mi umbroso retiro no poda librarse mucho tiempo del furor de aquellos insensatos.
"En lo ms alto de la colina que dominaba el bosque de olivos animado por los sones de mi flauta, hallbase erigido desde los primeros aos de la paz romana un pequeo templo de mrmol, redondo como las cabaas de los antepasados y sin muros que lo cercaran. Sobre una meseta circular con siete gradas, alzbanse diecisis columnas con las volutas de acanto, y sostenan una cpula de blancas tejas. Bajo la cpula se cobijaba una estatua del Amor con el arco tendido, obra de un artista de Atenas. Los labios de aquel nio sonrean plcidamente como si los animase la vida, y todos sus miembros eran proporcionados y ligeros. Yo veneraba la imagen del ms poderoso de los dioses, y los campesinos le llevaban como ofrenda una copa rodeada de verbena, rebosante de vino aejo.
"Cierto da en que yo, como de costumbre meditaba preceptos y canciones sentado a los pies del dios, un hombre desconocido, hurao, de barba hirsuta, se acerc al templo, salt las siete gradas de mrmol, y con feroz alegra vocifer:
Muere, corruptor de almas, y que tengan tu mismo fin la belleza y los goces!
"Empu un hacha que llevaba colgada de su cintura, y la esgrimi sobre la cabeza del dios. Me agarr a su brazo, le di un zarandeo, lo derrib y lo contuve sujeto por mi pezua.
"Demonio! exclam con arrogancia furiosa, djame destruir ese dolo y mtame luego.
"No atend a su brbara splica, cruji su pecho bajo mi rodilla, al tiempo que mis manos le apretaban el cuello para estrangularlo.
"Mientras el hombre yaca con el rostro amoratado y la lengua colgante a los pies del dios risueo, fui a purificar mis manos en la fuente sagrada. Me alej de la regin dominada ya por los cristianos, atraves la Galia y consegu llegar a las riberas del Saona, donde en otros tiempos Dionisio plant la via. El Dios de los cristianos an era desconocido entre aquellos pueblos dichosos que adoraban por su belleza una haya ondosa cuyo venerado ramaje rozaba la tierra y reciba en ofrenda cintas de lana. Tambin adoraban una lmpida fuente, depositaban figuritas de barro en una gruta hmeda, y ofrecan quesitos o un cuenco de leche a las ninfas de los bosques y de las montaas. No tard en llegar, enviado por el Dios nuevo, un apstol de la tristeza. Era enjuto y renegrido como un arenque; pero aun cuando le haban extenuado el ayuno y las vigilias, predicaba con ardor inextinguible no s que oscuros misterios. Amaba el sufrimiento y lo crea saludable; su clera persegua todo lo bello, todo lo carnal, todo lo alegre. Cay el rbol sagrado a los golpes de su hacha. La hermosura de las ninfas inspirbale aborrecimiento, y lanzaba imprecaciones contra ellas cuando, al atardecer, brillaban entre el follaje sus caderas redondas. Tambin maldijo las armonas de mi flauta. El miserable supona que hay frmulas para ahuyentar a los demonios inmortales que habitan en los antros hmedos, en la espesura de los bosques, y en las cumbres de las montaas; pensaba inutilizarlos con algunas gotas de agua sobre las cuales haba pronunciado ciertas frases y hecho no s qu signos. Para vengarse, las ninfas se le aparecan de noche y le comunicaban un deseo abrasador que el insensato juzgaba criminal, y huan luego, desgranando por los campos su risa sonora, mientras su vctima se retorca como si ardiera su carne sobre su lecho de hojarascas. De este modo las ninfas divinas se burlaban de los exorcistas y ridiculizaban la srdida castidad de sus enemigos.
"El apstol no pudo realizar por completo l estrago que se propona entre aquellos espritus elementales dciles a la Naturaleza; la inteligencia de la mayor parte de los hombres tiene tan pocos alcances, que apenas deduce consecuencias de los principios que se le inculcan. El bosquecillo donde me albergue perteneca a un galo de familia senatorial que conservaba el resto de las elegancias latinas; amaba a su joven liberta y comparta con ella su tlamo de prpura bordado de narcisos. Los esclavos le cultivaban la via y el jardn; era poeta, y cantaba, como Ausonio, los jugueteos de Venus y su hijo. A pesar de llamarse cristiano, me ofreca leche, frutas y legumbres, porque me crey el espritu de aquel paraje; yo embelleca sus ocios con los trinos de mi flauta, y le inspiraba sueos felices. Indudablemente, los tranquilos galos no se interesaban mucho por Jehov y por su Hilo.
"Aparecen, de pronto, en el horizonte rojas hogueras, cuyas cenizas, arrastradas por el viento, cubren los calveros y de nuestros bosques. Los campesinos conducen una larga fila de carretas y apresuran la huida de sus rebaos. En todas las aldeas lzanse gritos de espanto: Los burgundos! Se presenta un jinete lanza en ristre; cubre su cuerpo con armadura de bronce claro, y su rojiza cabellera cae sobre sus hombros. Luego llegan otros dos; ms de veinte despus, y detrs, miles y miles, adustos y sanguinarios. Acuchillan a los viejos y a los nios, violan a todas las mujeres, hasta las abuelas. Mi amigo el galo y su joven liberta riegan con su sangre los narcisos que bordan su tlamo. Los brbaros incendian las baslicas y asan bueyes enteros sobre el rescoldo; rompen las nforas para sorber el vino mezclado con cieno en las bodegas inundadas. Los acompaan sus mujeres, amontonadas y medio desnudas en los carros de guerra. Cuando el Senado, las gentes de las ciudades y los sacerdotes agonizan entre llamas, los burgundos borrachos duermen bajo los prticos del Foro. Y quince das despus, sobre el umbral de su vivienda, uno de ellos sonre al nio que la rubia esposa lleva en los brazos; otro enciende su fragua y forja el hierro martillendolo cadenciosamente; otro canta entre sus compaeros reunidos a la sombra de una encina las hazaas de los dioses y los hroes de su raza, y otros comercian con piedras del Cielo, cuernos de urus y amuletos. Los antiguos habitantes de la comarca recobran poco a poco su tranquilidad, salen de los bosques donde se haban refugiado y vuelven a levantar su cabaa incendiada, a arar su campo, a podar su via. La vida se rehizo; pero fue la poca ms desdichada que atraves la Humanidad. Los brbaros invadieron el Imperio. Sus costumbres eran brutales y como alimentaban sentimientos de venganza y de codicia, se dejaron seducir por la `redencin de los pecados'. La fbula de Jehov y de su Hijo les agrad, y la creyeron fcilmente, porque se la explicaban aquellos romanos cuya sabidura no dudaron despus de admirar sus arces y sus costumbres. Qu dolor! No eran inteligentes los herederos de Grecia y de Roma. El saber se perda. Lleg a considerarse un mrito extraordinario solfear en el coro, y los que recitaban de memoria versculos de la Biblia considerabanse prodigios. An haba poetas, como hay siempre pjaros; pero los pies de sus versos cojeaban. Los antiguos demonios, los espritus protectores del hombre, despojados de sus glorias, perseguidos, intiles, permanecan ocultos en las selvas, donde si alguna vez se mostraban a los hombres, era en figura terrible para inspirarles respeto bajo una piel roja, verde o negra, con ojos torvos, enorme boca provista de colmillos de jabal, cuernos en la cabeza, una cola retorcida y, con frecuencia, un rostro humano en el vientre. Las ninfas eran hermosas, como siempre, y los brbaros, ignorantes de los dulces nombres con que se las designaba en los tiempos antiguos, las llamaron hadas, les atribuyeron un carcter veleidoso y gustos pueriles Las amaban y las teman.
"Desposedos y desatendidos, conservamos nuestra entereza, siempre risueos, bondadosos, y sin dejar de ser en aquellos tiempos crueles los verdaderos amigos del hombre. Al advertir que los brbaros se mostraban de da en da menos recelosos y menos feroces, resolvimos tratar con ellos, ingeniosamente ocultos bajo toda clase de apariencias; los incitamos con mil precauciones y por tortuosos caminos, para que no reconociesen al viejo Jehov como Seor infalible, no respetasen ciegamente sus rdenes y no temieran sus amenazas. A veces emplebamos los artificios de la magia; sin cesar les exhortbamos para que estudiaran la Naturaleza y descubriesen los vestigios de la sabidura antigua. Los guerreros del Norte, a pesar de su rudeza, conocan algunas artes mecnicas, imaginaban combates en el Cielo, humedecan sus ojos a los acordes del arpa, y tal vez su espritu estuviese mejor dotado para nobles empresas que el de los galos y los romanos, cuyas tierras haban invadido. No saban labrar la piedra ni pulimentar los mrmoles; pero servanse de prfidos y columnas trados de Roma y de Rvena; los sellos que usaban sus jefes eran preciosas gemas pulcramente grabadas por artistas griegos. Se valieron del ladrillo para construir muros de contencin, ingeniosamente dispuestos, y lograron levantar iglesias bastante agradables, con las cornisas apoyadas en mnsulas donde esculpan rostros feroces y con pesados capiteles donde varios monstruos se devoraban entre s.
"Los instrumos en las letras y en las ciencias. Creyeron que un vicario de su Dios, llamado Gerbert, nos vendi su alma cuando le dimos lecciones de fsica, de aritmtica, de msica. Transcurran los siglos sin que perdieran su barbarie las costumbres; el rigor y la crueldad eran habituales. No satisfechos con la posesin espiritual cuyos beneficios son tenues como el aire, los sucesores del estudioso Gerbert aspiraron a la posesin de los cuerpos, y reclamaron la monarqua universal con el derecho heredado de un pescador del lago Tiberades. Uno de ellos imagin que prevalecera sobre la rudeza del germano, sucesor de Augusto; pero acabaron por transigir lo espiritual y lo temporal, para zarandear a los infelices oprimidos por dos opuestos poderes. Aquellos pueblos se organizaban entre un horrible tumulto; todo eran guerras, hambres y exterminios. Atribuan a su Dios las innumerables desdichas que los abrumaban, y le llamaban Misericordioso, no por antfrasis, sino porque suponan mejor al que ms duramente castiga. Entre tantas violencias, para dedicarme al estudio con tranquilidad, tom una resolucin que tal vez sorprenda y que, sin embargo, era muy prudente.
"Entre el Saona y los montes Charolais, donde pastan los bueyes, existe una colina con espesos bosques, por cuya falda corre un fresco arroyo que riega los prados. Albase all un monasterio, famoso en toda la cristiandad. Ocult mis pezuas cubierto con un hbito, y fui monje en aquella abada, donde va no tuve que temer a los enemigos ni a los amigos armados, tan molestos los unos como los otros. Al empezar de nuevo a vivir se vea obligado el hombre a investigarlo todo. En una celda contigua a la ma, el hermano Lucas dedicbase a estudiar las costumbres de los animales, y averiguaba que la comadreja concibe sus cras por las orejas. Yo coga en los campos hierbas medicinales para alivio de los enfermos, con los que, hasta entonces, se practicaba un tratamiento mstico; se les haca tocar las reliquias de los santos para que sanasen milagrosamente. Hubo en aquel monasterio algunos demonios como yo a los cuales reconoc por sus pezuas y por sus palabras afectuosas. Reunimos nuestros esfuerzos para pulir la tosca inteligencia de los monjes.
"Mientras a la sombra de los muros abaciales jugaban los chicuelos a las tres en raya, entretenanse nuestros religiosos en otro juego pueril que me diverta tanto como a ellos, porque todos hemos de matar el tiempo; y no es otro, si lo meditamos en calma, el objeto nico de la vida. Era el nuestro un juego de palabras que aguzaba nuestras inteligencias, a la vez sutiles y toscas; enardeca las escuelas y turbaba a toda la cristiandad. Formbamos dos partidos, uno de los cuales sostena que antes de haber manzanas hubo la Manzana; que antes de haber papagayos hubo el Papagayo; que antes de que existieran monjes disolutos y glotones existan el Monje, la Disolucin y la Glotonera; que antes de existir pies y culos, el Puntapi en el Culo resida eternamente en el seno de Dios; pero el otro partido responda que, por el contrario, las manzanas dieron al hombre la idea de la manzana, los papagayos la idea del papagayo los monjes la idea del monje glotn y disoluto, y que slo existi el puntapi en el culo despus de ser, efectivamente, dado y recibido. Acalorados unos y otros, confiaban su razn a la fortaleza de los puos. Yo pertenec al segundo partido, por suponerlo ms conforme a la inteligencia humana, y precisamente fue condenado por el Concilio de Soissons.
"Entretanto, no satisfechos de luchar entre s, vasallo contra seor y seor contra vasallo, los feudales decidieron ir a Oriente en son de guerra, con el propsito, segn decan, si no recuerdo mal, de rescatar el sepulcro del hijo de Dios. Eso decan; pero su carcter codicioso y aventurero excitbalos a buscar en tierras lejanas, mujeres, esclavos, oro, incienso y mirra. Tales empresas, como ya sabis todos, resultaron desastrosas; pero nuestros rudos compatriotas aprendieron as los oficios, las artes orientales y el gusto de la suntuosidad. Desde entonces nos fue menos difcil conseguir que trabajaran; los incitamos a imaginar invenciones y descubrimientos. Construimos iglesias de maravillosa arquitectura con arcos audazmente apuntados, ventanas ojivales, elevadas torres, mltiples campanarios agujas atrevidas que perforaban el cielo de Jehov y le ofrecan con las plegarias de los humildes las imprecaciones de los soberbios; as, en todo intervenamos; unase nuestro esfuerzo al esfuerzo humano, y era un espectculo singular el que ofrecan hombres y demonios trabajando juntos en la catedral, serrando, puliendo, ensamblando las piedras, esculpiendo en los capiteles y en las cornisas la ortiga, la zarza, el cardo, la madreselva y la fresa; tallando rostros de vrgenes y de santos, y extraas representaciones de serpientes de pescados con cabeza de asno, de monos que se rascaban las nalgas; todos aplicbamos nuestras aptitudes y nuestra condicin, severa, juguetona, sublime, grotesca, humilde o audaz para formar en conjunto una cacofona armoniosa, un cntico esplndido de alegra y de dolor, una, Babel triunfante. Instigados por nosotros, los cinceladores, los orfices, los esmaltadores, realizaron maravillas, y todas las artes suntuarias florecieron a la vez: sedas de Lyn, tapices de Arras, lienzos de Reims, paos de Run. Los astutos mercaderes, que acudan a las ferias en sus cabalgaduras, llevaban piezas de terciopelo y de brocado, galones, cintas bordadas, joyas, vajillas de plata, libros mimados. Sobre tablados que se alzaban en las iglesias y en las plazas pblicas, gentes de buen humor representaron, segn su leal saber y entender, los misterios del Cielo, de la Tierra y del Infierno.
Las mujeres adornbanse con lujosos atavos y hablaban de amor. Bajo el cielo primaveral y azul, sentan los nobles y los villanos el ansia de retozar en las praderas floridas.
El violinista templaba las cuerdas de su instrumento; seoras, caballeros y doncellas burgueses y burguesas, lugareos y mozas, cogidos de la mano, empezaban a bailar; a pero de pronto la Guerra, el Hambre la Peste, entraron en el corro, y la Muerte arranc el violn de manos del msico para dirigir la danza. El incendio devoraba las aldeas y los santuarios; los guerreros colgaban de una encina, en las encrucijadas, a los campesinos que no podan pagar el rescate, y ataban al tronco las mujeres embarazadas para que de noche los hambrientos lobos devorasen el fruto de su vientre. Los infelices enloquecan. A veces, en plena paz y en tranquilidad completa, surga de pronto un incomprensible terror; abandonaban sus hogares y corran en tropel, casi desnudos; torturbanse con garfios de hierro y cantaban Yo no acuso a Jehov ni a su Hijo de tantos males; muchas desdichas se fraguaron lejos de El y contra El; pero donde reconozco la idea del Dios misericordioso (como le llamaban), es en la costumbre instituida por sus vicarios, y aceptada por toda la cristiandad, de quemar, entre taidos de campanas y cnticos litrgicos, a los hombres y a las mujeres que, instruidos por los demonios, profesaban acerca de Dios opiniones particulares.
CAPITULO XXI
Donde acaba el relato del jardinero.
"Dijrase que la ciencia y la imaginacin se haban, agostado para siempre, y que nunca se hallaran ya en este mundo paz, goce ni hermosura.
"Pero un da, cerca de las murallas de Roma, varios obreros que remueven la tierra al borde de una va antigua encuentran un sarcfago de mrmol que tiene esculpidos simulacros de amor y triunfos de Baco. Al destaparlo, ven que guarda el cuerpo de una virgen en cuyo rostro resplandece la hermosura; sus largos cabellos caen sobre sus blancos hombros y sonre como si soara. Una muchedumbre de ciudadanos, entusiasmados y conmovidos, levanta el fnebre lecho y lo conduce al Capitolio. El pueblo en masa acude a contemplar la inefable belleza de la virgen romana, y acecha silencioso el despertar del alma divina encerrada en aquella forma adorable. Se agita con este motivo la ciudad, el Papa teme que se inicie un renacimiento del culto pagano sobre aquel cuerpo triunfante, y ordena que de noche lo roben para enterrarlo en secreto. Vanas precauciones! Intiles cuidados! Al fin, despus de tantos siglos de barbarie, haba reaparecido un momento ante las miradas de los hombres la belleza antigua; y esto fue bastante para que su imagen, impresa en los corazones, inspirase un deseo ardiente de amar y de conocer. Desde entonces, la estrella del Dios de los cristianos palideci, inclinse hacia su ocaso. Intrpidos navegantes descubrieron mundos en donde vivan razas fecundas que ignoraban la existencia de Jehov, y pudo suponerse que si Jehov conociera tales pueblos, hubirales inculcado sus doctrinas y las de su Hilo. Un cannigo polaco, al demostrar el movimiento de la Tierra, comprob que, lejos de haber creado el universo, el viejo demiurgo de Israel no tena siquiera una idea de su estructura. Los escritos de los filsofos, de los oradores, de los jurisconsultos y de los poetas antiguos fueron sacados del polvo de los claustros, pasaban de mano en mano, inspiraban a las inteligencias el ansia de sabidura. Hasta el vicario del Dios celoso, el Papa, su representante sobre la Tierra, le olvid. Amigo de las artes, y sin otra preocupacin que rebuscar las estatuas antiguas, alzaba suntuosos edificios donde lucieron los rdenes arquitectnicos de Vitrubio restaurados por Bramante. Respirbamos. Los verdaderos dioses volvan a vivir en la Tierra, donde hallaban otra vez templos y altares; Len puso a sus pies el anillo, las tres coronas y las llaves, y les ofreci en secreto el incienso de los sacrificios. Ya Polimnia en actitud pensativa reanudaba el hilo de oro de sus meditaciones, y en los jardines, las ninfas y las gracias honestas formaban con los stiros coros de danza. Por fin, el mundo recobraba su alegra. Pero, oh desventura!, oh suerte adversa! De pronto, un monje alemn, abotagado y rebosante de cerveza y de teologa, se alza contra el paganismo renaciente, le amenaza, le fulmina, prevalece solo contra los prncipes de la Iglesia, subleva a los pueblos y los invita a una reforma para salvar lo que iba a ser destruido. En vano los ms sagaces de entre nosotros intentan disuadirle de su empeo. Un demonio sutil llamado en la tierra Belceb, le persigue, unas veces abrumndole con los argumentos de una sabia controversia y otras hostigndole con travesuras crueles.
"El testarudo religioso le arroja un tintero a la cabeza y contina su triste reforma. Que podra, deciros? Aquel robusto marinero repar, calafate, puso a flote la nave averiada de la Iglesia, y retras el naufragio tal vez por ms de diez siglos. Todo fue va de mal en peor. Despus de este recio encapuchado, bebedor y pendenciero, apareci el alto y seco doctor de Ginebra, influido por las antiguas prcticas de Jehov y obstinado en retrogradar el mundo a los tiempos abominables de Josu y de los Jueces de Israel; era un manitico framente furioso, hertico sacrificador de herticos y el ms feroz enemigo de las gracias.
"Estos rabiosos apstoles y sus rabiosos discpulos nos obligan a lamentar (hasta a los demonios como yo a los diablos cornudos) que hubieran pasado aquellos das en que reinaba el Hijo con su Madre Virgen sobre los pueblos deslumbrados con esplendores: encajes de piedra en los muros de las catedrales, policromas vidrieras en los rosetones, frescos vivamente coloreados en los que se desarrollaban mil historias maravillosas, ricos galones, magnficos esmaltes de los relicarios y de las urnas, oro de cruces y custodias, constelaciones de Cirios en la oscuridad de las bvedas, rugidos armoniosos de los rganos. Sin duda, todo aquello no era precisamente el Partenn ni tampoco las Panateneas; pero sonrea dulcemente a los ojos y a los corazones y mostraba cierta belleza. Los malditos reformadores no se avienen a tolerar nada grato ni seductor. Vedlos trepar como negros enjambres sobre los frontispicios, sobre los pedestales, sobre los pinculos, sobre los campanarios y herir con su martillo estpido las imgenes de piedra que los demonios labraron para complacer a los maestros de obras; las formas de los santos con apariencia de hombres bondadosos, las encantadoras santas y esos dolos conmovedores, vrgenes madres que oprimen al hijo contra su seno; porque, a decir verdad, algo de paganismo agradable se haba introducido, en el culto del Dios celoso. Aquellos monstruos herticos extirpan la idolatra. Mis compaeros y yo hicimos todo lo posible para interrumpir su espantosa labor, y por mi parte me di el gusto de arrojar algunas docenas de ellos desde lo alto de los frontispicios y de las galeras sobre el atrio, donde se aplast su repugnante sesera
"Lo ms grave fue que, al reformarse tambin la Iglesia catlica, mostrse peor de lo que haba sido en los siglos anteriores. En la tranquila Francia, los doctores de la Sorbona y los monjes encarnizronse rabiosamente contra los demonios intelectuales y contra los hombres de imaginacin. Mi prior era de los que ms combatan las buenas letras; le tranquilizaban mis vigilias estudiosas y haba reparado, sin duda, en la forma de mis pies. Al registrar mi celda encontr papel, tinta, varios libros griegos recientemente impresos y una flauta de Pan colgada en la pared.
"Le bastaron tales indicios para suponerme un espritu diablico, y dispuso que me encerrasen en un calabozo, donde fuera mi nico alimento pan de angustia y agua de sinsabores, de no haber huido con ligereza por la ventana rara refugiarme en lo ms enmaraado del bosque, entre las ninfas y los faunos.
"En todas partes hogueras encendidas exhalaban hedor de carnes chamuscadas; en todas partes torturas suplicios, huesos rotos, lenguas cortadas. El espritu de Jehov no provoc hasta entonces tan horribles odios; pero los hombres no haban levantado vanamente la tapa del sarcfago antiguo para contemplar a la virgen romana: en ese inmenso terror, mientras rivalizaban las violencias y las crueldades de papistas y de reformadores, el alma humana recobraba energa y podero para mirar al cielo, donde ya el viejo semita, ebrio de venganza, era sustituido por Venus Urania, serena y esplendorosa.
"Y a la luz de nuevas orientaciones alborearon los siglos florecientes. Sin luchar contra el Dios de sus abuelos y sin renegarlo, se sometieron los hombres a la ciencia y a la razn, los dos mortales enemigos d Aqul, y el abate Gassendi lo relego con suavidad al abismo lejano de las causas primeras. Los demonios bienhechores que instruyen y consuelan a los infelices mortales inspiraban discursos de toda especie, comedias y cuentos de un arte delicioso; las mujeres inventaron la conversacin, la epstola familiar y la cortesa; las costumbres adquirieron una distincin y una nobleza desconocidas en las edades precedentes. Una de las inteligencias ms esclarecidas del siglo razonador, el amable Bermer, escribi un da a Saint Evremont: `Privarse de un placer es pecado'. Esta sola frase bastara para enaltecer el progreso intelectual de Europa, donde siempre hubo epicreos, aunque sin el genio consciente de que hicieron gala Bernier, Chapelle y Molire. Hasta los devotos de entonces comprendan la Naturaleza, y el propio Racine, con ser tan beato, saba como cualquier fsico ateo, como Guy Patn, relacionar con los diferentes estados de su organismo las pasiones que agitan a los hombres.
En mi abada, donde volv a refugiarme pasada la tormenta, entre ignorantes y rutinarios, un religioso joven, menos ignaro que los otros, me advirti que el Espritu Santo se expresa en un griego muy pedestre para humillar a los sabios.
"Y, sin embargo, la teologa y la controversia desolaban an aquella sociedad razonadora. Vivan cerca de Pars, en un valle umbroso, unos solitarios, a quienes llamaban los Seores; se crean discpulos de San Agustn, y sostenan con tenacidad imperturbable que el Dios de la Escritura hiere a los que le temen, perdona a los que se le insolentan, no juzga conforme a los mritos y condena, si le place, a sus mas fieles servidores, porque su justicia no es nuestra justicia y sus caminos son incomprensibles. Una tarde me acerqu a uno de aquellos solitarios, en su jardn, donde meditaba entre las coles y las lechugas, inclin mi frente en su presencia y le dirig en voz queda estas palabras amistosas:
Que Jehov os guarde, seor! Le conocis perfectamente Oh! Cmo supisteis comprender su carcter!
"Seguro de que le hablaba un ngel del abismo, el santo varn creyose condenado y muri del susto.
El siglo siguiente fue el de la Filosofa. Se desenvolvi el libre examen; se perdi el respeto; las prerrogativas de la carne se debilitaron y el espritu desarrollaba energas nuevas. Las costumbres ofrecieron un encanto desconocido hasta entonces; pero los monjes de mi Orden eran cada vez ms ignorantes y sucios; el convento no me brind ninguna ventaja cuando ya reinaba en las ciudades la cortesa. Me fue imposible sufrirlo; colgu los hbitos y cubr mi frente cornuda con una peluca empolvada; ocult mis pezuas bajo unas medias blancas, y con el bastn en la mano y los bolsillos repletos de gacetas recorr el mando, frecuent los paseos de moda, concurr asiduamente a los cafs donde se reunan los literatos y vime acogido en los salones, donde, por una feliz novedad, se amoldaban las butacas y la parte del cuerpo que se apoya en ellas, para que los hombres y las mujeres pudiesen discutir cmodamente. Hasta los metafsicos hablaban con claridad. Adquir mucho prestigio en asuntos de exgesis, y puedo asegurar, sin envanecerme, que tuve una participacin muy activa en el testamento del cura Meslier y en La Biblia explicada, por los capellanes del rey de Prusia.
"Por entonces el viejo Jehov fue vctima de un infortunio burlesco y cruel: un cuquero americano, valindose de un ardid experimental, consigui robarle su arma terrible y divina: el rayo.
"En Pars asist a la famosa cena en la que se habl de ahorcar al ltimo sacerdote con las tripas del ltimo rey. La efervescencia de los nimos en Francia condujo a una revolucin espantosa. Los jefes efmeros del nuevo Estado reinaban por el terror, entre constantes peligros; eran en su mayora menos implacables que los prncipes y los jueces que representaban a Jehov en los reinados de la Tierra; pero aparentaban ser ms feroces porque juzgaban en nombre de la Humanidad. Fue una desgracia que se rindieran fcilmente a la ternura y se mostraran demasiado sensibles; los hombres sensibles tambin son irritables y propensos a furiosos arrebatos. Eran virtuosos y de costumbres metdicas, lo cual equivale a decir que conceban obligaciones morales estrictamente definidas, y juzgaban las acciones humanas con arreglo a principios abstractos y no por sus consecuencias naturales. De todos los vicios que puedan malograr a un estadista, la virtud es el ms funesto: conduce al crimen. Para interesarse con provecho por la felicidad humana se ha de vivir independientemente de toda moral, como el divino julio. En la ltima poca se hacan bastantes burlas a Dios; pero no sali muy perjudicado entre aquellas gentes, pues no pocos le protegan de adoraban con el nombre de Ser Supremo, y bien pudiera decirse que el terror distrajo a la filosofa y aprovech al viejo demiurgo para que llegase a representar el orden, la tranquilidad pblica, la garanta de las personas y de las haciendas.
"Mientras naca la libertad en el seno de la tormenta, yo viva en Auteuil y frecuentaba la casa de la seora Helvetius, donde se reunan personas que pensaban libremente acerca de todos los asuntos, lo cual hasta despus de Voltaire, era extraordinario. Hombres capaces de afrontar la muerte sin espanto, no se atreveran a sostener una opinin desusada referente a las costumbres, porque el mismo respeto humano que les induce a dejarse matar los somete a los hbitos pblicos. Me deleitaba entonces la conversacin de Volney, de Cabanis y de Tracy. Discpulos del insigne Condillac, referan a la sensacin el origen de todos nuestros conocimientos; llambanse idelogos, y, a pesar de su delicadeza y su honradez extremadas, heran a los espritus vulgares al negarles la inmortalidad, pues los ms de los hombres, que no saben cmo emplear esta vida breve, desean otra que no acabe nunca. Durante la tormenta, nuestra reducida sociedad filosfica se vio algunas veces importunada por grupos de patriotas en las apacibles arboledas de Auteuil. Nuestro ilustre Condorcet se hallaba desterrado. Hasta yo llegu a parecerles sospechoso a los amigos del pueblo, que, a pesar de mi aspecto rstico y de mi traje, me creyeron aristcrata; y he de confesar que la independencia del pensamiento es la ms altiva de todas las aristocracias.
"Una tarde, mientras diverta mis ocios acechando a las drades del bosque de Bolonia, que brillaban entre el follaje como la luna cuando asoma en el horizonte, me detuvieron por sospechoso y me encerraron en una mazmorra. Era un horror; pero los jacobinos con el criterio de los frailes cuyo convento haban usurpado, concedan mucha importancia a la unidad de obediencia. Despus de la muerte de la seora Helvetius, nuestra sociedad se rehizo en el saln de la seora de Condorcet
"A Bonaparte no le desagradaba conversar de cuando en cuando con nosotros. Le reconocimos un talento extraordinario, le cremos tambin idelogo. Como nuestra influencia era bastante poderosa en el pas, la emplebamos en su favor, y sostenamos sus ambiciones imperiales, seguros de ofrecer al mundo un nuevo Marco Aurelio. Contbamos con l para pacificar el Universo; pero no justific nuestras previsiones, y cometimos la torpeza de culparle para disculparnos.
"Indudablemente, sobresala mucho entre los dems hombres por su inteligencia perspicaz por su disimulo cauteloso y por su aptitud realizadora. Concentraba toda la vida en el instante presente, sin concebir nada que le distrajera de la inmediata y precisa realidad; as fue un dominador incomparable. Su genio era majestuoso y sutil; abarcaba su inteligencia toda la Humanidad; pero sin remontarse nunca sobre lo comn; pensaba lo mismo que cualquiera de sus granaderos; pero lo pensaba con un vigor inaudito. Ansioso de poner a prueba su fortuna, se complaca en lanzar miles y miles de pigmeos unos contra otros en juegos propios de un nio gigante como el mundo. Era demasiado astuto para prescindir en sus combinaciones del viejo Jehov, que an conservaba su poder entre los hombres, y que se le pareca por su instinto de violencia y dominacin. Lo amenaz, lo halag, lo acarici, lo intim; encarcel a su vicario, del cual obtuvo, ponindole un cuchillo en el cuello, la uncin que desde el antiguo Sal dignifica la autoridad de los reyes; restaur el culto del demiurgo, le cant un Tdeum y se hizo reconocer como la imagen de Dios sobre la Tierra en catecismos diseminados por todo el Imperio. El Dios y el hroe unieron sus rayos, y aquello fue un magnfico alboroto.
"Mientras los entretenimientos de Napolen trastornaban a Europa, nosotros nos recrebamos en nuestra labor intelectual, un poco entristecidos, sin embargo, al ver que la era filosfica se inauguraba con degollinas, suplicios y guerras. Lo ms lastimoso fue que los hijos del siglo se lanzaron a una vida tristemente desordenada y concibieron un cristianismo pintoresco, literario, que atestigua una increble flaqueza espiritual, para caer, por fin, en el romanticismo. La guerra y el romanticismo! Dos plagas horrorosas! Qu lstima de gentes, apasionadas con ansia infantil y furiosas por los fusiles y los tambores! Slo se interesaban en la guerra, que form corazones y fund ciudades de hombres brbaros e ignorantes. La guerra, que slo reparte ruina y desolacin entre vencedores y vencidos, es un crimen espantoso y estpido; en cambio, la comunidad en las artes, en las ciencias y en el comercio liga a los pueblos entre s. Europeos insensatos que deciden luchar y exterminarse, cuando una misma civilizacin los envuelve y los une!
"Rehu el trato de aquellos locos y me retir a este pueblo, donde vivo dedicado a la horticultura. Los melocotones de mi huerto me recuerdan la soleada piel de las mnades. En m encuentran los hombres el antiguo afecto, un poco de admiracin y mucha piedad; y espero, paciente, mientras cultivo mi cercado, la hora lejana en que Dionisio volver, con sus faunos y sus bacantes, a esparcir sobre la Tierra el goce y la hermosura para restaurar la Edad de Oro. Entonces me unir, gozoso, al squito que siga su carro. Pero quin sabe si, en este futuro triunfo, encontraremos hombres todava? Quin sabe si, agostada su especie, habrn finalizado sus destinos, y otros seres se alzarn sobre las cenizas los escombros de lo que fueron el hombre y su obra? Quin sabe si unos genios alados disfrutarn entonces y en plena posesin del imperio terrestre? Si esto sucediera, la misin de los demonios bondadosos no habra terminado; instruiran en las artes y en la voluptuosidad la raza de los voltiles.
CAPITULO XXII
Donde aparece, oculta en un almacn de antigedades, la dicha criminal del viejo Guinardon, de pronto interrumpida por los celos de una infeliz enamorada.
El viejo Guinardon (como Ceferina se lo haba referido exactamente al seor Sariette) despoj el desvn de la calle Princesse, que llamaba su estudio, de todos los cuadros, muebles y curiosidades all reunidos llevlos a una tienda que alquil en la calle de Courcelles, donde fue a instalarse, y abandon a Ceferina, despus de cincuenta aos de vida marital, sin dejarle un jergn, una olla ni un cntimo, aparte de un franco setenta que la pobre mujer llevaba en el portamonedas. El viejo Guinardon puso al frente de su almacn de curiosidades y cuadros antiguos a la joven Octavia.
Lucan en el escaparate unos ngeles flamencos al estilo de Grard y de David con sus capas verdes, una Salom de la escuela de Luini, una Santa Brbara en madera, pintura de trabajo francs; esmaltes de Limoges, cristales de Bohemia y de Venecia, platos de Urbino; veanse tambin unos encajes de punto de Inglaterra, que Ceferina luci en su esplendorosa juventud y aseguraba que se los haba regalado Napolen III. En el interior de la tienda resplandecan sobre la oscuridad matices de oro viejo, y aparecan diseminados cristos, apstoles, patricios y ninfas. Una tela se mostraba del revs para ser vuelta luego ante los ojos de los inteligentes, que no abundan: era una rplica de la Gimblette, de Fragonard, pintura clara, que pareca no haber tenido an tiempo de secarse. As lo adverta el viejo Guinardon. Una cmoda de violeta, colocada en el fondo del establecimiento contena en sus cajones rarezas y preciosidades, aguadas de Baudouin, libros con grabados del siglo XVIII, miniaturas.
Sobre un caballete descansaba, debajo de una cortina, la obra maestra, la maravilla, la joya, la perla: un fra Anglico muy suave, de color azul, rosa y oro, una Coronacin de la Virgen, por la que peda el viejo Guinardon cien mil francos. Sentada en una silla Luis XV, junto a una mesita Imperio, sobre la que haba un jarrn de flores, bordaba la joven Octavia, que, al dejar en su camaranchn de la calle Princesse sus relucientes andrajos, no se mostr ya como un Rembrandt tostado, sino con la plcida brillantez y la diafanidad de un Vermer de Delft, para encanto de los inteligentes que frecuentaban la tienda del viejo Guinardon. Tranquila y casta, siempre sola, maana y tarde, guardaba el establecimiento, mientras en el sotabanco el pintor retocaba sus obras, hasta que, a las cinco, bajaba para recibir a sus clientes.
Era el ms asiduo el conde Desmaisons, alto, flacucho, descolorido, encorvado; bajo sus pmulos, del profundo hueco de sus mejillas surgan unos pelos canos, que se aumentaban extendan hasta cubrir la barba y derramar sobre el pecho abundancia de nieve, en la que hunda sin cesar su larga y sarmentosa mano con sortijas de oro. En veinte aos no dej de llorar a su mujer, vctima de la tuberculosis en el esplendor de la juventud y de la belleza; estableca comunicaciones con los muertos y poblaba con indignas pinturas las soledades de su hotel. Su confianza en Guinardon era infinita.
El seor Blancmesnil, administrador de un poderoso Banco, tambin frecuentaba mucho la tienda de antigedades. Era un cincuentn macizo y lozano; el arte no le interesaba gran cosa; pero le atraa la joven Octavia, sentada en el centro de la tienda como un reclamo en su jaula. No tard el seor Blancmesnil en interesarla con intimidades que todos advertan, menos Guinardon, porque el viejo era principiante an en el amor de Octavia.
Cayetano D'Esparvieu sola ir a la tienda por sencilla curiosidad siempre receloso de que el pintor fuera un admirable falsario.
El seor Letruc de Ruffec, espadachn terrible, fue una tarde a la tienda del anticuario y le comunic sus proyectos. Dicho seor organizaba en el Petit Palais una exposicin retrospectiva de armas blancas a beneficio de la "Institucin educadora de nios marroques", pretenda que le prestara el viejo Guinardon algunas de las piezas ms preciosas de sus colecciones.
Primero pensamos dijo abrir una exposicin cero este lema: "La cruz y la espada", frase de sobra elocuente para que no sea preciso explicar el propsito que nos gui. Una iniciativa eminentemente patritica y cristiana indjonos a reunir la espada, smbolo del honor, y la cruz signo de redencin. La obra deba ser patrocinada por el ministerio de la Guerra y por monseor Cachepot. Desgraciadamente, cuando nos hallbamos a punto de realizarla, se ofrecieron dificultades que nos obligaron a diferirla. Por lo pronto vamos a organizar la exposicin de la espada. He redactado una nota que indica el sentido y alcance de nuestras intenciones.
Despus de hablar as, el seor Letruc de Ruffec sac del bolsillo una cartera repleta de papeles, busc entre una porcin de actas de duelos realizados o de satisfacciones acordadas entre los padrinos, y encontr, por fin, una hojita de papel garrapateado y con tachaduras numerosas:
Aqu est dijo; y ley: "La espada es una virgen brava; es el arma francesa por excelencia. Cuando el sentimiento nacional, despus de un prolongado eclipse, se irradia con ms ardor que nunca", etctera, etctera Comprende usted?
Renov sus instancias, y ofreci poner en muy preferente lugar las armas que peda para la exposicin dedicada a "los nios marroques" bajo la presidencia honorfica del general D'Esparvieu.
Al viejo Guinardon le interesaban poco las armas; venda con preferencia cuadros, dibujos y libros; pero como le gustaba tener de todo, no era fcil cogerle desprevenido, y descolg una espada con artsticos calados en la cazoleta, de un estilo Luis XIII Napolen III muy caracterstico, para mostrrsela al organizador de exposiciones, quien la contempl silenciosamente con algn respeto.
Entonces el anticuario le dijo:
Tengo algo que vale ms.
Y sac de la trastienda, donde yaca, entre bastones y paraguas, un espadn flordelisado verdaderamente regio. Era de Felipe Augusto, y lo haba lucido un actor del Oden en las representaciones de Agns de Mranie (1846). Guinardon lo mantena con la punta en el suelo y lo presentaba como una cruz; al unir sus manos sobre la empuadura revistise con la nobleza de aquel despojo marcial:
Merece figurar en una exposicin!
Si consigo que alguien se lo compre dijo el seor Letruc de Ruffec, mientras se retorca los bigotes, cunto me dar usted?
Algunos das despus, el viejo Guinardon mostraba sigilosamente al conde Desmaisons y al seor Blncmesnil un Greco encontrado por feliz casualidad, un magnfico Greco de la ltima manera del maestro. Era un San Francisco de Ass, que sobre la roca de Albernia, erguido como una columna de humo, daba en el cielo con cabeza, monstruosamente alargada disminuida. Un legtimo Greco! Un Greco indudable!
Los dos inteligentes contemplaban con minuciosidad aquella obra, mientras el viejo Guinardon les enalteca los negros profundos y la expresin sublime, y alzaba los brazos para representar a Theotocpuli continuador del Tintoretto y cien codos ms alto.
Era casto puro, fuerte, mstico, apocalptico.
El conde Desmaisons declar que el Greco era su pintor preferido. Blancmesnil, silencioso, admiraba sin entusiasmarse.
Abrise la puerta, y Cayetano D'Esparvieu los sorprendi con su visita inesperada.
Caramba! exclam al ver el San Francisco.
El seor Blancmesnil, deseoso de instruirse le pregunt qu opinin tena de aquel maestro actualmente muy admirado; y Cayetano respondi, sin hacerse rogar, que nunca tuvo al Greco por loco ni extravagante, como era opinin comn hasta entonces, y consideraba ms creble que un defecto visual impusiese a Theotocpuli la deformacin de sus figuras.
Era astigmtico y padeca estrabismo prosigui Cayetano, pintaba lo que vea, como lo vea.
El conde Desmaisons resistase a reconocer como justa una reflexin tan sencilla, que precisamente por su mucha sencillez era bien recibida por el seor Blancmesnil.
El viejo Guinardon intervino, exagerando:
Afirmara usted, seor D'Esparvieu, que San Juan era astigmtico porque vio a una mujer revestida con el sol, coronada de estrellas, y que tena a sus pies la luna, la hidra con siete cabezas y diez cuernos, y los siete ngeles con tnicas de lino, portadores de las siete copas donde rebosaba la clera del Dios vivo?
Al fin y al cabo dijo Cayetano D'Esparvieu, es justo admirar al Greco si consigue con su arte imponer su visin mrbida. Las torturas que inflige al ser humano pueden agradar a las almas que gustan del sufrimiento, y son ms numerosas de lo que se cree.
Caballero replic el conde Desmaisons, mientras acariciaba con su larga mano su barba frondosa, es preciso estimar las preferencias de que somos objeto. El sufrimiento nunca nos abandona, y si no lo estimramos nos hara insoportable la existencia. Por entenderlo as, el cristianismo es fuerte y bueno. Ay! Quisiera tener fe para no desesperarme nunca.
Y al pensar en la mujer por quien lloraba incesantemente, la cordura le abandon y entregse sin resistencia a las imaginaciones de una locura plcida y triste.
Despus de estudiar las ciencias fsicas segn deca, con el auxilio de un medio traslcido, hizo experiencias referentes a la naturaleza y a la duracin del alma, y obtuvo resultados sorprendentes, pero que no le satisfacan. Haba llegado a ver el alma de su muerta bajo el aspecto de una masa gelatinosa y transparente, que no recordaba en absoluto la forma de su adorada; y era lo ms doloroso de aquel experimento, cien veces repetido, que la masa gelatinosa con tentculos de una sutilidad extrema, los mova incesantemente, conforme a un ritmo en apariencia destinado a expresarse, pero sin que pudiera comprenderse la significacin de aquellos movimientos.
Mientras narraba el conde sus tristezas, el seor Blancmesnil se pona en correspondencia con la joven Octavia, tranquila, silenciosa y con los ojos bajos.
No se haba resignado Ceferina a perder a su amante, y muchas maanas, con su cesto al brazo, furiosa y desolada, rondaba la tienda, en lucha con sus encontrados pensamientos, pues unas veces decida castigar al infeliz, tirndole a la cara una botella de vitriolo, y otras le daban tentaciones de arrojarse a sus pies, implorando piedad y cubriendo de besos y lgrimas las manos adorables. Un da en acecho de su Miguel tan querido y tan culpable, vio a travs del cristal a la joven Octavia, entretenida en bordar junto a la mesa donde se marchitaba una rosa en un vaso. Loca de furor, asalt el establecimiento, dio algunos; paraguazos sobre la rubia cabeza de su rival triunfante y la llam barragana y asquerosa. Octavia corri espantada en busca de los polizontes, mientras Ceferina, en el doloroso arrebato de sus celos, con la punta de su viejo paraguas rascaba frenticamente la Gimblette, de Fragonard, el fuliginoso San Francisco, del Greco, las vrgenes, las ninfas, los apstoles, y al destruir los otros de fra Anglico, deca:
Todos estos cuadros del Greco, del beato Anglico, de Fragonard, de Grard, David y los Baudouines, todos, todos, todos los ha pintado Guinardon! El muy tuno, el miserable! Ese fra Anglico lo pint sobre mi tablero de costura; esos Grard y David estn pintados sobre una muestra de comadrona Cochino! El y su querida perecern a mis manos, como estas indecentes obras.
Para sacarle de su escondrijo agarrse a la chaqueta de un viejo cliente, que se refugi, aterrado, en lo ms oscuro de la trastienda, y le puso por testigo de los crmenes de Guinardon, falsario y perjuro.
Los polizontes se vieron obligados a emplear alguna violencia para arrancarle del asolado almacn de antigedades, y mientras la llevaban a la Comisara, seguidos por una turba de curiosos, la pobre mujer elevaba sus ojos ardientes al cielo, y entre suspiros y lgrimas, deca:
Pero, no conocis a Miguel? Si lo conocierais, comprenderais que slo a su lado puedo vivir. Es hermoso es bueno, es nico. Miguel es un dios! Lo adoro! Lo adoro! Lo adoro! Trate con intimidad a muchos hombres encopetados: ministros, duques, emperadores Y ninguno era digno de limpiarle a Miguel de mi alma el barro de las botas Amigos mos, no consintis que me lo roben Devolvdmelo!
CAPITULO XXIII
Donde se presenta el delicioso carcter de Bocota, que resiste a la violencia y se rinde al amor, y no se diga despus que el autor es Misgino.
Al salir del despacho del barn Max Everdingen, el prncipe Istar entr en una taberna de los Mercados para comer unas ostras y beberse una botella de vino blanco, y como era tanta su prudencia como su valor, fuese despus a casa de su amigo Tefilo Belais para esconder en el armario del msico las bombas que llenaban sus bolsillos. No estaba en casa el autor de Alina, reina de Golconda, y el querube sorprendi a Bocota estudiando ante el armario de espejo el papel de Zigouille, muchachuela viciosa, porque la genial artista deba representar el personaje principal de la opereta Los apaches, que se estrenara en un lujoso music-hall, y ensayaba las provocaciones obscenas con que haba de seducir a un transente y llevarle a una encerrona, donde, mientras amordazaban y sujetaban al infeliz, ella repite con sdica maldad los llamamientos lascivos de que se vali para exaltarle y atraerle. Aquella obra la entusiasmaba porque le ofreca ocasin de triunfaren el canto y en la mmica.
El prncipe Istar sentse al piano, y Bocota rim con la msica sus movimientos innobles y deliciosos. Slo llevaba una falda corta la camisa cuya hombrera, desprendida sobre el brazo derecho, descubra un bosquecillo frondoso y atrayente como la boca de una gruta sagrada de Arcadia; sus cabellos rubios y rizosos, agitbanse, rebeldes y esparcidos; su piel, sudorosa, exhalaba perfume de violeta, olor de sales alcalinas, y produca una embriaguez sensual. De pronto, enloquecido por el encanto voluptuoso de aquella carne ardorosa, el prncipe Istar se levant, y sin decir nada, ni siquiera con los ojos, estrech entre sus brazos a Bocota la derrib en el sof (el modesto sof rameado que Tefilo adquiri en un almacn famoso con el compromiso de pagar diez francos mensuales durante muchos aos). El querube se desplom como una enorme roca sobre aquel cuerpo delicado; su pecho estremecase como un fuelle de fragua; sus manos enormes adheranse como ventosas a la carne ardiente. Si el prncipe Istar hubiera galanteado a Bocota y le propusiera un goce amoroso, rpido, mutuo poseda entonces por la excitacin y el frenes de su trabajo, ella no se negara, seguramente, a complacerle; pero Bocota era muy altiva, y su orgullo indmito se rebel al primer indicio de humillacin. Hubiera gozado al entregarse, y no pudo consentir que la obligaran brutalmente. Sola rendirse al amor, a la curiosidad, a la solicitud quejumbrosa; rendase a todo menos a la fuerza; eso no, antes la muerte! Su asombro se convirti al punto en furor, y todo su ser protest contra la violencia. Con sus uas, furiosas, desgarr las mejillas y los prpados del querube; para resistir el peso de aquella montaa de carne puso en tensin todos sus msculos, y arqueando briosamente la espalda, con el violento impulso de sus codos y de sus rodillas lanz al toro antropocfalo, cegado por la sangre y el dolor. El prncipe se tambale y fue a dar con la caja del piano; al estremecerse, todas las cuerdas produjeron un quejido prolongado y armnico; las bombas cayeron de los bolsillos y rodaron sobre el entarimado ruidosamente, como los truenos sobre las nubes, mientras Bocota, con la cabellera en desorden y un pecho al aire, bella y terrible, blanda el gancho de la estufa contra el coloso abatido, y exclamaba:
Vete de aqu o te saco los ojos!
El prncipe Istar entr en la cocina para lavarse, y sumergi su rostro ensangrentado en un barreo, donde habla en remojo alubias de Soissons. Al salir de aquella casa no senta clera ni despecho, porque su alma era noble y generosa.
Al poco rato son la campanilla de la puerta. Bocota llam vanamente a la criada; se puso una bata ligera y sali a abrir. Un joven, muy correcto y bastante guapo, la salud con suma cortesa; disculp la necesidad en que se hallaba de hacer l mismo su presentacin, y dio su nombre: Mauricio D'Esparvieu.
Mauricio buscaba sin descanso a su ngel custodio; inducido por una esperanza loca, le presenta en los lugares ms extraos; consultaba incesantemente a los magos, a los brujos, a los taumaturgos, que desde un tugurio hediondo descubren el futuro inefable, que disponen de todos los tesoros del mundo, lo cual no les libra de llevar los pantalones rotos y de alimentarse con tocino y queso. Despus de ver en una callejuela de Montmartre a un cura satnico v hechicero, que practicaba la magia negra, se dirigi Mauricio a casa de Bocota, enviado por la seora de la Verdelire, quien, al disponer una fiesta benfica para la "Obra de conservacin de las iglesias rurales", quiso contar, desde luego, con Bocota, de pronto en auge sin saberse por qu. La cupletista hizo sentar al visitante en el modesto sof rameado; accedi a una splica de Mauricio y sentse junto a l. Entonces el joven aristcrata expuso a la cupletista los deseos de la seora condesa de la Verdelire, y advirti que deba elegir con preferencia una de las canciones de apaches que deleitaban y enardecan al pblico selecto. Lo ms lastimoso era que la seora de la Verdelire tena que reducirse a pagar muy modestamente un trabajo tan artstico y meritorio; pero se trataba de una obra piadosa.
Bocota se comprometi a figurar en la fiesta y acept el mezquino precio que se le ofreca, con la generosidad que suelen tener los pobres para los ricos y los artistas para los aristcratas. Bocota era desinteresada y crea justo ayudar a la conservacin de las iglesias rurales; entre sollozos y lgrimas record su primera comunin, y se felicit de sentir an viva su fe. Cuando pasaba cerca de una iglesia le daban tentaciones de entrar, sobre todo al anochecer; despreciaba la Repblica porque se haba empeado en destruir la Iglesia y el Ejrcito, y su corazn henchase de gozo al notar que renaca el verdadero patriotismo. Francia despertaba; lo que ms aplauda en los music-halls eran las canciones referentes a los soldaditos y a las hermanitas. Mientras ella discurra de aquel modo, Mauricio respiraba el perfume de su cabellera rubia y de su cuerpo delicioso; todas las emanaciones voluptuosas de aquella carne provocaron su apetito. Como el sof era pequeo, la senta muy cerca, suave y tibia; por decir algo encareci su talento de artista; ella quiso que le dijese qu pieza de su repertorio le gustaba ms; aun cuando l ignoraba por competo los triunfos de Bocota, supo agradarla con elogios que ella misma le dictaba sin advertirlo, porque su propia vanidad hablaba de sus glorias como hubiera querido que todos hablasen. Con un candor infantil refera la serie inagotable de sus xitos. Mauricio prodig sinceras alabanzas a la belleza de la cupletista, a la tersura de su rostro, la elegancia de su cuerpo; ella confes que tena buen cutis porque no lo martirizaba con afeites; en cuanto a sus formas, comprenda que no pecaban por exceso ni por defecto; y para demostrar su afirmacin oprimi con sus manos los contornos de su cuerpo adorable y recorri ligeramente las deliciosas curvas sobre las cuales descansaba. Mauricio qued convencido y trastornado.
Anocheca; ella quiso encender luz, l se apresur a rogar que no se molestase. La conversacin continuaba risuea y alegre; luego, ms ntima y ms acariciadora, intervalos de languidez. Bocota crey haber tratado a Mauricio desde mucho antes, le supuso digno de su confianza y le hizo confidencias. Djole que por naturaleza fue siempre una criatura honrada, vctima de una madre codiciosa y sin escrpulos. Mauricio desvi sus razonamientos morales, la indujo a considerar solamente su belleza, y exalt con galanteras oportunas el placer que deba sentir ella slo al pensar en sus perfecciones y atractivos. Prudente y calculador, contuvo sus ansias abrasadoras, y provoc en la deseada el gusto de hacerse admirar por nuevos motivos. La bata se desabroch y se desliz a lo largo del cuerpo; la seda viva del escote reflej la claridad misteriosa del atardecer; Mauricio fue tan hbil, tan oportuno y tan sagaz, que la oblig a caer entre sus brazos, ardorosa y desvanecida, sin que hubiese precedido splica ni consentimiento esencial. Confundan ya sus alientos y sus delirios; el sof rameado expiraba con ellos.
Cuando sus emociones pudieron reducirse a palabras, la cupletista murmur, con los labios junto al cuello del joven, "que no era posible hallar una piel tan fina y suave ni en la ms delicada mujer".
El dijo, estrechndola entre sus brazos:
Cunto me gusta oprimirte as! Parece que no tienes huesos.
Y ella respondi, cerrando los ojos:
Porque soy tuya con frentico amor! El amor me abrasa y derrite mis huesos
Cuando lleg Tefilo, Bocota le oblig a dar las gracias a Mauricio DEsparvieu, que haba tenido con ella la amabilidad de ofrecerle una ocasin de lucimiento, por encargo de la seora condesa de la Verdelire.
El msico se consideraba dichoso al sentir la dulzura y la paz de la casa despus de un da entero de intiles gestiones, de inspidas enseanzas y de humillante amargura. Le imponan tres colaboradores ms que firmaran con l su opereta y cobraran una parte de los derechos de autor; le exigan tambin que introdujera un tango en la Corte de Golconda
Estrech la mano del joven D'Esparvieu y se desplom, rendido, sobre el sof, que, muy quebrantado por las anteriores luchas, no pudo sostenerse ya sobre sus patas y se hundi. Al rodar por el suelo, asustado, el ngel tropezaba con el reloj, el encendedor y la petaca de Mauricio, y con las bombas llevadas por el prncipe Istar
CAPITULO XXIV
Donde se enumeran las vicisitudes por que atraves el "Lucrecio de Felipe de Vendme.
Leger Massieu, sucesor del antiguo Leger, encuadernador establecido en la calle de la Abbaye, frente a la residencia de los padres de Saint Germain des Prs, donde abundan las escuelas de prvulos y las Sociedades cientficas, empleaba en su taller pocos operarios, pero muy esmerados, serva con lentitud a una clientela antigua y paciente. Al mes y medio de mandar recoger los libros que, el seor Sariette entreg al viejo Amadeo, Leger Massieu no haba desatado an el paquete. Slo al cabo de cincuenta y tres das y despus de comprobar el envo con la relacin adjunta, escrita por el seor Sariette el encuadernador distribuy aquellos libros entre sus dependientes.
Como el precioso ejemplar de Lucrecio con el escudo de Felipe de Vendme no iba incluido en la relacin, pensaron que pertenecera a otro cliente; y como tampoco se le mencionaba en las dems relaciones de envos, qued en el armario, bajo llave; hasta que un da el hijo de Leger Massieu, el joven Ernesto, se apoder arteramente de aquella joya y se la guard en el bolsillo. Ernesto estaba enamorado de una costurera de la vecindad, llamada Rosa, la cual slo soaba en hacer excursiones campestres y or el canto de los pajarillos en los bosques. Para poder invitarla un domingo a comer en Chatou, Ernesto vendi el Lucrecio por diez francos al viejo Moranger, chamarilero de la calle de Saint X, el cual nunca se mostraba curioso de averiguar por qu oscuros caminos llegaban a sus manos los objetos que adquira. El viejo Moranger cedi inmediatamente aquel volumen por sesenta francos al seor Poussard, librero del faubour Saint Germain, quien borr el sello delator estampado en la portada para que nadie reconociese la procedencia de aquel ejemplar nico, y lo vendi por quinientos francos al seor Jos Meyer, biblimano muy conocido, que lo cedi al punto por tres mil al seor Ardn, librero, y ste fue a ofrecrselo enseguida al famoso biblifilo seor M. R., que le pag seis mil y lo revendi quince das despus con un regular beneficio a la condesa de Gorce. Dicha seora, conocidsima entre la sociedad parisiense ms encopetada, se complaca en reunir diversas curiosidades, cuadros, libros y porcelanas para formar en su hotel de la avenida de Jena colecciones de objetos artsticos que demuestran sus variados conocimientos y su buen gusto. En el mes de julio, mientras la condesa de Gorce habitaba su castillo de Sarville, en Normanda, visit a deshora y cautelosamente el hotel de la avenida de Jena un caballero de industria, y se le supuso de la partida de los "Coleccionistas", que roban por preferencia obras de arte.
Segn las investigaciones policacas, el malhechor sirvise de la bajada de aguas para trepar hasta el piso; luego se encaram al balcn, y valindose de una palanqueta desencaj un postigo; despus rompi un cristal, busc a tientas la falleba, abri, y se introdujo en la galera. Una vez dentro, descerraj algunos armarios para elegir los objetos que le agradaban ms, casi todos de tamao reducido y de mucho precio: cajitas de oro, algunos marfiles del siglo XIV, dos preciosos manuscritos del siglo XV y un libro que el secretario de la condesa catalogaba brevemente "un tafilete blasonado", y era el Lucrecio de la biblioteca D'Esparvieu.
Recayeron sospechas sobre un cocinero ingls, que haba desaparecido. Y a los dos meses de realizarse aquel robo, un joven elegante, completamente afeitado, que al anochecer pasaba por la calle de Courcelles, acercose al viejo Guinardon y le ofreci un librito.
El anticuario pag diez francos por el Lucrecio de Felipe de Vendome, lo examin minuciosamente, dedujo su mrito y lo meti en la cmoda de madera de violeta donde guardaba los objetos preciosos.
Tales fueron las vicisitudes porque atraves, en un verano, aquella preciada joya.
CAPITULO XXV
Donde al fin Mauricio encuentra a su ngel.
Terminada la representacin, Rocota se lavoteaba. Su viejo protector, el seor Sandra que abri la puerta del cuarto, silencioso y comedido; tras l entraron en alud sus muchos admiradores. Ella, sin volver la cabeza, les pregunt que se proponan, por qu la contemplaban como imbciles, y si por acaso aquello era la barraca de un fenmeno en la feria de Neuilly:
"Seoras y caballeros! Echen diez cntimos en la hucha para el dote de la seorita! Slo por diez cntimos les permitir que toquen ustedes sus pantorrillas, duras como el mrmol!
Lanz a la turba invasora una mirada colrica, y dijo:
Vaya! Se acab! Largo de aqu!
Con tales despachaderas se propona barrerlos a todos, incluso a su amante verdadero, a Tefilo, que se arrinconaba plido, melenudo, resignado, triste, miope, distrado, pero sonri al reconocer a su Mauricio que se acerc a ella, se apoy en el respaldo de la silla donde estaba sentada, y al felicitarla por su mmica y por su voz remataba cada galantera con un susurro y con un gesto carioso. La cupletista se mostr insaciable, y con preguntas insistentes, requerimientos abrumadores y fingida incredulidad, le oblig a repetir dos, tres, cuatro veces todos los elogios; cuando l callaba un instante, de tal modo se dola ella del silencio, que inmediatamente le impulsaba a urdir nuevas adulaciones. La falta de costumbre y su desconocimiento de aquel gnero artstico no le permitan expresarse con facilidad, pero mientras imaginaba frases oportunas complaca sus ojos en el escote suave y macizo, dorado por la luz, y en el divino rostro qu se reflejaba en el espejo del tocador.
Estuviste maravillosa.
De veras? Tan bien te parece?
Adorable, div
De pronto lanz un grito espantoso. Por el espejo ha visto entrar en el cuarto la figura de un hombre. Mauricio volvise con brusquedad, y despus de arrojarse con los brazos abiertos sobre Arcadio, se lo llev al pasillo.
Bonitas costumbres! bram Bocota irritada.
Abrindose paso entre unos perros amaestrados y una familia de acrbatas americanos, el joven D'Esparvieu arrastr a su ngel hacia la salida.
En la fresca oscuridad de la calle, ebrio de alegra y temeroso an de que se desvaneciera su fortuna:
Al fin te veo! le dijo. Al fin te veo, Arcadio, mira!, como te plazca! Ya consegu encontrarte! Arcadio, por tu culpa no tengo ngel custodio, y espero que me lo restituyas. Arcadio, me quieres an?
Arcadio le respondi que para cumplir la supranglica misin que se haba impuesto le fue preciso pisotear la amistad, la piedad, el amor y todos los sentimientos que debilitan el alma; pero que al mismo tiempo su nueva naturaleza, tal vez porque le dejaba desamparado entre los sufrimientos las privaciones, le predispona a la ternura humana y le permita sentir por su pobre Mauricio rutinario un afecto amistoso.
Pues bien exclam Mauricio: por muy poca estimacin que me tengas, vuelve a mi lado, comparte conmigo la vida; yo no acierto a vivir sin ti. Mientras te tuve no me daba cuenta de tu compaa, pero desde que me abandonaste siento un vaco espantoso, y sin ti soy un cuerpo sin alma. No s cmo hacrtelo comprender: hasta en el entresuelito de la calle de Roma, junto al Gilberta, la soledad me consume; pienso en ti, deploro tu ausencia, deseo verte y orte como aquel da en que llegaste a enfurecerme Comprenders que no me faltaba razn y que no te portaste con delicadeza. Me parece increble que un ser como t de origen tan elevado y de tan noble espiritualidad pudiese cometer semejante inconveniencia. La seora de Aubels no te lo ha perdonado todava; te reprocha el susto que le diste al presentarte con tan poca oportunidad. Y la insolente indiscrecin de que hacas gala cuando le prendiste la blusa y le abrochaste las botas? Yo lo he olvidado todo y quiero recordar solamente que t eres mi hermano celestial, el santo compaero de mi infancia. No, Arcadio; t no puedes separarte de m; eres mi ngel, eres mi nico bien.
Arcadio manifest al joven D'Esparvieu que no poda ser ya el ngel custodio de un cristiano despus de arrojarse voluntariamente al abismo, y se describi presa de furores y odios, como un espantoso espritu infernal.
Exageraciones, mentiras dijo Mauricio sonriente, con los ojos preados de lgrimas.
Nuestras ideas, nuestro porvenir; todo nos separa, Mauricio. Pero yo no acierto a vencer la ternura que nos une, y tu candor me obliga a quererte.
No! suspir MauricioSi t no me quieres! No me has querido nunca. Si se tratase de una hermana o de un hermano, esta indiferencia sera natural; si se tratase de un amigo, sera lo corriente; pero se trata de un ngel custodio. Y es una monstruosidad! Arcadio, eres un ser abominable!
Te quise con ternura, Mauricio; y an te quiero. Turbas mi corazn, que yo supona defendido por una triple coraza. Tu presencia me advierte mi debilidad. Cuando eras un nio inocente, yo te amaba con ms ternura y con mayor honestidad que miss Kat, la institutriz inglesa que te besaba con vicioso deleite. En el campo, cuando la delgada corteza de los pltanos se desprende, se abarquilla y deja al descubierto el tronco de un verdor blanquecino, despus de las lluvias que acarrearon arena fina sobre las pendientes de las calzadas, yo te instrua para que construyeses con arena, cortezas, flores silvestres y palitos delgados, puentes rsticos, cabaas toscas arriates y esos Jardines de Adonis que slo duran una hora. Durante el mes de mayo, en Pars, alzbamos un altar a la Virgen, y quembamos incienso cuyo aroma esparcido por toda la casa recordaba a Marcelina, la cocinera, la iglesia de su pueblo y su perdida virginidad, y le arrancaba abundantes lgrimas al mismo tiempo que produca dolores de cabeza a tu madre, abrumada entre su bienestar por el hasto comn a todos los privilegiados de la Tierra. Cuando fuiste al colegio me interesaron los estudios, compart contigo las lecciones y los juegos, te ayud a resolver difciles problemas de aritmtica y a inquirir el significado impenetrable de una frase de julio Csar. Cuntas alegres partidas de barra y de pelota hemos jugado juntos: algunas veces conocimos la embriaguez de la victoria; y nuestros laureles juveniles no estaban empapados en sangre ni en lgrimas. Hice todo lo posible para conservar tu inocencia, pero no pude impedir que la perdieses a los catorce aos entre los brazos de la doncella de tu madre. Luego me apen verte gozar sin descanso a varias mujeres de distintas edades y condiciones, y que no todas eran hermosas, por lo menos a los ojos de un ngel. Para huir de aquel doloroso espectculo me consagre al estudio; una magnfica biblioteca me brindaba elementos que pocas; veces se hallan reunidos. Profundic la historia de las religiones Ya sabes lo dems.
Pero ahora, mi querido Arcadio repuso el joven DEsparvieu, careces de fortuna y de empleo, no dispones de recursos, eres un fracasado, un intil; eres un vagabundo, un golfo.
El ngel adujo, con acritud, que a pesar de su pobreza llevaba un traje algo ms decoroso que al vestirse la primera vez con las ropas de un suicida.
Excusse Mauricio, dijo que al procurarle para que se vistiera las ropas un infeliz, estaba muy resentido contra su ngel infiel; que a nada conduca recordrselo ni recriminarle por lo pasado, y que lo ms juicioso era tomar determinaciones urgentes.
Arcadio, qu piensas hacer?
No te lo dije ya, Mauricio? Pelear contra el que reina en los cielos, derribarlo, y poner en su trono a Satn.
No es posible que hagas eso. En primer lugar, porque no es el momento oportuno; la opinin est en contra, y hay que seguir la corriente, como dice pap. Lo que ahora priva es drselas de conservador y autoritario. Se desea mucho gobierno, y el presidente de la Repblica se reconciliar con el Papa. No te obstines, Arcadio, en presentarte como un rprobo; en el fondo eres como todo el mundo y adoras a nuestro Dios.
Creo haberte demostrado ya, mi querido Mauricio, el error que padeces cuando supones Dios al demiurgo que ignora completamente la naturaleza divina superior a l, y se considera de buena fe nico y verdadero Dios. La Historia de la Iglesia, escrita por monseor Duchesne, te dir en la pgina ciento sesenta y dos del tomo primero que ese demiurgo soberbio y limitado se llama Ialdabaoth. Es posible que un historiador eclesistico te convenza ms que tu propio ngel. Necesito separarme de ti. Adis.
No te vayas.
He de irme.
No lo consentir. Me privaste de mi ngel custodio y debes reparar el dao que hiciste. Proporciname otro ngel.
Arcadio adujo que le sera imposible satisfacer semejante exigencia, porque se haba malquistado con el Soberano distribuidor de los espritus tutelares, y toda solicitud en este sentido sera intil. Despus le dijo sonriente:
Ya ves que yo no puedo remediar nada; pdeselo t mismo a Ialdabaoth.
T me privas de mi ngel custodio; t has de resarcirme exclam Mauricio.
No puede ser.
Dices que no puedes porque te rebelaste contra Dios, Arcadio?
S.
Porque eres enemiga de Dios?
S.
Porque eres un espritu satnico?
S.
Pues bien repuso Mauricio: en adelante, ser yo tu ngel custodio. No me separo de ti.
El joven D'Esparvieu fuese con Arcadio a comer unas ostras en casa de P
CAPITULO XXVI
Deliberacin.
Convocados por Zita y Arcadio se reunieron los ngeles rebeldes a la orilla del Sena, en el teatro de la Jonchere, abandonado y ruinoso, cuyo alquiler pag el prncipe Istar a un figonero llamado Barattn. Trescientos ngeles se apiaban en las gradas y en los palcos. En el escenario haba una mesa, un silln y varias sillas entre los jirones de una decoracin de campo. Agrietbanse las paredes salitrosas donde an quedaban restos de flores y frutas pintadas al temple, y en la miserable incuria de aquel desapacible lugar adquiran mayor nobleza las pasiones que all se agitaban. Cuando el prncipe Istar pidi a la Asamblea, que nombrase una Junta y eligiera presidente honorario, pensaron todos a la vez en el mismo, pero un religioso respeto cerr las bocas, y despus de un breve silencio, el ausente Nectario fue elegido por aclamacin. Invitado a ocupar el silln entre Zita y un ngel japons, Arcadio tom enseguida la palabra:
Hijos del Cielo, compaeros! Ya os redimisteis de la esclavitud celestial! Sacudisteis el yugo del llamado Jehov, a quien debemos dar aqu su verdadero nombre de Ialdabaoth, quien a pesar de suponerse creador de los mundos slo es un demiurgo ignorante y brbaro, aferrado a una nfima parte del Universo, donde cultiva el dolor y la muerte. Hijos del Cielo, queris luchar contra Ialdabaoth y destruirle?
Una voz nica, en la que se armonizaban las voces de todos, respondi:
Eso queremos!
Muchos hablaron exaltadamente; juraban escalar la montaa de Ialdabaoth, derrumbar las murallas de jaspe y de prfido y sumergir en las tinieblas eternas al tirano de los cielos.
Pero una voz cristalina vibr entre aquellos rumores confusos:
Impos! Sacrlegos! Insensatos! Temblad! El Seor extiende ya sobre vosotros su brazo formidable.
Era un ngel fiel, que arrastrado por un impulso de fe y de amor quiso emular la gloria de los confesores y de los mrtires, ansioso, como su mismo Dios, de sentir humanamente la belleza del sacrificio, y se arroj entre los blasfemos para provocarlos y perecer al empuje de sus iras.
La Asamblea, furiosa, encarse con l, y los ms prximos le golpearon mientras repetan con acento vibrante y puro:
Gloria a Dios! Gloria a Dios! Gloria a Dios!
Un rebelde le ech las manos al cuello y ahog sus loas: lo derribaron y pisotearon.
El prncipe Istar cogile por las alas con dos dedos, alzse como una columna de humo, abri un ventanillo adonde slo l poda llegar, y arroj al ngel. Restablecido ya el orden, prosigui Arcadio:
Compaeros, ahora que fortalecimos nuestra resolucin, estudiemos nuestros recursos y elijamos los ms convenientes. Falta examinar si es preferible un ataque violento, a viva fuerza, o una firme y asidua propaganda que nos conquiste poco a poco la poblacin celestial.
La guerra! La guerra! vociferaron todos.
Ya pareca orse la voz de los clarines y el redoble de los tambores.
Tefilo, que acudi all contra su deseo, arrastrado por el prncipe Istar, se levant plido y descompuesto, para decir con voz emocionada:
Hermanos mos, no deis una torcida interpretacin a mis palabras; me las dicta el afecto que todos me inspiris. Soy un pobre msico, pero creedme: vuestros proyectos van a estrellarse de nuevo contra la Sabidura Divina, que todo lo ha previsto.
Callo, y sentse, acosado por un enorme vocero.
Arcadio prosigui:
Ialdabaoth lo prev todo, no lo niego, todo lo tiene previsto; pero ha de proceder como si nada previese para no coartar nuestro libre albedro. A cada momento encuntrase irresoluto, desconcertado; los sucesos ms probables le sorprenden, y la obligacin que se impuso de hacer compatible su presciencia con la libertad de los hombres y de los ngeles, constantemente le crea dificultosas confusiones y terribles incongruencias. Nunca vio ms all de sus narices, y por esto no esperaba la desobediencia de Adn, como tampoco presenta la torpeza de los hombres por la cual tuvo que arrepentirse de haberlos creado y los ahog en las aguas del Diluvio con todos los animales, a los que nada tena que reprochar. Por su ceguedad slo es comparable a Carlos Dcimo, su rey preferido. Si obramos con prudencia, no ha de sernos difcil sorprenderle. Creo ms que suficiente estas reflexiones para tranquilizar a mi hermano Tefilo.
El cual no replic, pues aun cuando amaba mucho a Dios tema verse tratado como acababa de serlo aquel ngel fiel.
Mammon, uno de los ms ilustres asamblestas, no qued muy convencido por las reflexiones de Arcadio.
Tened presente dijo que Ialdabaoth no brilla por su cultura, pero es guerrero hasta la mdula. En el Paraso mantiene una organizacin militar basada por completo en la jerarqua y en la disciplina; la obediencia pasiva se impone all como ley absoluta; los ngeles forman un ejrcito. Comparad la mansin celestial con los Campos Elseos que Virgilio describe, en los que todo es libertad, conocimiento, sabidura, y donde las sombras felices conversan hermanadas entre los bosques de mirtos. En el Cielo de Ialdabaoth no existe la poblacin civil; todo el mundo est regimentado, matriculado, numerado; es un cuartel y un campo de maniobras. Tenedlo muy presente!
Arcadio respondi que se debe considerar al enemigo; en su aspecto verdadero, y que la organizacin militar del Paraso tiene mayor semejanza con los pueblos del rey Glegl que con la Prusia de Federico el Grande; luego dijo.
Ya en la primera rebelin, antes del principio de los tiempos, prolongse la batalla durante los das y lleg a vacilar el trono de Ialdabaoth. La victoria fue para el demiurgo; pero a qu se debe? A una tormenta casual. En lo mas cruento de la lucha, el rayo cado sobre Lucifer y sus ngeles los abati y los carboniz. Ialdabaoth debe al rayo su victoria; no dispone de otra fuerza y lo fulmina sin cesar. Entre los relmpagos y truenos promulg su ley. "El fuego le precede", ha dicho el Profeta. Y Sneca el filsofo, afirma que el rayo pocas veces causa dao al caer, pero infunde a todos temor, advertencia oportuna en cuanto se refiere a los hombres del primer siglo de la Era cristiana, pero no si se trata d los ngeles del siglo XX. Aunque dispusiera del rayo, no sera ya muy poderoso; y cuando miradas de espritus celestes, provistos con las maquinas que la ciencia moderna pone a su disposicin, asalten el Cielo, suponis, hermanos mos, que el viejo seor del sistema solar, rodeado de ngeles con un armamento de la poca de Abraham, podra defenderse? Los guerreros del demiurgo llevan aun cascos de oro y rodelas de diamante. Miguel, su ms aguerrido capitn, slo conoce la tctica de los combates singulares; confa en la eficacia de los carros faranicos y ni siquiera oy hablar de las falanges macednicas.
El joven Arcadio amplific y detall el paralelo entre el rebao armado de Ialdabaoth y las milicias conscientes de la rebelin. Suscitse al punto el problema de los gastos.
Afirm Zita que disponan de bastante dinero para empezar la lucha, que ya estaban encargados los electrforos, que su crdito se afirmara en la primera victoria.
La discusin prosigui violenta y confusa. En aquel Parlamento anglico las palabras intiles se producan abundantemente, como en los snodos de los hombres. Los tumultos eran cada vez ms ruidosos y ms frecuentes a medida que se acercaba el momento de votar. Nadie dudaba que seria conferido el mando supremo al que ya otra vez enarbolara el estandarte de la rebelin, pero como se crean todos con mritos bastantes para servir de lugarteniente a Lucifer, describa cada uno al guerrero preferible con las caractersticas de su propio retrato. Por esto Alcor, el ms joven de los ngeles rebeldes, pronunci estas fogosas palabras:
Felizmente para nosotros, en el ejrcito de Ialdabaoth el mando se concede a la mayor antigedad; por consiguiente, no es probable que lo ejerza ningn genio de la guerra. No es en prolongada obediencia como se adquieren dotes de mando ni la repeticin minuciosa de los mismos detalles puede preparar al desenvolvimiento de colosales empresas. Bien claro nos dicen las historias antiguas y modernas que los ms venturosos capitanes fueron reyes como Alejandro y Federico, aristcratas como Csar y Turenna, o indisciplinados como Bonaparte. Un ordenancista ser siempre vulgar. Elijamos jefes inteligentes y jvenes. Un viejo puede conservar la costumbre de vencer, pero es necesario ser joven para adquirirla.
Despus de Alcor subi a la tribuna un serafn filsofo, y dijo:
Nunca fue la guerra una ciencia exacta ni un arte seguro, aun cuando respondi a veces al genio de una raza o al carcter de un hombre. Pero cmo precisaremos las condiciones indispensables de un general en jefe para la futura guerra, en la cual ser preciso atender a mayor nmero de masas y movimientos de los que un cerebro humano puede abarcar? La creciente abundancia de los recursos tcnicos multiplica al infinito las causas de error e inutiliza las aptitudes de los jefes. A ciertas alturas de la expansin militar que los europeos, nuestros modelos, pueden conseguir, el jefe ms inteligente y el ms ignorante demuestran la misma ineptitud. Otra consecuencia de los poderosos armamentos modernos consiste en imponer con flexible rigor la ley del nmero; porque, si bien es indispensable que diez ngeles rebeles arrollen a diez ngeles de Ialdabaoth, nadie asegurara que un milln de ngeles rebeldes ha de arrollar a un milln de ngeles de Ialdabaoth. El nmero formidable, en la guerra como en todo, inutiliza la inteligencia y la superioridad individual en beneficio de una especie de alma colectiva muy rudimentaria.
El murmullo de las conversaciones ahog la voz del ngel filsofo, que dio fin a su discurso entre la indiferencia general.
Resonaron despus en la tribuna llamamientos belicosos y promesas de victoria; hicironse loas a la espada que defiende las resoluciones justas. La turba, delirante, celebro con aplausos entusiastas el futuro triunfo de los ngeles rebeldes. Los gritos de "Viva la guerra!" se lanzaron hacia el cielo silencioso. El prncipe Istar encaramse al estrado y la tarima gimi al sentir su peso.
Compaeros dijo, me parece muy natural que deseis la victoria, pero slo si estis corrompidos por la literatura y la esta podis desear la guerra, que ya nicamente piden burgueses, embrutecidos y los romnticos rezagados. Qu es la guerra? Una burlesca mascarada con la cual se exalta estpidamente el lirismo de los guitarristas patriotas. Si Napolen hubiera tenido una inteligencia razonable, no hubiera confiado su xito a la guerra, pero era un soador enardecido por los poemas de Ossian. Gritis "Viva la guerra!", como infelices visionarios. Cundo seris verdaderos intelectuales? Los verdaderos intelectuales no fundan su fuerza y su poder en todas las fantasmagoras que forman el arte militar, tctica, estrategia, fortificaciones, artillera y otras zarandajas; consideran la guerra un delirio y recurren a la qumica, que es una ciencia; conocen el arte de encerrar la victoria en una frmula algebraica.
Y mientras sacaba del bolsillo un frasquito que mostr a la Asamblea, el prncipe Istar sonri triunfalmente, y dijo:
Esta es la victoria!
CAPITULO XXVII
Donde se hallar la revelacin de una causa secreta y profunda que frecuentemente precipita los imperios contra los imperios y dispone la ruina de los vencedores y vencidos; y donde el lector prudente (si lo es, y dudo que lo sea) meditar esta sustanciosa frase: "la guerra es un negocio".
Habanse dispersado los ngeles. Al pie de las colinas de Meudon, sentados sobre la hierba, Arcadio y Zita contemplaban la corriente del Sena entre los troncos de los sauces.
En este mundo dijo Arcadio, en este mundo, en el cual abunda ms lo inmundo que lo mundano, es imposible imaginar que se pueda suprimir un tomo siquiera. Creeremos, a lo sumo, en la posibilidad de modificar el ritmo de algunas agrupaciones de tomos o la disposicin de algunas clulas. Indudablemente, a esto se reducen las mayores empresas. Y si logrsemos poner al Contradictor en el trono de Ialdabaoth qu habramos conseguido? Arraiga el mal en la naturaleza de las cosas o depende acaso de su ordenacin? Esto es lo que nos convendra descubrir, Zita, estoy profundamente desorientado
Amigo mo respondi Zita, si fuese preciso conocer el secreto de la Naturaleza para decidirse a luchar, nadie luchara; nadie vivira siquiera, puesto que la vida es constante lucha. Arcadio, ya te faltan alientos?
Arcadio asegur a su hermosa compaera que se hallaba decidido a hundir al demiurgo en las tinieblas eternas.
Acercse un automvil, que remova sobre la carretera su larga cola de polvo, y se detuvo ante los dos ngeles, La corva nariz del barn de Everdingen asom a la portezuela:
Buenas tardes, amigos celestes les dijo el capitalista, buenas tardes, hijos del Cielo. Me satisface mucho encontraros; he de haceros una importante advertencia: no permanezcis inertes. No descansis. A las armas! A las armas! No deis lugar a que Ialdabaoth pueda sorprenderos. Gastasteis un tesoro en pertrechos de guerra; usadlos de una vez. Acaban de comunicarme que el arcngel Miguel ha pedido ya en el Cielo importantes remesas de flechas y de rayos. En vuestro lugar, yo me procurara otros cincuenta mil electrforos; por mi mediacin, podrais obtenerlos. Buenas tardes amigos: viva la patria celestial!
Y el barn Everdingen, que llevaba en su automvil a una preciosa actriz, vol hacia las frondosas orillas de Louveciennes.
Ser cierto que tambin se pertrechan en la mansin del demiurgo? pregunt Arcadio.
Es posible respondi Zita que haya en las alturas algn otro barn de Everdingen interesado en los armamentos.
El ngel custodio del joven Mauricio quedse pensativo unos instantes; luego murmur:
Seremos acaso juguete de los banqueros?
Ya sabes que la guerra es un negocio dijo la hermosa Zita. Siempre fue un negocio la guerra.
En seguida examinaron detenidamente los recursos de que se valdran para realizar su magna empresa. Despus de parecerles despreciables los procedimientos anarquistas del prncipe Istar, proyectaron una formidable y sbita invasin del reino de los cielos por sus ejrcitos entusiastas y bien disciplinados.
Como Barattn, el figonero de la Jonchre que haba alquilado a los ngeles rebeldes el teatro, era un auxiliar de la Polica, en el oficio enviado a la Prefectura denunci a los miembros de aquella reunin clandestina, considerndolos dispuestos a un atentado contra un personaje a quien suponan obtuso cruel y le designaba con el nombre de Alabalote. A juicio del agente, aquel seudnimo se refera al presidente de la Repblica o a la Repblica en s. Los conspiradores haban proferido unnimes amenazas contra Alabalote, y uno de ellos, individuo muy peligroso, que frecuenta los centros anarquistas, que ha sufrido ya varias condenas por escritos y discursos literarios, y se llama "el prncipe Istar", alias "el Querube", haba mostrado una bomba muy pequea, que indudablemente sera de terribles efectos. Los dems conspiradores ranle desconocidos, pues Barattn no recordaba haberlos visto nunca en los centros revolucionarios donde actuaba. Entre muchos jovencitos imberbes, destacbanse dos por sus vehemencias oratorias: uno llamado Arcadio, que viva en la calle de San Jacobo, y una mujer de costumbres dudosas llamada Zita, con domicilio en Montmartre, sin oficio ni modo de vivir conocidos.
El prefecto de Polica consider muy grave aquel asunto, y resolvi comunicarlo al presidente del Consejo.
Se atravesaba entonces uno de los perodos climatricos de la tercera Repblica, durante los cuales el pueblo francs, dispuesto a sufrir la presin y la autoridad que lo acogotan se considera en peligro por no creerse bastante gobernado, y pide a veces un salvador. El presidente del Consejo, ministro de justicia, se relama con la esperanza de ser este salvador, y esperaba ocasin oportuna, un peligro terrible, que sus precauciones evitaran. El nuevo complot pudiera serlo. Aquella noticia le satisfizo, e interrog al prefecto de Polica acerca de los caracteres y la importancia del asunto. El prefecto de Polica manifest que las gentes en cuestin a juzgar por las apariencias, tenan dinero, inteligencia energa, pero hablaban mucho y eran demasiados para orar en secreto y de acuerdo. El ministro, arrellanado en su silln, reflexion. El escritorio estilo Imperio ante el cual se hallaba, los tapices antiguos que cubran las paredes, el reloj y los candelabros de la poca de la Restauracin, todo en aquella estancia tradicional sugerale dos fundamentales principios de gobierno que nunca varan, aun cuando suceda un rgimen a otro: la astucia y la audacia. Despus de reflexionarlo se afirm en la conveniencia de aguardar, a que adquiriese forma y crecimiento el complot; se dispuso a fomentarlo, adornarlo, colorearlo, y a disolverlo, despus de sacarle todo el partido posible.
Encarg al prefecto de Polica que no descuidara el asunto y le diese noticias diarias de los acontecimientos, pero que se limitase a una misin informadora.
Confo en su reconocida prudencia; observe y no intervenga.
El ministro encendi un cigarrillo, confiado en reducir las oposiciones bajo la amenaza de aquel complot, en fortalecer su autoridad, en sobreponerse a sus colegas, en humillar al presidente de la Repblica. Estaba seguro de convertirse en el salvador esperado.
El prefecto de Polica se comprometi a seguir las instrucciones ministeriales, mientras pensaba en hacerlo que le pareciera conveniente. Mand vigilar a los individuos designados por Barattn, y encarg a sus agentes que se limitasen a observar, sin intervenir en modo alguno. Al verse vigilado el prncipe Istar, en quien se hermanaban la previsin y la energa, retir del alero las bombas que all tena ocultas, y las transbordaba constantemente del mnibus-automvil al ferrocarril metropolitano, y del ferrocarril metropolitano al mnibus-automvil, con los ms ingeniosos rodeos, para depositarlas poco a poco en la casa del msico.
Al salir de su alojamiento de la calle de San Jacobo, Arcadio sola encontrar en la puerta a un hombre de afectada distincin, con guantes amarillos y un diamante mayor que "el regente" en la corbata. Ajeno a las malicias terrenales, el ngel rebelde no daba la menor importancia al hecho, pero el joven Mauricio D'Esparvieu, que se haba empeado en proteger a su ngel custodio, miraba con recelo al gentleman, tenaz e imperturbable como el seor Mignon, aquel agente que durante algunos das pase sus miradas investigadoras desde la primera pilastra del hotel de la Sordire hasta el otro extremo de la calle de Garancire. Mauricio visitaba diariamente dos o tres veces a su ngel; supuso que all correra peligro su libertad, y le rog que se mudase de casa.
Todas las noches iba con Arcadio a cualquier fonducho, donde cenaban con mujerzuelas. Entre plato y plato, el joven D'Esparvieu haca conjeturas acerca del prximo match de boxeo; por fin razonaba para demostrar a su amigo la existencia de Dios, la necesidad imprescindible de una religin, las bellezas del cristianismo, y le aconsejaba que renunciase a sus proyectos impos y criminales, que slo podran valerle amarguras y decepciones.
Porque, al fin y al cabo deca el joven apologista, si el cristianismo fuese una falsedad, ya se hubiera descubierto a estas fechas.
Las mujerzuelas que los acompaaban aplaudan los sentimientos religiosos de Mauricio, y cuando el bello Arcadio profera una blasfemia en un lenguaje para ellas ininteligible se tapaban los odos y le obligaban a callar, temerosas de verse castigadas por culpas ajenas; pues crean que Dios, todopoderoso e infinitamente bueno, vengara sus injurias en cualquier momento, y era muy capaz de herir, sin mala intencin, al inocente junto al culpable.
El ngel y su guardin iban a cenar algunas noches a casa del msico, y Mauricio, que de cuando en cuando reanudaba los goces amorosos que le ofreca Bocota, lamentaba que Arcadio se permitiese confianzas molestas con la cupletista; pero ella se las toleraba desde que, ya compuesto y en su sitio el sof rameado, pudo complacerle all con toda comodidad. Aun cuando Mauricio prefera a la seora de Aubels, tambin gustaba de Bocota, sentase celoso de Arcadio y sufra el dolor agudo que producen los celos, por leves que sean, a los hombres y a los animales. Temeroso de lo que realmente aconteca, revelado sin disimulo por el temperamento de Bocota y el carcter de Arcadio, abrumaba sin cesar a ste con sarcasmos y censuras, y le reprochaba la inmoralidad de sus costumbres. Arcadio le responda tranquilamente que no era fcil someter los impulsos fisiolgicos a reglas concretamente definidas, y que los moralistas se vean muy comprometidos en lo referente a ciertas secreciones.
Por lo dems dijo Arcadio, comprendo que sea casi un imposible constituir sistemticamente una moral natural. No hay reglas naturales. La Naturaleza no nos ofrece razones para creer que la vida humana es respetable; indiferente a todo, no separa siquiera el bien del mal para que podamos distinguirlos.
Eso te indicar replic Mauricioque la religin es necesaria.
La supuesta moral revelada repuso el ngel, verdaderamente se inspira en el ms grosero empirismo. Slo el uso determina las costumbres; lo que ordena el Cielo no es ms que la consagracin de las prcticas antiguas. La ley divina, promulgada con auxilio de la pirotecnia en algn Sina, nunca pasa de ser la codificacin de los prejuicios humanos; y como las costumbres cambian, las religiones duraderas varan su moral.
En fin arguy Mauricio, cuya inteligencia se aguzaba visiblemente; no convienes conmigo en que la religin evita muchos desrdenes y muchos crmenes?
Cuando no los impone, como el sacrificio de Ifigenia.
Arcadio! exclam entonces Mauricio. Al or tus argumentaciones, me felicito de no ser un intelectual.
Entretanto, Tefilo, de bruces sobre las teclas y con el rostro velado por su tupido cabello rubio, tocaba y cantaba la partitura de Afina, reina de Golcanda.
Acuda el prncipe Istar a estas reuniones ntimas con los bolsillos llenos de bombas y de botellas de champaa adquiridas con el dinero que le facilitaba el barn Everdingen. Bocota reciba al querube con amabilidad desde que representaba para ella el testimonio y el trofeo de la victoria obtenida en la lucha que sostuvieron una tarde sobre el sof rameado. El prncipe se hallaba, en presencia de la cupletista, como la cabeza cortada de Goliat entre las manos del joven David, y ella le admiraba por su maestra de acompaante al piano, por su vigoroso impulso ya sometido, y por su prodigiosa capacidad para las bebidas alcohlicas.
Una noche que el joven D'Esparvieu llevaba en automvil a su ngel desde la casa de Bocota a su alojamiento de la calle de Saint Jacques, el cielo estaba oscuro, y, junto a la puerta, el diamante del espa brillaba como un faro; tres ciclistas, reunidos en torno suyo se alejaron en direcciones divergentes cuando se acerc el "auto". El ngel no lo advirti siquiera, pero Mauricio imagin que Arcadio viva sujeto a la vigilancia de personas influyentes en la poltica. Comprendi el peligro y se dispuso a tomar una resolucin.
A la maana siguiente, muy temprano, fue en busca del ngel para llevrselo al entresuelito de la calle de Roma. Arcadio an estaba en la cama, y Mauricio le inst para que se vistiera y le siguiese.
Ven le dijo. En esta casa no puedes vivir seguro. Te vigilan. Cuando se les antoje, te detendrn. Te gustara dormir en la Prevencin? Creo que no. Pues deja que te esconda.
El ngel sonri benvolamente a su cndido salvador.
Ignoras le dijoque un ngel rompi las puertas de la prisin donde Pedro estaba encerrado? Pobre Mauricio! Me supones con menos poder que mi hermano celestial, y ternes que yo no logre realizar en mi provecho lo que hizo el otro para libertar al pescador del lago de Tiberades?
No confes, Arcadio. Aquel ngel pudo romper la puerta por un milagro.
O "por milagro", como dice un moderno historiador de la iglesia. Pero no importa, voy a seguirte. Djame antes quemar algunas cartas y elegir ciertos libros.
Arroj al fuego varios papeles y se llen de libros los bolsillos; luego se fue con su acompaante hasta el "auto que los aguardaba, no lejos de all, frente al Colegio de Francia; Mauricio se agarr al volante, y con tanta cautela como el querube, dio vueltas y revueltas, describi rpidos circuitos, realiz maniobras que hubieran despistado a todos los ciclistas lanzados en su persecucin, por muchos que fueran y muy veloces que anduviesen. Al fin, despus de haber surcado la ciudad en todas direcciones, se detuvo en la calle de Roma, frente a la casa en cuyo entresuelo el ngel se apareci.
Al entrar en las habitaciones de donde haba salido ao y medio antes para cumplir su misin, Arcadio record el irreparable pasado y estremecise de gozo al respirar el perfume de Gilberta; luego pregunt a Mauricio cmo segua la seora de Aubels.
Muy bien dijo Mauricio. Ha engruesado un poco y est ms hermosa. An recuerda con disgusto la indiscrecin que te permitiste con ella. Supongo que te la perdonar corrijo yo te la perdon, y confo en que olvide con el tiempo tu proceder ofensivo; pero acaso tarde, porque an se muestra irritada cuando hablo de ti.
El joven D'Esparvieu, al instalar a su ngel en el entresuelito, le prodig todas las delicadezas de un hombre correcto y las atenciones de un afectuoso camarada. Ensele un catre de tijera, que se colocara por las noches en el recibimiento y sera retirado por las maanas a un cuarto oscuro; lo llev al tocador, le mostr cuanto poda necesitar, el bao, la ropa blanca, la cmoda; le dio las instrucciones convenientes para el uso de la calefaccin y de la luz, le advirti que el portero estaba encargado de llevarle la comida y de hacerle la cama; le indic un botn de timbre para cuando necesitase algo de la portera, y le dijo por fin que poda considerarse como en su propia casa y recibir a quien tuviera por conveniente
CAPITULO XXVIII
Consagrado a una desagradable escena de familia.
Mientras Mauricio slo tuvo relaciones amorosas con seoras distinguidas, su conducta no suscit ningn reproche; pero ya no fue lo mismo al frecuentar el trato de Bocota. Su madre, que nunca se haba escandalizado ante aquellos amoros ciertamente pecaminosos, pero elegantes y discretos, puso el grito en el cielo al saber que su hijo no se recataba de vivir en relaciones con una cupletista. Berta, la hermanita de Mauricio, en "El Catecismo de Perseverancia", se enter de las aventuras de su hermano, y las refera con la mayor naturalidad a sus compaeras. Len, que acababa de cumplir siete aos, dijo a su madre un da, en presencia de varias seoras, que cuando fuera hombre, como Mauricio, tambin ira de jarana. El corazn maternal de la seora D'Esparvieu se sinti lastimado.
Simultneamente, un grave suceso de ndole particular, alarm a Renato D'Esparvieu: le fueron entregadas algunas letras firmadas con su nombre por Mauricio. Este no haba imitado la escritura de su padre, pero vease clara la intencin de un engao que constitua, sin duda, un fraude moral; por aadidura, se comprobaba que Mauricio se diverta desaforadamente, contraa vergonzosas deudas y se pona en peligro de cometer verdaderas indignidades. El padre de familia consult el caso con su esposa, y convinieron en que l amonestara con severidad a su hijo y le hablara de castigos rigurosos; intervendra la madre al punto, indulgente y acongojada, para recomendar la clemencia y el perdn a un padre justamente irritado. Prevenidos ya todos los detalles, a la maana siguiente el seor D'Esparvieu mand decir a su hijo que le aguardaba en el despacho. Para mayor solemnidad se haba endosado la levita, y este detalle indic a Mauricio que se trataba de un asunto serio. El jefe de la familia palideci un poco, y con voz trmula (era tmido) declar que no estaba dispuesto a tolerar las desordenadas costumbres de su hijo; exiga una enmienda inmediata y absoluta. Las disipaciones, las deudas y la frecuentacin de gentes maleantes, deban ser, desde luego, reemplazadas por el trabajo, el mtodo y el trato de personas dignas.
Mauricio estaba dispuesto a excusarse respetuosamente ante su padre, cuyos reproches crea justos; pero tambin era tmido, por desgracia, y la levita con que se haba revestido el seor D'Esparvieu, para ejercer ms dignamente su magistratura domstica, desconcertaba cualquier impulso carioso. Callse por cortedad, y creyeron que Mauricio no contestaba por soberbia; aquel silencio inconveniente oblig al seor D'Esparvieu a repetir sus reproches y a emplear palabras ms duras. Abri un cajn de la mesa donde Alejandro D'Esparvieu haba escrito su Ensayo acerca de las instituciones civiles y religiosas de los pueblos, y sac las letras firmadas por Mauricio:
Te diste cuenta, hijo mo, de que falsificabas un documento al escribir mi nombre? Para redimirte de una culpa grave
De pronto, como estaba convenido, la seora D'Esparvieu se present, vestida ya para salir. Le corresponda en aquella escena el papel de "ngel del perdn", pero, triste y spera, no estaba en figura ni en carcter. Mauricio, que posea el germen de todas las virtudes comunes y necesarias, amaba y respetaba a su madre; ambala ms por deber que por inclinacin, y su respeto era ms rutinario que profundo. La seora D'Esparvieu tena el cutis erisipelado, y como se haba puesto polvos, deseosa de mostrar una palidez propia del momento, ofreca un color semejante al de las frambuesas cubiertas de azcar. Mauricio no pudo sustraerse a tanta fealdad, inoportunamente revelado por su buen gusto, una fealdad algo repugnante, y mal impresionado, cuando la seora repiti los reproches con que su esposo recriminaba poco antes al hijo prdigo, ste volvi la cabeza para ocultar un gesto desapacible.
La madre prosigui:
Tu ta Saint-Fain se cruz contigo en la calle; dice que acompaabas a una mujerzuela y te agradeci muchsimo que te abstuvieses de saludarla.
Entonces Mauricio ya no pudo contenerse:
Mi ta Saint-Fain, de qu se escandaliza? Mientras fue joven se hart de hacer locuras, y de vieja hipcrita quisiera imponer a los dems
Se contuvo, porque sus ojos advirtieron en los de su padre ms tristeza que indignacin. Mauricio se arrepenta de sus palabras como de un crimen, sin comprender cmo pudieron escaprseles. Se hallaba enternecido y dispuesto a pedir Perdn con lgrimas y de rodillas, cuando su madre clav los ojos en el techo y suspir:
Por qu me castigaste, Dios mo, con la pena de tener un hijo tan culpable!
Exasperado al or aqul apstrofe, que juzg afectado y ridculo Mauricio desech su arrepentimiento para entregarse al orgullo delicioso del crimen. Se precipit con rabia en la insolencia en la rebelda, y vocifero estas palabras que nunca debieron decirse a una madre:
Puesto que me provoca usted para que se lo diga, mam, sera ms oportuno que reprocharme las complacencias de una bella cantante famosa y desinteresada, prohibir a mi hermana mayor, la seora de Margy, que se exhiba todas las noches en los salones y en los teatros con un individuo despreciable y asqueroso de quien est enamorada. Tambin debiera usted enterarse de que Bertita escribe cartas obscenas con la letra desfigurada y las coloca en su devocionario taimadamente; luego las descubre con fingido asombro y se las entrega a usted para provocar tribulaciones y sobresaltos. Tampoco sera inoportuno que reprendiese usted a mi hermano Len, el cual, a los siete anos!, ya se procura satisfacciones amorosas con la seorita Caporal; y tambin podra decirle usted a su doncella
Vyase de aqu ahora mismo! Le arrojo de mi casa! grit Renato D'Esparvieu.
Lvido, colrico, sealaba la puerta con el ndice Tembloroso.
CAPITULO XXIX
Donde se ve al ngel convertido en hombre, portarse como un hombre, codiciar la mujer ajena y burlar a su amigo. Tambin se pone de manifiesto la correcta conducta del joven D'Esparvieu.
El ngel se hallaba muy complacido en su nuevo refugio; trabajaba por la maana, sala por la tarde sin preocuparse de los agentes que lo vigilaban, y se retiraba por la noche para dormir. Mauricio reciba, como siempre, a la seora de Aubels dos o tres veces por semana en el saloncito de la aparicin.
Todo se desenvolva metdicamente, hasta que cierta maana se present Gilberta para recoger su bolso de terciopelo, olvidado la tarde anterior sobre la mesita del saloncito, y encontr a Arcadio en batn, hundido en el sof y ocupado en meditar la conquista de los cielos, mientras fumaba un cigarrillo.
Al verle, grit sorprendida:
Est usted en casa, caballero? Le aseguro que no cre encontrarle Vengo a buscar el bolso que me dej olvidado Con permiso de usted Y pas cerca del ngel muy de prisa y con precauciones, como si pasara junto a un hornillo.
La seora de Aubels ofreca un encanto sin igual aquella maana, con su vestido hechura sastre y color de reseda. La falda estrecha dibujaba sus menores movimientos, y cada uno de sus pasos era un prodigio sensual de los que desconciertan el corazn de los hombres.
Volvi de la habitacin contigua con su bolso en la mano.
Le repito que me perdone. Yo no pude suponer
Arcadio la rog que no se fuera tan pronto, que descansara un instante.
Nunca imagin, caballero, que al venir yo a esta casa, como ahora he venido, tuviera que compartirla con usted. No ignoro lo mucho que le quiere Mauricio, pero, sin embargo, ni sospechaba
El cielo se haba encapotado repentinamente; la oscuridad invada el aposento. La seora de Aubels dijo que sali para dar un paseo higinico; pero como amenazaba tormenta no quera volver a pie, y pregunt si era posible que fuesen a buscarle un cache.
Arcadio se arroj a los pies de Gilberta, la oprimi entre sus brazos como a un nfora preciosa y pronunci palabras reveladoras de su deseo, a pesar de su incoherencia. Ella le tapaba la boca y los ojos con las manos y repeta:
Le odio! Me da horror!
Entre sollozos pidi un vaso de agua; apenas poda respirar. El ngel ayud a desabrocharla. En aquel peligro inminente, Gilberta se defenda con herosmo, y exclam al fin:
Eso no! Eso no ha de ser! No ser suya, porque lo deseo demasiado!
Su resistencia no la impidi sucumbir.
En la grata intimidad que sigui a su mutuo aturdimiento, ella le dijo:
A menudo preguntaba por ti. Supe que frecuentabas las cerveceras de Montmartre y que acompaabas muchas veces a la seorita Bocota, la cual no es una preciosidad; supe que te elegantizabas y que tenas dinero. Todo esto me pareci lgico, porque yo estaba segura de que triunfaras. El da de tu sealaba con un dedo el rinconcito del armario de luna, de tu aparicin, juzgu inconveniente que Mauricio te procurase las vestiduras de un suicida. Desde luego que fuiste grato; ah!, no por tu belleza, no. Las mujeres no somos tan sensibles a los atractivos exteriores como los hombres piensan. Otras causas nos inspiran el amor. Algo indecible Bueno, no! Te aseguro que me enamoraste inmediatamente.
Una oscuridad absoluta los envolva.
Gilberta pregunt:
Verdad que no eres un ngel? Mauricio lo cree, pero Mauricio cree tantas cosas! Sus ojos brillaron, risueos y burlones.
Confisame que le has engaado y que no eres un ngel verdad?
Arcadio respondi:
Slo me interesas t en el mundo, y siempre ser para ti lo que t quieras que sea.
Gilberta discurri que Arcadio no era un ngel, porque no hay ngeles humanos y por otras razones que le recordaban sus arrebatos amorosos. El no la contrari, y una vez ms sus palabras no bastaron para expresar sus sentimientos.
En la calle caa la lluvia insistente y copiosa; el agita se filtraba por las rendijas de las ventanas; un rayo ilumin los visillos de muselina; el trueno hizo retemblar los cristales. Despus de santiguarse, Gilberta se acurruc sobre el pecho de Arcadio, y le dijo:
Tu piel es ms blanca que la ma.
En aquel momento Mauricio entr en la estancia, mojado, sonriente, satisfecho, tranquilo, feliz para anunciar a su ngel custodio que, a medias con l, haba ganado en las carreras de Longchamp doce veces la apuesta.
Pero al sorprender a su querida con Arcadio en voluptuoso desorden, se indign. La clera le puso en tensin los msculos del cuello, le arrebol el rostro y le hinch las venas de la frente. Se lanz sobre Gilberta con los puos cerrados y, de pronto, se detuvo.
El impulso contenido se convirti en fiebre; Mauricio arda, humeaba. Sus furores no le armaron, corno los de Arquloco, de un lirismo vengador.
Se limit a dar a la infiel un calificativo propio de su comprometida situacin.
Pero en cuanto Gilberta pudo mostrarse decentemente, con el vestido abrochado y en actitud correcta, recobr su dignidad. Se irgui como la ms digna y encantadora de las mujeres, y fulmin contra su acusador los rayos de sus ojos donde a la vez resplandeca la virtud ultrajada y el amor compasivo. Fue necesario que el joven D'Esparvieu insistiera en abrumarla con invectivas montonas y groseras para que, irritada por fin, ella replicase:
Tienes vocacin de cornudo, amigo mo. Acaso me propuse nunca buscar a tu camarada? Eres tu quien lo trajo aqu. T y de qu manera! Me tendiste un lazo para entregarme sin dificultad a ese hombre Bonito proceder! Afortunadamente han fracasado tus planes.
Mauricio se limit a contestar:
Fuera de aqu, lagartona!
Hizo un ademn, como si estuviese decidido a echarla de un puntapi.
Arcadio sufri al ver a su amada vctima de tan insolente actitud, pero no se consideraba entonces autorizado para reprender a Mauricio. La seora de Aubels, revestida con todos los atributos de su dignidad, fij en el joven D'Esparvieu su mirada imperiosa, y le dijo:
Manda que acerquen un coche.
Es tan poderosa la influencia ejercida por las mujeres en una sociedad galante, que aquel francs, obediente, sin replicar, sali a decir al portero que necesitaba un taxi. La seora de Aubels despidise de Mauricio con una despreciativa mirada, como debe mirar una mujer al hombre burlado por ella mientras le humilla y a la vez le exalta con el atractivo delicioso de todas sus actitudes. Mauricio, al verla salir, aparent una indiferencia que no senta; luego se acerc al ngel, cuyo batn rameado era el mismo que llevaba puesto Mauricio el da de la aparicin (circunstancia insignificante, al parecer, y que, sin embargo, acrecent el resentimiento del protector lastimosamente engaado), y le dijo:
Te luciste! Deberas enorgullecerte de ser el individuo ms despreciable que se conoce. Qu desdicha, perder la dignidad en tonto! Porque si esa mujer te agradaba, pudiste decrmelo, y como ya no la quiero, te la cediera gustoso.
Esto lo deca para ocultar su dolor, atrado por los encantos de Gilberta, cuya liviandad le atormentaba. Y prosigui:
Te aseguro que tuve intenciones de proponrtelo; pero tu indelicadeza se me anticipa. Te has portado como un cochino.
Bastara en aquel instante la ms ligera disculpa, una palabra cariosa de Arcadio, para que Mauricio, deshecho en lgrimas, perdonase al amigo y a la querida y quedaran los tres complacidos, felices y satisfechos. Pero el ngel desconoca la ternura humana; no haba sufrido lo necesario para compadecer a los que sufren, y respondi con glacial prudencia.
Querido Mauricio, la necesidad, que gua y encadena las acciones de los seres animados, produce con frecuencia efectos imprevistos, y a veces absurdos. As puedo explicarte un suceso que te desagrada; y si dispusieras de una conveniente filosofa natural para juzgarlo, no me reprocharas; porque la voluntad es ilusin y las afinidades fisiolgicas, exactamente determinadas como las combinaciones qumicas, podran reducirse tambin a frmulas. Creo posible inculcar en tu cerebro estas verdades, pero sera un razonamiento largo y penoso que acaso no bastase para devolverte la serenidad perdida. Lo inevitable ya, es que me vaya
No te vayas! repuso el joven D'Esparvieu.
Su claro concepto de las obligaciones sociales le haca poner el honor sobre todo cuando era preciso; y en aquel momento estaba seguro de que solamente con sangre se borrara la injuria que le infirieron. Esta idea tradicional imprima una inesperada nobleza a su actitud y a su lenguaje y prosigui:
Caballero! Yo soy quien debe salir ahora mismo de esta casa para siempre. Usted es un desterrado y ha de aguardar aqu la visita de mis padrinos.
El ngel sonri.
Los recibir, si lo deseas; pero debes recordar, Mauricio, que soy invulnerable. Los espritus celestes, aun cuando se presenten bajo forma carnal, no sucumben atravesados por una bala o por un acero. Reflexiona el conflicto que nos crea esta desigualdad inevitable, y lo absurdo que seria decirles a tus testigos que no puedo aceptar el duelo por ser mi sustancia de naturaleza inmortal.
Caballero! replic el ilustre vstago de los Bussart D'Esparvieu, debi usted meditar esos inconvenientes antes de agraviarme.
Y se fue. Su arrogancia desmay al sentir el aire de la calle; se tambaleaba como un borracho
Llova sin cesar. Paso a paso andaba Mauricio sordo, ciego, sin saber por dnde; meta los pies en el agua, se cubra de barro. Anduvo as por los bulevares de la Ronda, y cuando la fatiga le rindi sentse junto a la valla de un solar; sus lgrimas deslean sobre su rostro las salpicaduras de fango, y por el ala de su sombrero corra el agua como por un canal. Un transente compasivo le arroj una moneda de cobre; Mauricio la cogi, la, guard cuidadosamente, se levant, y fue a buscar padrinos.
CAPITULO XXX
En el cual se relata un lance de honor, y donde se apreciar si es cierto, como lo supone Arcadio, que la experiencia de nuestros errores nos encamina hacia el bien.
Haban acordado que se verificara el duelo en el jardn del coronel Manchon, bulevar de la Reine, en Versalles. Los seores de la Verdelire y Truc de Ruffec, favorecidos ambos por su continua intervencin en esta clase de asuntos, conocan minuciosamente las reglas a que se ajustaban los lances de honor, y apadrinaron a Mauricio D'Esparvieu. No se realizaba ningn duelo en el mundo catlico sin contar con el seor de la Verdelire, y para dirigirse a este caballero ducho en lances de honor Mauricio tuvo que vencer alguna repugnancia, porque haban sido notorias sus relaciones con la seora de la Verdelire, pero la costumbre admitida por todos le obligaba en aquel momento; por otra parte, el seor de la Verdelire no poda ser considerado como un marido: era una institucin. En cuanto al seor Truc de Ruffec, nunca se le conocieron otros recursos ni otro empleo: se dedicaba completamente al honor, y cuando algunos maliciosos lo hacan notar, se les tapaba la boca preguntndoles si era posible tener una profesin ms honrosa que la del honor. El prncipe Istar y Tefilo fueron los padrinos de Arcadio. El ngel msico no intervena en aquel lance por su gusto y librrima voluntad. Le inspiraba horror todo gnero de violencias y condenaba el duelo; ranle insoportables el choque de las espadas y las detonaciones de las pistolas, y se desmayaba cuando vea brotar sangre de una herida. Se neg tenazmente a ser el segundo padrino de su hermano celestial y fue necesario, para decidirle, que le amenazara el querube con romperle sobre la cabeza una botella de panclastita. Adems de los adversarios, los padrinos y los mdicos, entraron en el jardn algunos oficiales de la guarnicin de Versalles y varios periodistas. Aun cuando al joven D'Esparvieu slo se le conoca como hijo de familia y Arcadio era completamente desconocido, aquel duelo inspir mucha curiosidad, y los balcones de las casas prximas hallbanse rebosantes de fotgrafos, de gacetilleros y de personas distinguidas. Como se haba dicho que una mujer era la causa del disgusto, se comentaba el lance; muchos aseguraban que lo provoc Bocota, y atribuan los ms la culpa a la seora de Aubels. Por aadidura, bastaba que interviniese en un duelo el seor de la Verdelire para que se interesase todo Pars.
Luca un cielo azul; los rosales del jardn se hallaban cubiertos de rosas; un mirlo cantaba. El seor de la Verdelire, juez de campo, uni las puntas de las espadas y pronunci la frase de reglamento:
Adelante, caballeros.
Mauricio D'Esparvieu amagaba engaosamente y bata el arma de su rival. Arcadio se limit a mantener su espada en lnea. El primer asalto no tuvo consecuencias. Los testigos creyeron que el joven DEsparvieu se hallaba en un estado lamentable de irritabilidad nerviosa, y que su adversario seguira mostrndose firme y sereno. Al segundo asalto Mauricio menudea sus ataques, tiende los brazos y descubre el pecho; trase a fondo, y en un avance consigue apoyar en el cuerpo de Arcadio la punta de su espada. Todos aseguran que Arcadio est herido, pero al reconocer a los combatientes comprueban, asombrados, que es Mauricio quien tiene un rasguo en la mueca. Mauricio afirma que no le produce la menor molestia, y el doctor Quille, despus de un minucioso examen, declara que su cliente no qued en condiciones de inferioridad.
Pasados los quince minutos de observacin reglamentaria, el duelo contina. Mauricio ataca de nuevo con violencia. Es notorio que su adversario no tiene inters en herirle y (esto es lo que ms intranquiliza al seor de la Verdelire) que ni siquiera pone cuidado en defenderse. Al quinto asalto, un perro de aguas negro, cuya presencia en el jardn hasta entonces no fue advertida, asoma entre unos rosales y penetra en el terreno de la lucha. Sin que basten a detenerle palabras y ademanes hostiles, el perro pasa entre las piernas de Mauricio, cuyo brazo languidece cuando adelanta el hombro como si se tratase de avivar a empujones el juego de su espada contra el espritu invulnerable. Y, por fin, al tirarse violentamente a fondo se atraviesa el brazo con la punta del acero de su rival.
El seor de la Verdelire da por terminado el combate, que dur noventa minutos. Sientan a Mauricio, contrado por el dolor, en un banco verde al pie de un muro cubierto de glicinas, y mientras los mdicos le hacen la cura, l tiende hacia su ngel custodio el brazo herido, le hace seas para que se aproxime, y al verle pesaroso por su victoria, dice, mientras le abraza:
Ten generosidad, Arcadio, y perdname tu traicin. Ahora ya puedo rogarte que te reconcilies conmigo.
Besa a su camarada en la mejilla y, entre lgrimas, le murmura al odo:
Irs a verme; lleva contigo a Gilberta.
Mauricio no se haba reconciliado an con sus padres y orden que le condujesen al entresuelo de la calle de Roma.
Acababa de acostarse cuando se le presentaron Arcadio y Gilberta, y las colgaduras de su lecho se hallaban recogidas como en el momento de la aparicin. Empez a sentir dolores agudos y se apoder de su cuerpo la fiebre, pero se mostraba tranquilo, satisfecho, feliz. El ngel y la mujer se arrojaron a los pies de la cama. Mauricio, sonriente, uni en su mano izquierda las diestras de sus amigos y les bes las mejillas con ternura:
Puedo aseguraros que ya nunca me disgustar con vosotros les dijo, porque no volveris a engaarme. Ahora os conozco y os creo capaces de todo.
Gilberta, desconsolada, jur a Mauricio que nunca le haba sido infiel con Arcadio ni con otro alguno, y lament que se dejase alucinar por vanas apariencias. Era tan grande su ansia de sinceridad, que sus mentiras llegaron a parecerle verdades.
Por qu te disculpas, Gilberta? dijo con dulzura el herido. Lo hecho, echo est; no hay razn para que niegues haberme burlado en esta misma estancia y de una manera indecorosa, con mi mejor amigo, ya que, gracias a tu liviandad, nos vemos reunidos aqu los tres, y de otro modo no disfrutara yo ahora el goce mayor de mi vida. Oh Gilberta!, no te mortifiques para disfrazar sucesos evidentes y gratos.
Puesto que t lo deseas, amigo mo replic Gilberta, un poco desalentada, no te lo negar. Slo quiero agradarte.
Por indicacin de Mauricio sentse Gilberta sobre la cama y ocup el ngel un silln junto a la cabecera.
Mi espritu inocente dijo Arcadio, al tomar forma humana, se inclin hacia el mal. As me perfecciono.
Vaya, no exageres repuso Mauricio. Juguemos al bridge.
Acababa de ver el enfermo tres ases en su mano, cuando se le nubl la vista. Se deslizaron las cartas entre sus dedos, cay su cabeza sobre las almohadas y se quej de un dolor muy agudo en la sien. Al poco rato, la seora de Aubels tuvo que acudir a varias visitas; le interesaba mucho presentarse a las gentes para desmentir con su actitud tranquila y serena las murmuraciones referente a sus amoros. Arcadio la condujo hasta la puerta; y al besarla se impregn de tal modo de su perfume, que ola como ella cuando volvi a su alcoba donde Mauricio dormitaba.
Me satisface mucho murmur el enfermotodo lo que sucede.
No, poda ser de otro modo adujo Arcadio.Todos los ngeles rebeldes, en mi caso, habran hecho con Gilberta lo que yo hice. Ya lo dijo el Apstol: "Que las mujeres oren ocultas bajo un velo, para no turbar a los ngeles." El Apstol no ignoraba el poder soberano de la hermosura. En cuanto los ngeles ponen los pies en la Tierra sienten ansias de amores mundanos; su acoplamiento es terrible y delicioso, porque poseen el secreto de las ciencias inefables que sumergen a las hijas de los hombres en abismos de voluptuosidad; acercan a los labios de sus gozosas vctimas una miel ardiente, les abrazan la sangre de las venas en un incendio vivificador y las dejan complacidas y tronchadas.
Cllate, cerdo! exclam el herido.
Permteme que acabe repuso el ngel; terminada mi justificacin, te dejar descansar tranquilamente. Para cerciorarte de que no exagero, Mauricio, puedes consultar acerca de las caricias de los ngeles, a Justino, Apologas, I, II; a Flavio Josefo, Antigedades judaicas, libro I, captulo III; Atengoras De la Resurreccin; Lactancio, libro II, captulo XV; Tertuliano, Del velo de las Vrgenes; Marcos de Efeso Psellus; Eusebio, Preparacin Evanglica, libro V, captulo IV; San Ambrosio, en el libro de No y el Arca, captulo V; San Agustn, Ciudad de Dios, libro XV, captulo XXIII; padre Meldonat, jesuita, en su Tratado de los demonios, pgina 218; Pedro Lebyer, consejero del rey
Arcadio, cllate, por piedad!; cllate!, cllate!, y ahuyenta ese perro exclam Mauricio con la cara encendida y los ojos febriles.
Su delirio le haca ver sobre la cama un perro de aguas negro.
La seora de la Verdelire, que practicaba todas las elegancias mundanas y nacionales, distinguase como una de las ms encantadoras enfermeras de la elevada sociedad pariciense. Fue a enterarse del estado en que se hallaba Mauricio y se ofreci a cuidarle, pero, atento a las vehementes indicaciones de la seora Aubels, Arcadio se opuso a que pasara de la puerta. Afluyeron a casa de Mauricio innumerables testimonios de simpata. Infinitas tarjetas con una punta doblada se amontonaban en una bandeja enorme. Uno de los primeros que llev al entresuelito de la calle de Roma la expresin de su caballeresca simpata fue el seor de Truc de Ruffec, el cual tendi a Mauricio su mano leal y le pidi, como hombre de honor a otro hombre de honor, veinticinco luises para pagar una deuda de honor.
Diablo! Comprenda usted Mauricio, que un caballero de mi fuste no puede confiar a cualquiera un servicio semejante.
Aquel mismo da, Cayetano, D'Esparvieu fue a dar un apretn de manos a su sobrino. Este hizo la presentacin de Arcadio.
Ah tiene usted a mi ngel custodio, cuyo pie le pareci tan perfecto al ver la huella de su pisada recogida por el polvo de talco delator. Hace un ao se apareci en esta misma estancia. To, usted lo duda, verdad? Sin embargo, es absolutamente cierto.
Y dirigindose al espritu, prosigui:
T qu dices, Arcadio? El reverendo Patouille, telogo eminente y sacerdote ilustre, niega tu condicin de ngel; y mi to Cayetano, absolutamente irreligioso, hasta el punto de no recordar siquiera la doctrina cristiana, la niega tambin. Desconocen tu naturaleza, uno porque tiene fe, y el otro porque no la tiene; en vista de lo cual puede asegurarse que tu historia, si alguien se decide con el tiempo a relatarla, no parecer verosmil. Por, cierto que no acreditara ser hombre de buen gusto quien se atreviese a intentar semejante narracin, que le valdra ms censuras que aprobaciones. Bonita historia la tuya! El cario no me impide juzgarte con severidad. Desde que te volviste ateo eres un perfecto malvado. Angel rebelde, amigo infiel, traidor, homicida. S; homicida; porque, sin duda para asesinarme a mansalva, dispusiste que me soltaran un perro de aguas negro que se me enred entre las piernas.
El ngel encogiese de hombros y dirigi al to Cayetano estas palabras:
Caballero, no me sorprende que le merezca tan escaso crdito mi condicin, pues tengo noticia de que tampoco reconoce la existencia del cielo judeocristiano, de donde yo sal.
Seor mo repuso el to Cayetano: sera necesario que me formara otra idea de Jehov para creer en sus ngeles.
El que usted llama Jehov, caballero, slo es un demiurgo ignorante y tosco llamado Ialdabaoth.
Seor mo, si es as, me predispone mucho en su favor. Mi limitada inteligencia ya no se resiste a comprenderlo. Cmo sigue?
Mal. Dentro de un mes le destronaremos.
No se acostumbre usted a vivir de ilusiones, como el piadoso hermano Cuissart, que todas las maanas a la hora del desayuno, dice que la Repblica debe caer de un momento a otro As lleva treinta y tantos aos
Ya lo ves, Arcadio adujo el joven D'Esparvieu; mi to Cayetano piensa como yo; est seguro de que no puedes vencer.
Y en qu se funda usted, caballero, para estar seguro de mi derrota?
Me fundo, seor mo, en que Ialdabaoth, cuyo poder celestial desconozco, tiene an mucho arraigo en la Tierra. En otro tiempo le sostenan los sacerdotes y los fanticos; pero ahora le amparan los incrdulos y le defienden los filsofos. Recientemente, un pedante llamado Picrcolo, a fin de favorecer los negocios de la Iglesia, quiso demostrar que la Ciencia se declaraba en bancarrota, y en estos das acaba de salir a luz un invento curioso: el Pragmatismo, que se propone hacer compatible la religin con el pensamiento.
Ha estudiado usted el Pragmatismo?
Ni lo suponga usted siquiera! En mi frvola juventud, se me ocurri leer a Hegel y a Kant, pero al adquirir la serenidad que traen consigo los aos, ya slo me preocupan las formas sensibles, lo que mis odos oyen y mis ojos ven, el arte. De ah no pasa el hombre. Lo dems, puro ensueo.
As continu la conversacin hasta la noche, y la matizaban con obscenidades que hubieran ruborizado no solo a un coracero, lo cual no es muy excesivo porque los coraceros suelen ser castos, sino a una parisiense.
A ltima hora el seor Sariette visito a su antiguo discpulo; y al presentarse en la estancia, por encima de la cabeza calva del bibliotecario apareci el busto de Alejandro D'Esparvieu. Se acerc al lecho, y los cortinajes azules, el armario de espejo y la chimenea, se vieron de pronto convertidos en las abarrotadas estanteras de la sala de los filsofos y las esferas; la multitud abrumadora de libros, cartones y papeletas enrarecan el aire. La biblioteca y el seor Sariette se amalgamaban de tal modo, que no era posible verle ni pensar en l sin que surgiese y le rodease todo aquello. Su figura se ofreca plida, ms borrosa, ms tenue y ms imaginaria que las visiones sugeridas por su presencia.
Mauricio se mostr agradecido a la prueba de amistad que le daba el pobre viejo.
Sintese usted, seor Sariette. A la seora de Aubels ya la conoce, ahora le presento a mi ngel custodio: Arcadio. Este es quien saque la biblioteca durante dos aos, cuando an era invisible. Por su culpa perdi el apetito y estuvo a punto de volverse loco. Entretenase llevando a mi pabelln los viejos volmenes de los armarios. Un da le rob, en sus propias barbas una joya bibliogrfica, y el trastorno que le produjo le desplomo a usted sin sentido en la escalera. Otro da se apoder de un folleto de Reinach y obligado a salir conmigo de pronto (porque no me abandonaba casi nunca, segn despus he sabido), se le cay en la calle de la Princesse. No fue por descuido, seor Sariette, sino por falta de bolsillos. Arcadio era invisible. Yo lamento amargamente, seor Sariette, que todos los libros y legajos de la biblioteca no hubieran sido arrastrados por una inundacin o devorados por un incendio. Por su culpa enloqueci mi ngel y vive como un hombre sin fe y sin ley. Gracias que ahora yo le sirvo de ngel custodio, pero sabe Dios cmo acabar todo esto!
Mientras oa tales razones, el seor Sariette dejaba traslucir en su rostro una expresin de tristeza infinita, irreparable; una tristeza de momia, y al despedirse de Arcadio el infeliz viejo le murmur al odo, sin que fuera posible ocultar su desolacin:
Esta pobre criatura est muy grave. Cmo delira!
Mauricio llam al bibliotecario para decirle:
No se vaya usted, seor Sariette, y jugar una partida de bridge con nosotros. Y ahora, permtame que le aconseje: no imite usted mi conducta; no se trate con personas de malas costumbres ni frecuente los antros de vicio Se condenara! Seor Sariette, antes de que se vaya he de pedirle un favor: cuando vuelva usted a verme, trigame un libro de meditaciones piadosas para que yo estudie los fundamentos de la verdadera religin. Quiero devolver a mi ngel custodio la fe que ha perdido!
CAPITULO XXXI
Donde se admira cun fcilmente un hombre honrado, tmido, bondadoso, puede cometer un crimen horrible.
Muy apesadumbrado por las divagaciones incomprensibles de Mauricio, el seor Sariette subi al autobs y se fue a ver al viejo Guinardon, su amigo, su entraable amigo, la nica persona del mundo que le alegraba con su presencia y con su charla. Cuando el seor Sariette se present en la tienda de la calle de Courcelles Guinardon dormitaba hundido en una poltrona antigua. Los cabellos ensortijados y la barba frondosa del viejo servan de marco a su rostro enrojecido; unos filamentos amoratados surcaban su nariz arrebolada por el vino de Borgoa. No era posible dudar que beba con exceso. A dos pasos de la poltrona, sobre la mesita de costura de la joven Octavia, languideca una rosa en un jarrito de cristal y en el cesto de costura descansaba una labor de punto a medio hacer. Cada vez eran ms frecuentes las ausencias de la garrida moza y nunca se daba el caso de que fuese a la tienda el seor Blacmesnil cuando ella no estaba. Obedeca esto a que, tres veces por semana, iban los dos a una casa de citas muy prxima de los Campos Elseos, donde pasaban la tarde juntos. El viejo Guinardon ignoraba su desventura, pero sufra las consecuencias.
Al estrechar la mano de su amigo, el seor Sariette no le pregunt por la joven Octavia, porque desconoca; su intimidad, y estuvo a punto de recordarle aquella Ceferina cruelmente abandonada y merecedora, en su opinin, de ser la legtima esposa. El bibliotecario era prudente y se limit a preguntar a Guinardon cmo andaba de salud.
Muy bien afirm el artista, dolorido y enfermo, ya porque los aos y el amor hubieran debilitado al fin su robusta naturaleza, ya por los disgustos que le haca sentir la infidelidad de la joven Octavia. Muy bien! A Dios gracias, no se rinden las energas de mi cuerpo ni las de mi espritu. Soy casto, Sariette, soy casto; y la castidad hace fuertes a los hombres.
Aquella tarde haba sacado el viejo Guinardon varios libros preciosos, de los que guardaba en la cmoda de madera de violeta, para enserselos al notable biblifilo seor Meyer, y al ver los libros sobre el mrmol de la cmoda el seor Sariette no pudo evitar el deseo de examinarlos minuciosamente, porque los libros le atraan. El primero que hoje era La doncella encuadernado en tafilete y aada la "continuacin" inglesa. Fue, sin duda, bochornoso para su espritu de francs y de cristiano admirar aquel texto y aquellas lminas; pero un hermoso ejemplar le pareca siempre digno y puro. Mientras hablaba muy afectuosamente con Guinardon, iba cogiendo y dejando uno tras otro los libros del anticuario, valorados ya por su encuadernacin, ya por sus lminas, ya por su procedencia ya por su rareza. De pronto escapsele un grito sublime de alegra y de ternura triunfantes; acababa de coger el Lucrecio de Felipe de Vendme, su Lucrecio, y lo mantena oprimido sobre su pecho.
Al fin lo recobro! suspir mientras se lo acercaba a los labios.
No comprenda el viejo Guinardon las apasionadas manifestaciones de su amigo; pero cuando ste le declar que aquella joya formaba parte de la biblioteca D'Esparvieu, que aquel precioso libro era suyo y que se lo llevara inmediatamente sin ms requisitorias, el anticuario, completamente despierto ya, se levant, y asegur que aquello le perteneca, que lo compr en toda regla y que slo a quien le diese cinco mil francos le consentira que se lo llevara.
Usted no me ha entendido le replicaba Sariette. Se trata de un libro de la biblioteca D'Esparvieu. Tengo la obligacin de reintegrarlo a su estante.
Nada, nada; que no se lo lleva usted as.
Me pertenece y lo recobro!
Sera una locura, mi buen Sariette.
Advirti en el bibliotecario una extraa exaltacin, y despus de arrebatarle a viva fuerza el codiciado Lucrecio, habl de otros asuntos para distraerle.
Ha visto usted, Sariette, de qu modo esos marranos tratan de acochinar el palacio Mazarino, y van a recubrir de no s qu obras de arte la punta de la poblacin vieja, el sitio ms respetable y ms hermoso de Pars? Son peores que los vndalos, porque los vndalos destruan los monumentos de la antigedad, pero no los reemplazaban por edificios inmundos, ni construan puentes de un estilo infame, como el de Alejandro. Esa desdichada calle de Garancire, donde usted vive, Sariette, ahora es vctima de los brbaros. Adnde se llevaron el hermoso mascarn de bronce de la fuente palatina?
El seor Sariette, que ni siquiera le oa, insisti:
Guinardon, usted no me ha entendido; esccheme: ese libro pertenece a la biblioteca D'Esparvieu. Me lo robaron. Cmo? Quin? Lo ignoro. Tenan lugar en la biblioteca sucesos misteriosos y terribles. Ya lo sabe usted: ese Lucrecio es mo, y como usted es un hombre honrado me lo dar. Yo lo restituir a su dueo, y estoy seguro de que le indemnizar esplndidamente el seor DEsparvieu. Obre usted ahora, como siempre, conforme a su nunca desmentida nobleza.
El anticuario sonrea desdeoso.
Es posible confiar en la esplendidez de un avaro como el seor D'Esparvieu, que desollara una pulga para conservar la piel? Mreme usted, amigo mo, y diga si yo tengo cara de bobo. Usted no ignora que Renato D'Esparvieu se neg a pagar cincuenta francos a un cambalachero por el retrato de Alejandro D'Esparvieu, su antepasado glorioso, pintado por Hersent, y el ilustre personaje contina en el bulevar Montparnasse, frente al cementerio, en el tenderete de un judo, donde se mean todos los perros del barrio Confiar en la esplendidez del seor DEsparvieu! Qu ocurrencia!
En este caso, Guinardon, me comprometo a pagarle yo mismo de mi dinero la indemnizacin que los rbitros acuerden. Conformes?
No sea usted generoso con los ingratos, amigo Sariette. Renato D'Esparvieu, por un mezquino salario que un ayuda de cmara despreciara, dispone de los conocimientos, del asiduo trabajo, de la vida entera de un hombre como usted, tan simple, que an ofrece un sacrificio mayor Djelo; no se preocupe Adems, llega tarde, porque ya esta vendido
Vendido! A quin? pregunt el seor Sariette, anonadado.
A usted qu le importa? Bstele saber que no solamente no vera ms el dichoso libro, sino que ni siquiera le hablar nunca de l. Se lo lleva un yanqui.
Un yanqui! Mi Lucrecio, con el escudo de Felipe de Vendome y anotado por Voltaire se lo lleva un yanqui!
El viejo Guinardon rea estrepitosamente, y dijo:
Amigo Sariette, me recuerda usted al amante de Mann Lescaut cuando le anuncian que su querida va deportada al Mississipp: "Mi adorable Mann al Mississipp!
Imposible! replic el seor Sariette, muy plido; ese libro no se lo llevar un yanqui; ha de volver a la biblioteca Esparviana, de donde sali. Tenga usted la bondad de entregrmelo.
Por segunda vez el anticuario desvi la conversacin, que ya entraba en camino escabroso.
Amigo Sariette, usted no me habla de mi Greco; ni siquiera lo mira, y es magnfico!
Guinardon inclinaba el cuadro para que recibiese bien la luz. Luego prosegua:
Vea tambin el San Francisco, el Pobre de Dios, el Hermano de Jess, cuyo cuerpo fuliginoso elvase al cielo como humo de un sacrificio agradable al Seor, como el sacrificio de Abel.
Ese libro, Guinardon! ruga Sariette sin orle ni volver la cabezaDme usted ese libro!
El viejo Guinardon encolerizse de pronto, se le hincharon las venas de la frente, y grit:
Ya me tiene usted harto!
Y en tanto, se meta el Lucrecio en el bolsillo interior de su americana.
Entonces el seor Sariette se arroj sobre el anticuario, acometile con furor inaudito, y sacando fuerzas de flaqueza precipit al robusto viejo sobre la poltrona donde sola sentarse Octavia.
Aturdido y furioso, el artista vomitaba espantosas injurias contra el manitico bibliotecario, de un puetazo lo arroj sobre La coronacin de la Virgen, el cuadro de fra Anglico, puesto en un caballete, que se vino al suelo ruidosamente. Sariette acometi de nuevo, con el propsito inquebrantable de arrancar el Lucrecio del bolsillo donde se hallaba guardado, y entonces el viejo Guinardon le habra aplastado la cabeza si no hubiera desviado el golpe su propio furor y dejase caer el puo como una maza sobre la mesita de costura de la ausente. Sariette se lanz contra su adversario, sorprendido, le mantuvo sujeto a la poltrona y clav sus dedos sarmentosos en el cuello robusto, que se amorataba con la insistente presin de las manos. El artista hizo un esfuerzo para desasirse, pero las uas del bibliotecario no soltaban su presa y penetraron poco a poco en la carne tibia; Guinardon se ahogaba; su cuerpo enorme, palpitante, rendido, entremecase de cuando en cuando, y caa de su boca un hilillo de saliva. Luego se inmoviliz, y las manos homicidas an se deleitaban oprimiendo, clavndose. Le cost a Sariette algn esfuerzo desprenderlas.
Le martilleaban las sienes, pero entre zumbidos oa el repiqueteo de la lluvia, los pasos amortiguados de los transentes y las voces de los vendedores de peridicos. Vio ir y, venir muchos paraguas Meti la mano en el bolsillo interior de la chaqueta del muerto, se apoder del libro y huy.
La hermosa Octavia no volvi a la tienda, porque fue aquella noche a dormir en el entresuelito de otro almacn de antigedades que acababa de comprar el seor Blancmesnil en la misma calle de Courcelles. El mozo encargado de cerrar la tienda encontr el cadver del artista caliente an, y avis inmediatamente a la portera, la cual dispuso que lo colocaran sobre un sof; encendile dos bujas y humedeci una ramita de boj en un platillo de agua bendita; despus cerr los ojos al difunto. El mdico encargado de certificar el fallecimiento lo atribuy a una congestin.
Avisada por la portera, seora Lenain, acudi Ceferina para velar al muerto. Pareca dormido. A la oscilante luz de las bujas, el San Francisco, del Greco, se alzaba como una humareda; los oros de los primitivos resplandecan en la oscuridad; cerca del lecho mortuorio resaltaba claramente una mujercita de Baudouin, que tomaba una medicina. Toda la noche resonaron en torno de la casa los amargos lamentos de Ceferina:
Est muerto! Est muerto mi amigo, mi dios, el que para m lo era todo, mi adorado Miguel! No! No esta muerto! Se mueve! Despierta! Escchame! Soy yo, tu Ceferina Contstame! Te amo! Si algo te hice padecer, perdname! Ah! Muerto! Dios mo, vedle: tan hermoso! Era tan bueno, tan inteligente y tan amable Dios mo! Dios mo! A mi lado no se hubiera muerto Miguel! Miguel! Por la maana dejaron de orse las voces de Ceferina.
Creyeron que se habra dormido. Estaba Muerta.
CAPITULO XXXII
Donde se cuenta que la flauta de Nectario reson en el fign de Clodomiro.
La seora de la Verdelire, que no pudo acercarse a Mauricio como enfermera, en ausencia de la seora de Aubels volvi al entresuelo de la calle de Roma con el pretexto de pedir una limosna para las iglesias de Francia. Arcadio la permiti llegar hasta la cabecera del convaleciente.
Traidor! susurr el joven D'Esparvieu al odo de su ngel; lbrame inmediatamente de semejante lechuza o sers responsable de cuantas desgracias ocurran aqu.
Tranquilzate respondile Arcadio con serenidad. Despus de los saludos y cortesas de rigor, la seora de la Verdelire hizo un gesto a Mauricio para que despidiese al compaero inoportuno; pero Mauricio fingi no comprender, y la seora de la Verdelire expuso el objeto aparente de su visita.
Qu ser de nuestras iglesias, nuestras amadas iglesias rurales?
Arcadio la contemplaba suspir anglicamente, y dijo:
Se hundirn, seora, deshechas en ruinas. Qu lstima! La iglesia es, entre las casitas aldeanas, como la clueca entre los polluelos.
Eso es! dijo la seora de la Verdelire, con una sonrisa encantadora. Eso es! No hay duda.
Y los campanarios?
Oh caballero, los campanarios!
Los campanarios se alzan hacia el cielo como gigantescas jeringas que apuntan a las nalgas de los querubines.
La seora de la Verdelire desapareci sin decir una palabra ms.
El reverendo padre Patouille fue tambin aquella tarde a llevar al herido consejos y consuelos. Exhortle a prescindir de amistades peligrosas y a reconciliarse con su familia, y le pint a la madre con los brazos abiertos para recibir entre lgrimas al hijo prdigo
Cuando renunciara con viril esfuerzo a los deleites inmundos y a los apetitos desordenados para ser honrado y virtuoso, Mauricio recobrara la paz del corazn y la entereza del espritu, se librara de quimricas alucinaciones y se sustraera al influjo del demonio.
El joven D'Esparvieu agradeci al reverendo Patouille tanta bondad y le asegur que no se haban amortiguado sus sentimientos religiosos.
Nunca dijo fui ms creyente que ahora; y nunca necesitaba tanto serlo. Figrese usted, seor cura, que me veo precisado a recordar el catecismo a mi ngel custodio, que lo ha olvidado.
El reverendo padre Patouille suspir profundamente y recomend a Mauricio que rezara; el rezo era la nica salvacin ante los peligros de un alma combatida por el demonio.
Seor cura repuso el enfermo, le agradara conocer a mi ngel custodio? En seguida vuelve. Ha salido a comprar cigarrillos.
Desdichada criatura! exclam el sacerdote.
Los redondos mofletes del padre Patouille quedronse mustios en seal de afliccin, pero pronto volvieron a erguirse con alegra, porque muchas apariencias pregonaban ya el triunfo de su causa.
Era indudable la reaccin del espritu pblico. Los jacobinos, los francmasones, los bloquistas, veanse despreciados en todas partes; las clases directoras daban ejemplo; la Academia Francesa discurra con gravedad; se multiplicaban las escuelas cristianas; la juventud del barrio Latino se someta a la Iglesia, y la Escuela Normal exhalaba perfumes de Seminario. Vease triunfante la Cruz, pero faltaba dinero, ms dinero, mucho dinero
Despus de un descanso de mes y medio, el mdico autoriz a Mauricio para que diera un paseo en coche. Llevaba el brazo en cabestrillo; su querida y su amigo le acompaaban. Fueron al bosque de Bolonia para disfrutar entre la hierba y los rboles verdes la dulzura de vivir; y sonrean a todo porque todo les sonrea. Como supuso Arcadio, y eran mejores despus de pecar. Por los tortuosos caminos de su clera y de sus celos, Mauricio haba llegado a disfrutar una cama bondadosa. Gilberta le inspiraba un amor indulgente. Arcadio la deseaba todava, pero la posesin, purificadora de su deseo, librle de la venenosa curiosidad. Sin vivir obsesionada por el prurito de agradar, Gilberta era cada vez ms agradable. Se apearon en la Cascada para tomar un vaso de leche, que les pareci deliciosa. Entregado a la inocencia de que disfrutaban los tres, olvid el ngel las injusticias del viejo tirano del mundo, que bien pronto deban serle recordadas.
De regreso en casa de su amigo, encontrse a Zita, que le aguardaba, semejante a una estatua de marfil y de oro.
Me inspiras compasin, Arcadio. Se acerca la hora, que no se haba presentado an desde el principio de los tiempos y que acaso no se presente de nuevo hasta que se precipiten el Sol y su cortejo en la constelacin de Hrcules; llegamos a la vspera de sorprender a Ialdabaoth en su palacio de prfido; y t, que ardas en ansias de libertar, los cielos, impaciente por volver triunfador a tu patria liberada, olvidas tus proyectos generosos y te adormeces entre los brazos de las hijas de los hombres. Qu placer hallas en el roce de tales bestezuelas, corrompidas y formadas con elementos de tal modo. inconscientes que se desmoronan sin cesar? Pobre Arcadio, siempre desconfi de ti! Slo eres un intelectual, un ansioso de novedades, impotente para realizar nada.
Me juzgas con demasiado rigor, Zita repuso el ngel, porque la naturaleza de los hijos del Cielo les induce a frecuentar las hijas de los hombres. Por su materia corruptible no son menos agradables a los sentidos las mujeres y las flores, pero ninguna de las bestezuelas que me atraen me priva de mis odios y de mis afanes, y estoy siempre dispuesto a combatir contra Ialdabaoth.
Al verlo decidido, Zita se mostr satisfecha y se apresur a proseguir, sin desmayo, la realizacin de su magna empresa. No era necesario apresurar nada ni diferir nada.
Un esfuerzo grande, Arcadio, resulta de una infinidad de pequeos esfuerzos; el conjunto ms asombroso lo componen mltiples detalles nfimos. Atendamos a todo minuciosamente.
Iba en su busca para llevarle a una reunin donde su presencia era indispensable. All se precisaran las fuerzas de los rebeldes.
Y aadi con sencillez:
Nectario no faltar.
Mauricio no descubri en Zita ningn atractivo; desde luego le desagradaba la perfeccin de su belleza, porque la verdadera belleza le produjo siempre un desencanto inexplicable; y despus le inspir antipata profunda cuando supo que Zita era un ngel rebele que iba en busca de Arcadio para llevarle a una conjura. El pobre mozo se vali para retener a su camarada de todos los recursos que su ingenio y las circunstancias le ofrecan. Quera llevar a su ngel custodio a un prodigioso match de boxeo, a un espectculo teatral donde se presentaba la apoteosis de Poincar, a una casa donde se le ofreceran mujeres extraordinarias por su hermosura, por su talento, por sus vicios, por sus deformidades; todo a condicin de que no le abandonara; pero el ngel no se dej convencer y dijo que se iba con su compaera.
Y qu haris?
Conspirar para la conquista del Cielo.
Siempre la misma locura! La conquista de No te dije ya mil veces que te propones un absurdo?
Buenas tardes, Mauricio.
Insistes? Pues bien, yo te acompao!
Y el joven D'Esparvieu, con su brazo en cabestrillo, sigui a Zita y a Arcadio hasta Montmartre y se metieron en el fign de Clodomiro, donde ya estaba puesta la mesa en el jardn y a la sombra de un cenador.
El prncipe Istar y Tefilo haban llegado antes y hablaban con un hombrecito amarillento, semejante a un nio, que realmente era un ngel japons.
Slo falta a la cena Nectario dijo Zita. Y en aquel momento, apareci, silencioso, el anciano jardinero. Sentse a la mesa y su perro se qued echado a sus pies. La cocina francesa es la ms famosa del mundo. Esta gloria resplandecer sobre todas las glorias cuando la Humanidad, prudente al fin, desprecie la espada y empue un asador. Clodomiro sirvi a los ngeles y al mortal que los acompaaba una sopa de verduras, un solomillo de cerdo y unos riones en salsa, tres platos capaces de atestiguar que aquel figonero de Montmartre no era el predilecto de los americanos que desvirtan y corrompen las excelencias culinarias de la Villa Parador.
Clodomiro descorch un burdeos que, sin estar inscripto entre las primeras marcas del Medoc, revelaba en su perfume y paladeo su noble origen. Conviene advertir que, despus del burdeos y de otros vinos, el despensero present dignamente un roman muy suave, robusto y delicado, ardiente y ligero, de rica estirpe borgoona, que haca cosquillear la inteligencia y los sentidos.
El viejo Nectario alz su vaso, y dijo:
Por ti, Dionisio, el ms potente de los dioses; por ti, que al renacer la Edad de Oro regalars a los heroicas mortales con el racimo que Lesbos durante mucho tiempo vendimi en las cepas de Meona, con los viedos de Tasso, con las blancas uvas del lago Marteotis, con las bodegas de Falerno; y el zumo de las vias ser divino cuando, como en los tiempos del viejo Sileno, la sabidura y el amor embriaguen al hombre.
Despus de servido el caf, Zita, el prncipe Istar, Arcadio y el japons expusieron sucesivamente la situacin de las fuerzas reunidas contra Ialdabaoth. Los ngeles que renuncian a la beatitud celeste por el sufrimiento de la vida terrenal ensanchan su inteligencia, disponen de recursos para engaarse y adquieren la facultad de contradecirse, de modo que sus asambleas son tumultuosas y confusa como las de los hombres. En cuanto uno de los conjurados precisaba una cifra, los otros la ponan en duda, y no era posible sumar dos nmeros sin producirse un altercado, porque hasta la aritmtica pierde su exactitud ejercida con apasionamiento. El querube, que arrastr a Tefilo llevndole a viva fuerza, indignase al orle alabar al Seor y le asest sobre la cabeza varios puetazos que hubieran desnucado a un buey; pero la cabeza de un msico es mas dura que el testuz de un cornaln y los golpes no modificaban la idea que Tefilo se form de la Providencia Divina. Opuso Arcadio, con insistencia, su idealismo cientfico al pragmatismo de Zita, y logr impacientar al arcngel de bella forma femenina, que al fin le dijo:
Razonas mal.
Es posible que te sorprenda? exclam el ngel custodio de Mauricio. Yo razono como t, en lenguaje humano. Y qu es el lenguaje humano, sino el grito de la bestia de los montes o de las selvas, complicado y corrompido por primates orgullosos? A ver si consigues formar, oh Zita!, un lgico razonamiento con ese conjunto de voces irritadas o plaideras. Los ngeles no razonan. Superiores en esto a los ngeles, los hombres razonan mal, y no me refiero a los profesores, que para definir lo absoluto se valen de voces heredadas de los antropoptecos, de los monos, de los marsupiales y de los reptiles, sus ascendientes. Es una enorme chuscada! Cmo se reira el demiurgo si fuera inteligente!
La noche poblaba el cielo con sus estrellas Nectario callaba. Zita le rog que tocase la flauta.
Nectario cogi su instrumento. Mauricio encendi un cigarrillo. Al brillar, la llama hundi en la oscuridad los astros del cielo, pero al instante muri. La maravillosa flauta cantaba el fulgor pasajero con voz argentina:
Esa Mama es un fugaz universo que realiz su destino. Lo formaban soles y planetas. Venus Urania midi las rbitas de los globos errantes en los espacios infinitos. Al soplo de Eros, el ms antiguo de los dioses, nacan las plantas, los animales y las ideas. Durante los veinte segundos transcurridos entre la vida y la muerte de aquel universo, se desarrollaron las civilizaciones y arrastraron los imperios su larga decadencia; lloraron las madres, y subieron al cielo indiferente y mudo los cantos de amor, los gritos de odio y los lamentos de las vctimas. Proporcionalmente a su insignificancia, ese universo luminoso tuvo una existencia igual a la del Universo que nos permite ver, sobre nuestras cabezas, algunos de sus tomos ardientes. Uno y otro no son ms que un breve resplandor en los infinito.
Y a medida que las notas claras y puras vibran en el aire. se transforma la tierra en blanca nube y describen las estrellas rpidas rbitas. La Osa Mayor se desquicia, Orin se disgrega, la Polar abandona su eje magntico; Sirio, que proyecta en el horizonte su blanco fulgor, enrojece, azulea, vacila y se apaga; las constelaciones, confundidas, forman signos nuevos que se deshacen a su vez. Los encantos de la flauta maravillosa ofrecen, reducidos a un instante, toda la vida y el orden universal que los hombres y los ngeles consideran eternos. Cesa la flauta; recobra el firmamento su configuracin antigua; desaparece Nectario. Clodomiro pregunta a los parroquianos si les agrad la sopa de verduras. Para cocerla bastante la tuvo a la lumbre veinticuatro horas. Luego ensalza el roman que han bebido.
Noche serena y tibia. Arcadio, a quien Mauricio no abandona; Tefilo, el prncipe Istar y el japons, acompaan a Zita hasta la puerta de su alojamiento.
CAPITULO XXXIII
De cmo un horrible atentado siembro el terror en Pars.
La ciudad entera dorma. Resonaban los pasos en las aceras solitarias. Cuando lleg a la esquina de la calle Feutrier, en el centro de la Colina, se detuvo el cortejo. Arcadio hablaba de los Tronos y de las Dominaciones a Zita, que, puesto un dedo en el botn del timbre, no se decida a llamar. El prncipe Istar dibujaba en el suelo con la punta del bastn la forma de sus nuevos artefactos; sus bramidos despertaban sobresaltados a los burgueses y crispaban a las Pasifaes de la vecindad. Tefilo Belais cantaba desaforadamente la barcarola que ilustr el acto segundo de Alina, reina de Golconda. Mauricio, valindose de la mano izquierda, por tener la derecha impedida, contenda con el japons en un asalto animadsimo, arrancaba chispas a los adoquines y gritaba touch! con voz chillona.
El sargento de Polica Grolle se hallaba meditabundo, plantado en la otra esquina. Sus hechuras eran semejantes a las de un legionario romano, ya presentaba todos los caracteres de la raza servil que vela por los imperios y sostiene las dinastas desde que los hombres construyeron las primeras ciudades. El sargento Grolle, a pesar de su fortaleza, desfalleca. Le debilitaban el oficio rudo y la escasez de alimentos; cumplidor de sus deberes, pero al fin hombre, sentase indefenso ante las insinuaciones, los atractivos, los contoneos de las prostitutas que le salan al encuentro y formaban enjambre en los rincones oscuros, en los jardincillos solitarios, junto a las vallas de los solares Las gozaba como un soldado en pie sobre las armas, y estos ejercicios consuman su vigor. No haba llegado aun a "la mitad del camino de la vida" y se prometa descansar en las apacibles tareas del campo. Aquella noche serena y tibia le invitaba a meditar en la esquina de la calle Muller; pensaba en la casa paterna, en el olivar, en el huerto, en la madre ancianita encorvada por los afanosos quehaceres de muchos aos Arrancado a su meditacin por el tumulto de los noctmbulos, el sargento Grolle avanz hacia la encrucijada que forman las calles Muller y Feutrier y atisb receloso al grupo bullanguero que su instinto social supona formado por enemigos del orden. Era tan calmoso como solemne, y despus de un largo silencio, con una tranquilidad espantosa, dijo:
Circulen.
Pero Mauricio y el japons, entusiasmados con la esgrima no le oyeron; el msico slo prestaba odos a sus melodas; el prncipe Istar estaba sordo para todo lo que no fuesen frmulas de explosivos; Zita y Arcadio planeaban la mayor empresa que pudo concebirse desde que el sistema solar se consolid en la nebulosa primitiva, y todos vivan ajenos a lo que les rodeaba.
Les he dicho que circulen replic el sargento GroIle.
Entonces los ngeles entendieron la orden autoritaria, pero ya sea por indiferencia, ya por desprecio, continuaron impertrritos sin preocuparse ms que de sus gritos, de sus cnticos y de sus discursos.
Por lo visto se proponen ustedes que los detenga vocifer el agente, y dej caer su diestra sobre un hombro del prncipe Istar.
Indignado el querube al sentir aquel repugnante contacto, de un puetazo formidable hizo rodar por el arroyo al sargento; pero ya el agente Fasandet acuda en socorro de su jefe; se lanzaron los dos sobre el prncipe y le golpearon maquinalmente con tanto ardor, que a pesar de su fuerza y de su peso lo hubieran arrastrado ensangrentado a la Comisara sin la intervencin del angelito japons que, uno tras otro y sin el menor esfuerzo, los derrib y los moli antes de que Mauricio, Arcadio y Zita se dieran cuenta del suceso y pudieran intervenir. Entretanto, el msico, a respetuosa distancia, invocaba la proteccin del Cielo.
De pronto, dos tahoneros que amasaban el pan en un stano cercano se presentaron con sus delantalones blancos, desnudos de medio cuerpo arriba, y por un movimiento instintivo de solidaridad servil se pusieron de parte de los agentes derrocados. Tefilo, al verlos, horrorizse y huy; pero los mozos le persiguieron y se disponan a entregarlo a los guardias cuando Arcadio y Zita le libraron. La lucha prosigui, desigual y terrible entre los dos ngeles y los dos tahoneros. Semejante por su belleza y las energas de su cuerpo a un atleta de Lsipo, Arcadio ahog entre sus brazos a su corpulento enemigo; la hermosa arcngel hiri con su cuchillo al otro en cuanto le vio dispuesto a golpearla. Brot del pechazo velludo la negruzca sangre, y los dos tahoneros, defensores de la autoridad, se cobijaron en su cueva.
El agente Fesandet continuaba inerte, de bruces en el suelo; pero el sargento Grolle, que se hallaba de nuevo en pie, despus de tocar un silbato para que acudieras: en su auxilio, arremeti contra el joven D'Esparvieu, el cual tena un solo brazo para defenderse y dispar su revlver con la mano izquierda. El sargento sinti la bala en el corazn; desplomse lanz un profundo suspiro y se nublaron sus ojos en la oscuridad eterna.
Entretanto, se abran las ventanas, a las que se asomaban muchos vecinos. Oyse un tropel de pasos; por la calle Feutrier adelantaban dos agentes ciclistas. En aquel momento el prncipe Istar arroj una bomba que hizo estremecer el suelo, apag el gas derrumb algunas casas y envolvi en denssima humareda la huida de los ngeles de Mauricio.
Arcadio y Mauricio creyeron lo ms prudente, despus de aquella inconcebible aventura, volver a su entresuelito de la calle Roma. Era seguro que de momento no inspiraran sospechas, y muy probable que no los persiguiesen jams por aquel suceso, porque la bomba del querube suprimi, felizmente, los testigos presenciales. Al amanecer se durmieron, y no haban despertado an a las diez de la maana cuando el portero les entr el t. Mientras coman tostadas con manteca y jamn, Mauricio dijo a su ngel:
Yo supona que un crimen era una cosa extraordinaria y ahora comprendo mi engao, y ahora comprendo que no hay en el mundo nada mas natural y sencillo.
Ni ms conforme a la tradicin respondi el ngel. Durante muchos siglos fue indispensable para el hombre matar y despojar a los hombres. Aun hoy se acostumbra en la guerra. Es honroso atentar contra la vida humana en ciertos casos, y no ignoras que a todos pareci bien tu intento de asesinato, slo por suponer que me permit ciertas familiaridades con tu querida. Pero matar a un sargento de Polica no es honroso para un joven de buena sociedad.
Cllate! repuso Mauricio. Cllate, malvado! Yo mat a ese pobre sargento instintivamente, sin darme cuenta; y esto me entristece; pero no es ma la culpa; t me arrastras a la rebelin, a la violencia; t eres el asesino. Me deshonras y sacrificas mi tranquilidad y mi satisfaccin a tu orgullo, a tus odios; intilmente, porque no realizars tus propsitos, Arcadio.
El portero entr los peridicos, y Mauricio palideci al ver que anunciaban con encimes titulares el atentado de la calle Feucrier: Un sargento muerto, dos agentes ciclistas y dos tahoneros gravemente heridos; tres casas hundidas, numerosas vctimas
Se le cay de las manos el peridico, y dijo con voz sollozante:
Arcadio, no hubiera sido mejor que me mataras en el jardincillo de Versalles mientras el mirlo cantaba y se abran las rosas?
Extendase por todo Pars el terror. En las plazas y en las calles populosas, las comadres se hacan cruces al or el relato del crimen, y reclamaban para los culpables dolorosos y cruentos suplicios. Los tenderos hablaban desde el quicio de su puerta, y seguros de que los autores de aquel delito eran los anarquistas, los sindicalistas, los socialistas, los radicales, pedan leyes de represin. Imaginaciones ms sagaces lo atribuan todo a manejos de los judos o de los alemanes reclamaban la expulsin de los extranjeros; hubo mudos que, seducidos por las costumbres americanas, crean oportuno el linchamiento.
Las noticias publicadas por los diarios agravbanse con rumores siniestros. No era slo una, eran varias las explosiones en diversos puntos de la capital. En todas partes aparecan bombas. Muchos individuos con facha de malhechores, haban sido apaleados por las turbas, que los entregaron a la Polica en estado muy lamentable. Un borracho que gritaba en la plaza de la Repblica "Mueran los polizontes, fue despedazado por la muchedumbre.
El presidente del Consejo de ministros conferenci extensamente con el prefecto de Polica, y acordaron arrestar a cinco o seis apaches, entre los treinta mil que disfruta la capital, seguros de que as calmaran la efervescencia de los parisienses. Y el jefe de la Polica rusa crey reconocer en el atentado los procedimientos nihilistas, y solicit que fueran conducidos a San Petersburgo una docena de refugiados. Tambin se hicieron algunas extradiciones relativas a los asuntos de Espaa.
Medidas tan prudentes y enrgicas tranquilizaron a Pars, y los diarios de la noche felicitaban al Gobierno. Los heridos mejoraban, hallbanse ya fuera de peligro, y reconocan: a sus agresores en todos los individuos que les presentaban.
El sargento Grolle no resucit, es verdad, pero dos monjistas velaron su cadver, y el presidente del Consejo en persona puso la cruz de la Legin de Honor en el pecho de aquella vctima del deber.
Con la oscuridad y el silencio de la noche se volvi a sentir pnico. En la avenida de la Rebelin descubrieron dos agentes una galera de saltimbanquis guardada en un solar. La creyeron refugio de bandidos, buscaron el apoyo de otros compaeros, y reunidas ya suficientes fuerzas, con ayuda de numerosos transentes se organiz el bloqueo. Hicironse quince mil disparos de revlver, y despus de volar con dinamita la galera, encontraron entre los residuos el cadver de un macaco.
CAPITULO XXXIV
Donde se refieren la prisin de Bocota y de Mauricio, el desastre de la biblioteca Esparviana y la marcha de los ngeles.
Mauricio D'Esparvieu pas una mala noche; al menor ruido empuaba el revlver, dispuesto a defenderse y a morir antes de tolerar que le llevaran preso. Por la maana cogi con avidez los peridicos, y cuando hubo pasado la vista por sus columnas lanz un grito de alegra. Llevado a la Morgue el sargento Grolle, para que los mdicos forenses le hicieran la autopsia y certificaran las causas de su muerte slo apreciaron algunas, esquimosis y heridas contusas muy superficiales, y diagnosticaron mortal la rotura de un aneurisma de la aorta.
Ya lo ves, Arcadio exclam, gozoso y triunfante, ya lo ves; no soy un asesino; me declaran inocente. Nunca pude imaginar cunto satisface ser inocente.
Luego reflexion, y por un fenmeno comn, con la reflexin se disip su alegra.
Est probado que soy inocente; pero no me es posible olvidar aadi, meneando la cabezami participacin en las fechoras de un grupo de malhechores. Vivo entre malvados! T ests en su elemento, amigo mo; eres un individuo sospechoso, cruel y perverso; pero yo!, el mayorazgo de una encopetada familia, yo, que recib una educacin excelente, me avergenzo de mi proceder.
Tambin yo dijo Arcadiorecib una educacin excelente.
Dnde?
En el Cielo.
No lo creas, Arcadio, no lo creas; nadie se ha preocupado de tu educacin. Si te hubiesen inculcado buenas doctrinas, no es posible que pensaras como piensas. Las buenas doctrinas arraigan muy hondo. En la niez he adquirido el respeto a la familia, a la patria y a la religin, y esto dura ya toda la vida. Sabes lo que me choca en ti? No es tu perversidad, ni tu crueldad, ni tu negra ingratitud; tampoco es tu agnosticismo, tolerante hasta cierto punto, ni tu escepticismo, completamente pasado de moda (porque desde el despertar nacionalista ya nadie es escptico en Francia); lo que me desagrada en ti es tu falta de refinamiento; tus ideales no son de buen gusto, y tus teoras carecen de elegancia; piensas como un intelectual, razonas como un libre pensador; tus propsitos huelen a radicalismo, apestan a combismo"; te seducen los sistemas innobles. Aparta! Me repugnas! Arcadio, amigo mo! Arcadio, ngel de mi guarda! Infeliz criatura!, oye a tu ngel custodio, cede a mis ruegos, renuncia para siempre a tus locuras; promteme que sers bueno, sencillo, inocente, dichoso. Anda, vente conmigo a la iglesia; encenderemos un cirio y rezaremos una plegaria
La opinin pblica se mantena intrigada. La Prensa poderosa, rgano del resurgimiento nacional, en artculos muy elevados y profundos formulaba la filosofa del atentado monstruoso, que sublevaba las conciencias. Averiguse que las causas indirectas, pero eficaces, origen verdadero del crimen, eran las doctrinas revolucionarias, impunemente difundidas, el relajamiento social, que desquicia el orden moral y provoca todos los apetitos y todas las codicias. Interesaba mucho, para arrancar el mal de raz, desvanecer lo antes posible las quimeras y las utopas, tales como el sindicalismo, el impuesto sobre los valores del Estado, etctera, etc. Algunos peridicos, no los menas importantes consideraron aquellos crmenes como naturales frutos de la incredulidad; supusieron que la nica salvacin consista en acogernos todos, unnime y sinceramente, a la fe religiosa.
El domingo siguiente fueron ms concurridas las iglesias.
El seor Salneuve, juez instructor del proceso, tom declaracin a todos los individuos detenidos por la Polica, y se desorient por completo entre varias pistas interesantes, pero falsas. Los informes del indicador Montremain, que le fueron comunicados, fijaron convenientemente su atencin y le ayudaron a reconocer, como autores del crimen de la calle Feutrier, a los bandidos de la Jonchre. Orden que buscaran a Arcadio y a Zita y firm un auto de prisin contra el prncipe Istar, a quien sorprendieron dos agentes cuando sala de la casa de Bocota, donde acababa de guardar sus bombas nuevas. Al conocer las intenciones de los policas, el querube les pregunt, sonriente, si disponan de un "auto de buena marcha, y despus de or su afirmativa respuesta replicles que no deseaba ms. Acogot a los dos agentes, y los dej tendidos en la escalera, sano a la calle, se acerco al automvil, arroj al chofer bajo las ruedas de un autobs que venia en direccin contraria, empu el volante y se puso en marcha, con asombro de la horrorizada muchedumbre.
Al anochecer del mismo da, el seor Jeancourt, delegado judicial, se present en casa de Tefilo y sorprendi a Bocota en el momento de aclararse la voz con un huevo crudo, porque aquella noche cantaba, en El Dorado Nacional, su cancin nueva En Alemania no los tienen. Tefilo haba salido, y la cupletista recibi al agente judicial con altivez, que realzaba la modestia de su alio: iba en camisa. El seor Jeancourt secuestr la partitura de Alina, reina de Golconda y las cartas amorosas que la cupletista conservaba cuidadosamente en el cajoncito de su mesilla de noche. Disponase a retirarse, cuando repar en la alacena; abrila sin darle importancia, y aparecieron ante sus ojos artefactos bastantes para destruir medio Pars, ms unas alas blancas, cuya naturaleza y uso no acert a explicarse. Luego dijo a Bocota que se vistiese, y a pesar de sus gritos la condujo a la Comisara.
El seor Salneuve era infatigable. Despus de examinarlos papeles encontrados en el domicilio de Bocota y atento a las indicaciones de Montremain, lanz contra el joven D'Esparvieu un auto de prisin, que fue cumplimentado el mircoles 27 de mayo a las siete de la maana. Tres das llevaba ya Mauricio sin dormir, sin comer, sin acercarse a mujer alguna y sin atreverse a respirar. Al punto comprendi el motivo de aquella temprana visita. En tan difciles circunstancias, Mauricio adquiri usa entereza asombrosa. Despus de rogar al comisario que se sentase, comenz a vestirse con pulcritud y minuciosidad, y sigui a su acompaante hasta el automvil que los aguardaba en la puerta. Su calma inexplicable apenas se altero cuando cerraron el postigo del calabozo. Subi a la mesa para mirar por el tragaluz, y sonri al ver un jirn de cielo. Contribuan a su tranquilidad la fatiga de su cerebro, el aletargamiento de sus sentidos y la certeza de que no podra ocurrirle nada irreparable. Sus propias desdichas le fortalecan; aguardaba resignado y paciente; no senta orgullo y dejaba su causa en manos de Dios. Sin animo de ocultar sus culpas, al dirigirse mentalmente a la Providencia insista en que slo su ansia de redimir al ngel custodio le, condujo hasta el atropello y la rebelin. Echado en el camastro, durmi serenamente.
Al saber que se hallaban arrestados un joven distinguido y una cupletista, Pars y Francia entera se sorprendieron dolorosamente. Exaltada por las narraciones trgicas que publicaba la Prensa, exiga "la opinin" que la ley arrastrase al pretorio los feroces anarquistas, rebosantes de asesinatos y de incendios, pero no comprenda que se cebara en la esfera del arte y de las elegancias. Cuando todo el mundo lo haba comentado ya, enterose de lo sucedido el presidente del Consejo, que tambin desempeaba la cartera de justicia; se revolvi en el sitial, adornado con esfinges menos amenazadoras que su improvisada ira, y en las convulsiones de su razonamiento furioso astillaba con su cortaplumas, como Napolen, la caoba de su mesa. Cuando el juez Salneuve, avisado con urgencia, compareci ante su ministro, ste arroj el cortaplumas a la chimenea como Luis XIV al encararse con el duque de Lauzn haba tirado su bastn por la ventana, hizo un supremo esfuerzo para contenerse, y dijo con la voz alterada:
Esta usted loco? Bien claramente indiqu la significacin del atentado, anarquista y antisocial, profundamente antisocial y antigubernamental, con un tinte sindicalista. No caba duda respecto a la conveniencia de que resultara comprobado en esta forma. Y usted, qu ha hecho? Cualquiera dira que se propuso dar satisfaccin a los anarquistas y a los libertarios. A quin manda usted encarcelar? A una cupletista venerada por el pblico patriota, y al primognito de un hombre tenido en alta estima dentro del partido catlico, un hombre a quien visitan los obispos en su casa y es amablemente recibido en el Vaticano, un hombre que desempear cualquier da el cargo de embajador cerca del Papa. En un instante me indispone usted con ciento sesenta diputados y cuarenta senadores de la derecha; precisamente la vspera de una interpelacin acerca del conflicto religioso, dejo disgustados a mis amigos de ahora y a los que han de ser luego mis amigos. Acaso le preocupaban a usted las cartas amorosas Mauricio D'Esparvieu, con el temor de ser tan cornudo como ese imbcil de Aubels? Yo puedo librarle para siempre de dudas: lleva usted tales cuernos que se ven desde todo Pars; pero reflexione que no se le confan los procesos para que vengue sus afrentas.
Seor ministro murmur con voz ahogada, congestionado y tembloroso, el juez instructor, soy un hombre honrado.
Es usted un imbcil y un provincianote. Fjese bien en lo que voy a decirle: si Mauricio D'Esparvieu y la seorita Bocota no estn en la calle dentro de veinte minutos, tendr usted que habrselas conmigo! Andando!
Renato D'Esparvieu fue a la Conserjera en busca de su hijo, y lo llev a la casa paterna. Su regreso revisti caracteres triunfales. Habase propalado una especie segn la cual Mauricio intervena con generosa imprudencia en un conato de restauracin monrquica, y por esto el juez Salneuve, infame francmasn hechura de Combes y de Andr, trat de comprometer al pundonoroso joven con unos bandidos. El reverendo padre Patouille, que se hallaba dispuesto a responder de la virtud de Mauricio como de su propia virtud, dio pbulo a esa intervencin. Tambin se deca que, al rebelarse contra su padre cuando ste reconoci al fin la legalidad republicana, el joven D'Esparvieu se encamin hacia el monarquismo integral; y las personas bien informadas atribuyeron su pasin a una venganza de los judos. No era Mauricio un antisemita declarado? La Juventud Catlica en masa dirigise al domicilio del juez instructor, que, habitaba en la calle de Guenegaud, frente a la de la Moneda, para silbarle y ultrajarle.
En el bulevar del Palacio de justicia, un grupo de estudiantes entreg a Mauricio una palma.
Al entrar en el viejo casern de su familia, el joven D'Esparvieu se arroj en los brazos de su madre; lloraba como un nio.
Fue un da glorioso, aunque, por desgracia, lo desluci un suceso triste.
A consecuencia del drama de la calle de Courceles, el seor Sariette haba enloquecido, y de pronto se enfureci. Encastillado en la biblioteca durante un da entero, lanz gritos horribles, y sin atender a splicas ni amenazas, negose a salir; sin duda estuvo muy agitado toda la noche, porque la luz del quinqu se proyectaba sin cesar en todos los cristales. Por la maana, y al or la voz de Hiplito, que lo llamaba desde el patio, abri una ventana del saln de los filsofos y de las esferas, y arroj a la cabeza del ayuda de cmara dos o tres volmenes de bastante peso. Acudieron todos los criados, el bibliotecario se apresuro a echarles montones de libros. Entonces fue cuando se dign intervenir el dueo de la casa. Mostrse con bata y gorro y quiso convencer al pobre demente, quien por toda respuesta vomit centenares de injurias contra el hombre a quien veneraba como a su protector, y se dispuso a enterrarle al punto bajo un derrumbamiento de Biblias, de Talmudes y de todos los libros sagrados de la India y de Persia, todos los padres griegos, todos los padres latinos, San Juan Crisstomo, San Gregorio Nacianceno, San Agustn, San Jernimo, los apologistas, y la Historia de las variaciones, anotadas por Bossuet. Los volmenes en octavo y en cuarto, los infolios, caan se desencuadernaban sobre las losas del patio. Las cartas de Gassendi, las del padre Mersenne, las de Pascal, revoloteaban en el aire. Al inclinarse la doncella para recoger unas hojas, diola en la cabeza un inmenso atlas holands. Atrada por aquel desorden siniestro, la seora D'Esparvieu sali espantada y sin acabar de pintarse y empolvarse. Al verla se redobl la furia del seor Sariette. Lanzados uno tras otro, los bustos de los poetas, de los filsofos, de los historiadores de la antigedad, Homero, Esquilo, Sfocles, Eurpides, Herodoto, Tucdides, Scrates, Platn, Aristteles, Demstenes, Cicern, Virgilio, Horacio, Sneca, Epicteto, se hicieron trizas sobre las losas del patio; y el globo terrestre y la esfera celeste quedaron destrozados en el espantoso choque, al que sigui un silencio sepulcral, turbado slo por la sonora risa del nio Len, que desde una ventana contemplaba el espectculo. A fin mandaron descerrajar la puerta de la biblioteca, y cuando entr all toda la servidumbre de la casa encontraron al seor Sariette parapetado tras inmensos montones de libros, y entretenido en destruir el precioso Lucrecio de Felipe de Vendme, anotado por Voltaire. Cost mucho trabajo abrir una brecha en la barricada, y al huir, el pobre loco subi a los desvanes y salt al tejado. Durante dos horas dio voces horribles, que resonaban a lo lejos. En la calle de Garancire se apuraban los curiosos, que acudan sin cesar, y lanzaban un clamor horrible cada vez que vean al infeliz tambalearse al tropezar en las tejas rotas por sus pies. El padre Patouille, confundido entre la muchedumbre, recitaba el rezo de los agonizantes y se dispona para darle la absolucin in extremis. Los guardias municipales custodiaban el hotel, en torno del cual haban organizado un servicio permanente. Diose aviso a los bomberos, cuyas trompas no tardaron en hacerse or. Valindose de una escalera que arrimaron a la fachada, y despus de sostener una lucha terrible con el furioso, que acab por morderse los brazos hasta hundir los dientes en los msculos, pudieron sujetarle y conducirle a un manicomio.
Mauricio comi entre sus padres y sonrieron todos con ternura mientras Vctor, el viejo mozo de comedor, serva la carne asada. El reverendo padre Patouille, sentado a la derecha de la cristiana seora, contemplaba beatficamente aquella familia bendecida por el Cielo. Pero la madre de Mauricio se angustiaba, porque reciba sin cesar injuriosos annimos, tan groseros, que los atribuy al principio a un lacayo despedido, pero ya estaba segura de que los escriba su hija menor, Berta, una inocente!. Tambin el nio Len la daba motivos de inquietud y de tristeza. No quera estudiar, y mostraba inclinaciones perniciosas. Cruelmente haba desplumado vivos los canarios de su hermana; y despus de poner dos alfileres de punta en el asiento de la silla donde sola sentarse la institutriz, que no cesaba de llorar, le rob catorce francos.
En cuanto Mauricio acab de comer se fue al entresuelito de la calle de Roma, impaciente por ver a su ngel. Desde la puerta oy desentonadas voces, y encontr reunidos en la sala de la aparicin a Arcadio, Zita, Tefilo y el prncipe Istar. Este ltimo, recostado en el lecho, tema en la boca una enorme pipa y manchaba y quemaba las almohadas, las sbanas y la colcha. Todos abrazaron a Mauricio y le anunciaron la partida. Resplandecan sus rostros audaces y satisfechos. Unicamente el inspirado autor de Alina, reina de Golconda, gema horrorizado y alzaba al cielo sus ojos humedecidos. El querube le oblig, tirndole de las orejas, a que se afiliase a la rebelin, y le dio a escoger entre vivir en la Tierra encarcelada siempre, o conquistar por el hierro y el fuego los palacios de Ialdabaoth.
Dolorosamente advirti Mauricio que ya no les interesaba la Tierra y que se iban gozosos, rebosantes de inmensa esperanza. Era cierto que podan oponer escasos combatientes a los innumerables ejrcitos del sultn de los cielos, pero confiaban en que la inferioridad numrica se compensara con el mpetu irresistible de un ataque repentino, seguros de que Ialdabaoth, orgulloso de saberlo todo, se deja sorprender por los acontecimientos algunas veces. Hay motivos para sospechar que la otra rebelin tambin le cogiera desprevenido si la perspicacia del arcngel Miguel no le avisara. Desde, aquella victoria obtenida sobre los rebeldes antes del principio de los tiempos, las milicias celestiales no haban progresado. Su armamento y material de guerra eran inferiores a los del Imperio marroqu; se adormecan sus generales en la ociosidad y en la ignorancia; colmados de riquezas y de honores, preferan el bullicio de las fiestas a las fatigas de la guerra. El generalsimo, el siempre leal y valeroso Miguel, perdi a travs de los siglos su audacia y su fogosidad. En cambio, los ngeles rebeldes de 1914 conocan las aplicaciones ms recientes y exquisitas de la ciencia y del arte de destruir. Estaba todo resuelto y preparado: el ejrcito invasor, dividido en cuerpos de cien mil ngeles cada uno, se aprestaba ya en todos los desiertos de la Tierra arenales, pampas, estepas, cumbres heladaspara escalar el Cielo.
Los ngeles pueden modificar el ritmo de los tomos que los componen y lanzarse a los medios ms distintos. Los que bajaron a la Tierra, formados desde su encarnacin por una sustancia muy compacta, no pueden volar, y para elevarse a las regiones etreas y volatilizarse insensiblemente necesitan del auxilio de sus hermanos rebeldes como ellos, pero que abandonaron el Empreo, por lo cual son todava, no inmateriales (porque todo es materia en el Universo), pero s gloriosamente sutiles y difanos.
Arcadio, Istar y Zita no pueden sustraerse a una cruel ansiedad cuando se disponen a pasar desde la densa atmsfera de la Tierra a los abismos lmpidos del Cielo. Es necesario desplegar tanta energa para sumergirse en el ter, que los mas atrevidos recelan antes de lanzarse. Al penetrar en el medio sutil debe utilizarse tambin su propia sustancia, vaporizarse y pasar de las dimensiones humanas al volumen de las mayores nubes que hayan rodeado nuestro globo. Al cabo tendrn mayor tamao que los planetas telescpicos, cuyas rbitas atravesarn sin ser advertidos, invisibles, imponderables. En tal esfuerzo, el mayor que pueden realizar los ngeles, su sustancia pasa por estados diferentes, congelndose o abrasndose, con alternativas mucho ms dolorosas que el trnsito mortal.
Mauricio adivin en los ojos de Arcadio la osada y las angustias de su empresa.
Te vas al fin! le dijo entre lgrimas.
Guiados por Nectario, vamos en busca del Arcngel supremo, que ha de conducirnos a la victoria.
A quin llamas Arcngel supremo?
Los sacerdotes del demiurgo te lo dieron a conocer en sus calumnias.
Desdichado! suspir Mauricio.
Con la cabeza hundida entre las manos, llor.
CAPITULO XXXV
Donde se manifiesta el ensueo sublime de Satn.
Despus de trepar sobre la ms alta de las siete gradas enormes, desde la rocosa orilla del Gauges hasta los templos derruidos, ocultos entre gigantescas lianas, los cinco ngeles llegaron, por sendas oscuras, al jardn agreste cubierto de olorosos racimos y poblado por monos risueos, donde hallaron a quien buscaban. Se les mostr recostado sobre negros almohadones, en los que resplandecan llamas de oro bordadas. Yacan a sus pies gacelas y leones; enroscadas a los troncos, le contemplaban con dulzura domsticas serpientes. Cubrise de melancola su rostro ante los anglicos visitantes; otras veces tambin habla rebosado la tristeza en su corazn, cuando instrua y consolaba a los hombres bajo su corona de racimos y su cetro de pmpanos, pero nunca, desde su derrumbamiento glorioso, haban expresado sus facciones tanto dolor y angustia.
Zita le dijo que los estandartes negros aguardaban sobre las arenosas llanuras y las cumbres solitarias, que haba preparado y meditado el asalto de la provincias del Cielo donde aconteci la primera rebelin, y puso fin a su discurso con estas palabras:
Te damos un ejrcito: condcenos a la victoria.
Amigos mos respondi el Arcngel supremo, no me sorprende vuestra visita. Os aguardan, a la sombra de aquel rbol majestuoso, jugosas frutas y panales de miel.
El sol declina sobre la sonrosada superficie del ro sagrado. Cuando hayis comido podris dormir satisfechos en este jardn, donde florecen la voluptuosidad y la inteligencia desde que lo sustraje al espritu del viejo demiurgo. Maana tendris mi respuesta.
La noche cubri el jardn con sus velos azules, y Satn quedse dormido.
En sueos, revolote sobre la Tierra, y la vio poblada de ngeles rebeldes, hermosos como dioses, cuyos ojos resplandecan y lanzaban relmpagos. De polo a polo, un grito unnime, formado por miradas de voces, lleg hasta l vibrando con amorosa esperanza. Y Satn dijo:
Adelante! Busquemos en su alto asiento al antiguo adversario.
As condujo por las llanuras celestiales un ejrcito innumerable. Satn averigu lo que ocurra en la ciudadela celeste. Cuando la nueva rebelin les fue comunicada, el Padre y el Hijo hablaron:
El enemigo irreconciliable se alza otra vez; defendmonos para que no peligre nuestra gloriosa mansin.
Y el Hijo, consustancial del padre, repuso:
Triunfaremos al amparo de la misma ensea que dio a Constantino la victoria.
El Monte del Seor estall indignado; los fieles serafines ansiaban suplicios espantosos para los rebeldes, y se aprestaron a la lucha; la clera encenda todos los corazones, iluminaba todos los semblantes. Estaban seguros del triunfo, pero temieron la traicin; exigan que fuesen condenados a oscuridad eterna los espas y los alarmistas. Vociferaban; entonaban himnos viejos, aclamaban al Seor beban vinos msticos. Hinchbanse de tal modo los entusiasmos que se vieron a punto de reventar, una secreta inquietud torturaba las almas. El arcngel Miguel era el generalsimo; su tranquilidad alentaba; en su rostro sereno se lea el desprecio al peligro. Los querubes capitaneaban las tormentas, y obedientes a los mandatos de su jefe, pero sin arrogancia, porque la paz y la quietud adormecieron sus nimos, recorran las fortalezas del Monte Sagrado, paseaban sobre las nubes fulgurantes del Seor la mirada lenta de sus ojos bovinos, y procuraban dejar dispuestas las bateras divinas. Despus de reconocer las defensas, juraron al Altsimo que todo estaba dispuesto. Deliberse acerca de la conducta que deban seguir. Miguel se inclin a la ofensiva, seguro como buen militar de que la ofensiva era la ley suprema. Entre ser ofensor u ofendido no queda lugar a duda.
Adems adujo que se amoldaban a la ofensiva los ardores de los Tronos y de las Dominaciones. No fue posible obtener del valeroso arcngel otra explicacin. Interpretaron su silencio como un favorable augurio; sin duda, callaba un plan que les asegurara el triunfo.
En cuanto advirtieron la presencia del enemigo, Miguel orden que le salieran al encuentro con sus tropas los arcngeles Uriel, Rafael y Gabriel. Se desplegaron sobre los etreos campos los estandartes de los colores del Oriente, y rodaron los truenos sobre las estrellas. Tres das y tres noches transcurrieron, y en el Monte del Seor se desconoca la suerte de aquellos ejrcitos adorables y terribles; pero al amanecer del cuarto da llegaron noticias vagas y confusas; comunicaban triunfos indecisos y contradictorios. Las heroicidades acumulbanse y desvanecanse a cada hora. Las centellas de Rafael, dirigidas contra los rebeldes, aniquilaban, segn se deca, escuadrones enteros; y los que se crean bien enterados aseguraban que las tropas de la impura Zita fueron deshechas por grandes torbellinos de fuego.
Suponase al indmito Istar precipitado en una sima, de cabeza y tan bruscamente, que las blasfemias vomitadas por su boca remataron en un pedo furioso. Crease tambin que Satn, sujeto por cadenas de diamante, se hallaba de nuevo sumergido en lo profundo; pero ninguno de los jefes que mandaban los tres ejrcitos haba enviado mensajes. A los rumores de victoria se mezclaban desconfianzas que hacan temer una batalla indecisa, una retirada vergonzosa.
Voces insolentes anunciaban que un espritu de los de ms humilde condicin, un ngel custodio, Arcadio, haba destrozado los ejrcitos dirigidos por los tres arcngeles mayores. Se hablaba tambin de importantes deserciones en el cielo septentrional (donde haba estallado la rebelin antes del principio de los tiempos), y no falt quien viera negros nubarrones de ngeles impos que su unan a los batallones rebeldes formados en la Tierra. Pero los patriotas no daban crdito a tales rumores, obstinados en celebrar las noticias de triunfos que iban afirmndose y confirmndose de boca en boca.
Resonaron en las alturas himnos de alegra; los serafines cantaban a Sabaoth, dios del trueno, acompandose con el arpa y el salterio; las voces de los elegidos unironse a la de los ngeles para glorificar al Invisible. Seguros de la hecatombe realizada por los ministros de la Clera Divina, resonaron en la Jerusaln celeste suspiros de jbilo, que llegaban hasta el Altsimo. Extremse tanto a la alegra de los bienaventurados, que, incapaces de sentirla mayor, en el mximo de la felicidad se quedaron completamente insensibles.
Resonaban an los ecos de sus cnticos entusiastas, cuando los centinelas de las fortificaciones advirtieron que venan huyendo a la desbandada serafines desplumados y con las alas rotas, querubes informes y atrozmente mutilados. La mirada impasible de Miguel, prncipe de las milicias, al punto calcul la importancia del desastre, y dedujo en su inteligencia soberana los motivos que lo determinaron. Los ejrcitos del Dios vivo haban tomado la ofensiva, pero sus adversarios hicieron lo mismo, y sta fue la causa de la derrota, porque les sorprendi como una de esas fatalidades que desconciertan en la guerra las previsiones de los mas famosos caudillos. Acababan de abrirse las puertas del Empreo para dejar paso a los gloriosos y aniquilados ejrcitos, cuando una lluvia de fuego cubri el Monte del Seor. No se vislumbraban an en el horizonte las huestes de Satn, y los muros de topacio, las cpulas de esmeralda, las torres de diamante se desgajaban y se hundan con espantoso estruendo al recibir las descargas de las electrforos. Las vetustas nubes trataban de responder; pero como eran de poco alcance, sus centellas se hundan en las llanuras solitarias de los cielos.
Diezmados por el enemigo invisible, los ngeles fieles abandonaron las murallas. Miguel anunci a su Dios que antes de veinticuatro horas el Monte Sagrado caera en poder de los demonios, y que al dueo del mundo no le quedaba otra salvacin que la huida. Los serafines guardaron en cofres los joyeles de la corona celestial. Miguel ofreci el apoyo de su brazo a la Reina de los cielos, y la Sagrada Familia escap de su palacio por una mina de prfido. Un diluvio de fuego inundaba la ciudadela. Cuando volvi a tomar parte activa en el combate, dijo el glorioso arcngel que no capitulara mientras le quedara un brazo para sostener el estandarte de su Dios pero aquella misma noche los rebeldes asaltaron la ciudad tres veces santa. Montaba Satn un caballo de fuego; Arcadio, Istar y Zita le seguan de cerca; Nectario guiaba su asno como en las bacanales antiguas. Tras ellos, a distancia, ondeaban al viento los negros estandartes. La guarnicin hizo entrega de sus armas, y Miguel puso a los pies de Satn su espada centelleante.
Conserva tu gloriosa espada, Miguel dijo el arcngel vencedor al arcngel vencido. Lucifer te la devuelve para que sea en tu mano un seguro de la paz y de las leyes.
Tendi su mirada sobre los jefes de las falanges celestiales, y dijo con voz atronadora:
Arcngel Miguel, y vosotros, Potencias, Tronos y Dominaciones: jurad que seris fieles a vuestro Dios!
Lo juramos! respondieron todos a la vez.
Satn habl de nuevo:
Potencias, Tronos y Dominaciones, de todas las guerras pasadas, quiero slo recordar el valor que mostrasteis y la fidelidad con que servisteis al Poder, y me garantiza lo que acabis de jurar.
Al otro da mand Satn distribuir a las tropas en la llanura etrea los negros estandartes, que los guerreros alados cubran de besos y de lgrimas.
Y Satn se puso la corona de Dios. Apretujronse sobre los muros de la Jerusaln celeste, apstoles, pontfices, vrgenes, mrtires, confesores, toda la muchedumbre de bienaventurados que gozaban de una deliciosa tranquilidad en los momentos ms angustiosos del combate, al presenciar el espectculo de la coronacin, sinti un goce infinito. Los elegidos, en su arrobadora beatitud, vieron al Altsimo precipitado a los infiernos y a Satn sentado en el trono del Seor. Por designios de la Providencia, que los libraba eternamente del sufrimiento, entonaron los cnticos antiguos para glorificarle.
Y al sumergir en el espacio su mirada profunda, contempl Satn el globito de tierra y de agua donde antiguamente plant la via y form los primeros coros trgicos; puso los ojos en esa Roma donde, con fraudes y mentiras, haba cimentado su poder el Dios cado; un santo gobernaba la iglesia en aquel momento, y al verle orar y llorar, Satn le dijo:
Ah tienes a mi esposa para que la custodies y la, defiendas; te confirmo el derecho y el poder absoluto de fijar la doctrina, disponer el uso de los sacramentos y legislar para mantener la pureza de las costumbres. Todos los fieles tienen la obligacin de conformarse. Mi Iglesia es eterna y las puertas del infierno no prevalecern contra ella. T eres infalible. Todo contina como se hallaba antes.
El sucesor de los apstoles prosternse con el alma rebosante de felicidad, humill la frente y dijo:
Seor y Dios mo, reconozco tu voz. Tu aliento penetra en mi corazn como un blsamo. Bendito sea tu nombre! Cmplase tu voluntad as en la Tierra como en el Cielo! No nos dejes caer en la tentacin, y lbranos de mal!
Complacan a Satn los elogios y los agasajos; le agradaba que todos ensalzaran su sabidura y su poder; su msica favorita era la voz de los querubines, que sin cesar cantaban sus alabanzas; y no le deleitaba ya la flauta de Nectario, que celebraba los dones de la Naturaleza, conceda al insecto y la hierbecilla su parte de potencia y de amor y aconsejaba el goce y la libertad. En otro tiempo, Satn estremecise, compasivo, al ver que reinaba el dolor en el mundo; pero ya era inaccesible a la compasin y consideraba el sufrimiento y la muerte como resultado poderoso de su inmenso podero y de su bondad soberana. Reciba el vaho de la sangre de las vctimas como un agradable incienso, condenaba la inteligencia y odiaba la curiosidad investigadora. Se neg a toda clase de estudios, temeroso de que, al adquirir una ciencia nueva, se trasluciese que no las posea todas desde un principio. Erale grato rodearse de misterio, y receloso de ser menos reverenciado si fuese mejor comprendido, se declar ininteligible. Una complicada teologa entenebreci su cerebro.
Se propuso que lo considerasen como a su antecesor, "un Dios nico en tres personas distintas". Al realizar semejante propsito, porque Arcadio sonrea irnicamente, lo arroj de su presencia. Istar y Zita estaban ya otra vez en la Tierra; y transcurran los, siglos como instantes.
Al hundir su mirada en los profundos abismos, desde lo alto de su trono, Satn vio a Ialdabaoth en la Gehena, donde tambin l estuvo encadnado siglos y siglos. En las nieblas eternas conservaba Ialdabaoth su orgullo. Ennegrecido y destrozado, terrible y sublime, miraba desdeosamente hacia el palacio del Rey de los Cielos; despus apart de all los ojos, indiferente, y el nuevo Dios pudo ver en el dolorido rostro de su adversario resplandores de inteligencia y de bondad. Con su mirada fija en la Tierra, sumida en el mal y en el sufrimiento, Ialdabaoth acariciaba una idea redentora. De pronto se levant, hendi el ter con sus potentes brazos y se lanz, deseoso de instruir y consolar a los hombres.
La sombra que proyectaba en su vuelo hacia este dolorido mundo era ya venturosa como una noche de amor.
Despert Satn empapado en sudor fro. Nectario, Istar, Arcadio y Zita estaban junto a l. Los bengals cantaban.
Compaeros dijo el arcngel, es preciso renunciar a la conquista del Cielo; nos basta la satisfaccin de nuestro poder. La guerra engendra guerras, y el triunfo conduce a la derrota. El Dios vencido se convertira en Satn, y Satn se convertira en Dios. Que los destinos me libren de semejante fortuna! Yo amo el infierno, donde se forj mi obra; y amo a la Tierra, donde sembr la semilla del bien, que apenas fructifica por la espantosa condicin de la existencia, puesto que slo viven los seres para devorarse unos a otros. Al fin logramos desposeer a Dios de su podero terrestre; ya todos los que meditan lo niegan y lo desconocen; pero qu importa que los hombres no se hallen ya sometidos a Ialdabaoth, si el espritu de Ialdabaoth alienta en ellos y se complacen en ser celosos, irascibles, enemigos de las artes y de la belleza? De qu sirve que hayan desenmascarado al demiurgo feroz, si no atienden a los demonios propicios reveladores de la Verdad, a Dionisio, Apolo y las Musas? En cuanto a nosotros, los espritus celestes, los condenados sublimes, habremos destruido a Ialdabaoth el tirano si destruimos dentro de nosotros la ignorancia y el miedo.
Y Satn, dirigindose a Nectario, termin:
T combatas junto a m antes del nacimiento del mundo. Entonces nos vencieron, porque no logramos comprender que la victoria era espritu, y que para destruir a Ialdabaoth hemos de luchar interiormente, a solas con las pasiones que nos impulsan, hasta ser cada uno dueo de s.
PAGE
PAGE 5
Librodot La rebelin de los ngeles Anatole France
PAGE
PAGE 5
Librodot
, - . / 2 3 4 K L ʺrYD4$ hC h 6CJ( OJ QJ aJ( hz@5 h 6CJ( OJ QJ aJ( (hC h 6B* CJ( OJ QJ aJ( ph 1j hC h 6B* CJ( OJ QJ UaJ( ph "h 6B* CJ( OJ QJ aJ( ph 1j?3 h h 6B* CJ( OJ QJ UaJ( ph h h 5CJ OJ QJ aJ h 5CJ OJ QJ aJ h h 5CJ4 OJ QJ aJ4 h h CJ4 aJ4 h h 5CJ aJ h h h 5CJ aJ h j hr h 5OJ QJ U
- . 0 1 2 4 L M N O ` K L i j $`a$ $a$ $a$gd $a$gd gd
$&d P a$ $a$ j yj L M N ` r s
E F
< = } ~ J K d e ? @ C D u v ɹɭ h h CJ NH aJ h h h CJ aJ h h h 6CJ NH aJ h h h 6CJ aJ h h h 5CJ aJ h h h CJ OJ QJ aJ h CJ OJ QJ aJ > R S $ $ + + + + + . . 1 1 2 2 5 $a$ $`a$ v c d 7 8 8 C : ; p q J K j! k! " " $# %# # # $ $ $ $
' ' c' d' ' ' r( s( ( ( ) ) ) ) -* .* s* t* * * * * + + Z+ ɺ h h CJ OJ QJ aJ h h 5CJ aJ h h h 6CJ aJ h h h CJ NH aJ h h h CJ aJ h GZ+ [+ + /, 0, , , - - - - - - G. H. . . . .
/ / F/ G/ 0 0 1 1 1 1 v2 w2 2 2 3 3 3 3 4 4 5 5 5 5 6 6 +7 ,7 7 7 18 28 8 8 8 8 9
9 s9 t9 9 9 C: D: : : : : Z; [; }; ~; ; ; < |